Historias de familia (abril 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2020.

1922: Hasta Roma atravesando Europa: La primera visita ad limina de D. Manuel González

«De todo corazón damos la Bendición Apostólica a nuestro venerable hermano Mons. Manuel González García, Obispo de Málaga, a su clero, a su pueblo, a sus seminaristas y a cuantos le han ayudado y ayudarán en la realización de su nuevo Seminario, esperanza de la diócesis y de su porvenir religioso. Del Vaticano, 27-X-922, Pio P.P. XI».

Con estas palabras, escritas al pie de una de sus fotos, Pío XI hacía patente su bendición a la diócesis de Málaga, en el momento en que se despedía de su obispo que concluía la que había sido su primera visita ad limina, una obligación de los obispos, que se realiza porque «el sucesor de los Apóstoles, el Obispo tiene necesidad y deber de ir de tiempo en tiempo a hablar y a oír al Jefe de su Colegio, a su Pedro, y de poner su cabeza y su corazón y su boca sobre los huesos venerados de sus Hermanos Mayores, Pedro y Pablo para que el contacto con ellos lo conserve y aumente en la unidad de la Fe, en la comunión del amor y en la comunicación de la vida» (El Granito de Arena, 5-12-1922, n. 365, p. 707).

Presentarse al papa
El canon 341 del Código de Derecho Canónico promulgado en 1917 establecía: «Todos los Obispos están obligados a presentar cada cinco años al Sumo Pontífice una relación del estado de la diócesis a ellos encomendada, según la fórmula dada por la Sede Apostólica», añadiendo a continuación que «todos y cada uno de los Obispos, el mismo año que deben presentar la relación, han de ir a Roma, para venerar los sepulcros de San Pedro y San Pablo, y presentarse ante el Romano Pontífice». De este modo quedaba regulada a partir de entonces en la legislación de la Iglesia la antigua regla de realizar lo que se conoce como la visita ad limina apostolorum. Los obispos tendrían que enviar un informe en el que quedara reflejado el estado de su diócesis y, a continuación, presentarse en Roma para hacer patente su unidad como pastor con el Vicario de Cristo y la de su diócesis con la Iglesia universal.

En los comentarios a esta norma se suelen reproducir las palabras de Sixto V, el papa que estableció esta obligación en 1585, que entendía que gracias a esta visita «recreados con el abrazo de su santa madre la Iglesia Romana y confortados con las palabras paternales del Sumo Pontífice, vuelvan más alegres e instruidos a gobernar sus iglesias”».

Estas palabras bien podrían describir el ánimo de D. Manuel al regresar a su diócesis tras visitar al santo padre. Había sido nombrado obispo propio de Málaga en abril de 1920. Siguiendo los plazos establecidos a partir de la promulgación del Código, correspondía enviar el informe y hacer la visita en el año 1922 y así lo hizo.

La Obra ante al papa
En la primera página de El Granito de 20 de septiembre de 1922 (n. 360) encontramos constancia de su partida, cuando D. Manuel dirigiéndose a las Marías y a los Discípulos de San Juan escribía: «en el próximo octubre, Dios mediante gozaré del gusto y el honor del visitar al Papa». «Les hablaré de vosotros», añadía para, a continuación, pedir a cada uno de ellos que ofrecieran una comunión por el santo padre, a modo de pago anticipado por la bendición apostólica que estaba seguro les traería a su regreso.

Fue un viaje largo, como él mismo escribirá en la Carta Pastoral que al comenzar el Adviento en 1922 dirigió al clero y a los fieles de su diócesis. Durante un mes viajó por las principales ciudades de España, Francia, Italia y Suiza, pero en cualquier caso para D. Manuel el viaje de un obispo a la ciudad eterna para hacer la visita ad limina, «no es un viaje de turista, es un viaje apostólico», y escribirá: «el Obispo viajero, de cuanto ve y oye y observa en campos y ciudades, en compañeros de tren y de mesa, en monumentos de arte y en recuerdos históricos, en instituciones y obras, en costumbres y hechos, una sola cosa le interesa saber: cómo está tratado Jesucristo… si bien, para agradecerlo y copiar los modos, si mal, para sentirlo, desagraviarlo y aprender modos de evitarlo».

Lo que pudo ver en aquel recorrido no era un panorama alentador para un apóstol. Una ola de secularismo invadía entonces Europa. El debate era especialmente intenso en Francia, donde solo hasta después de la II Guerra Mundial no se llegaría a un cierto entendimiento entre las actitudes hostiles, laicistas, y la separación entre lo secular y lo religioso que daría autonomía a la Iglesia y que constituirán, años más tarde, las tendencias de sana laicidad de las que hablaría Pío XII. En 1922 las consecuencias de la ley de separación francesa promulgada en 1905 todavía estaban patentes, y la consideración de todo lo religioso como algo que impedía el avance de la sociedad moderna era un sentimiento extendido por aquel país y en general por toda Europa.

A pesar de todo, Jesús viene
D. Manuel expresará esto muy gráficamente cuando escribía que ante sus ojos veía una sociedad empeñada en «echar a Jesús». Durante este viaje contemplará con tristeza las consecuencias del divorcio, una fórmula de disolución del matrimonio todavía entonces desconocida en España. Pero no hay que olvidar que D. Manuel era por naturaleza optimista y, sin dejar de ver todo aquello que alejaba a las personas de Jesús, al mismo tiempo no quería dejar de dar cuenta a los fieles de Málaga de todo lo positivo que al mismo tiempo estaba viendo, de cómo gracias a la generosidad de los seglares, al celo de los sacerdotes y el contacto mutuo entre los obispos, se estaban consiguiendo dentro de aquel triste panorama cosas muy hermosas, frutos de la caridad, y su conclusión no podía ser otra: «a pesar de todo Jesús viene».

Tras el periplo, al llegar a Roma, lo primero sería la visita a las basílicas de San Pedro y de San Pablo. Al día siguiente sería la entrega en la Sagrada Congregación Consistorial (que se corresponde con la actual Congregación de los obispos) del documento sobre el estado de la diócesis. Finalmente, el 27 de octubre tuvo lugar la audiencia con el santo padre. No era un buen día. Mientras esperaban en la antesala la comitiva malagueña pudo ver cómo el Secretario de Estado, el cardenal Pietro Gasparri, salía tras haber comunicado al papa que «se acababa de proclamar en Italia el estado de guerra y que 50.000 fascistas se dirigían hacia Roma» con intención de controlar la capital del país. Era la «marcha sobre Roma», que acabaría con el ascenso al poder de Mussolini el 30 de octubre. No sabemos si D. Manuel llegó a intuir el alcance que aquella manifestación de fuerza llegaría a tener en el futuro de Italia y en el de esa Europa que acababa de visitar, pero sin duda esta circunstancia haría su estancia en Roma muy breve.

Sin embargo, a pesar de las malas noticias que había recibido, el papa no dejó de mostrarse sereno y sonriente ante el obispo de Málaga, a quien escuchó durante algo más de media hora, sin prisa y con tanta atención que D. Manuel quedó persuadido –así lo escribirá– de que «en aquellos momentos al Papa no ocupaba ni preocupaba otra cosa que Málaga».

Sobre lo tratado en aquella conversación, a su regreso a Málaga, D. Manuel escribirá para el segundo número de El Granito de noviembre de 1922 (n. 364) un brevísimo artículo: «El Papa, las Marías y mi Seminario». Un título en el que sintetizaba los temas principales de los que había tenido oportunidad de hablar con Pío XI, que había sido elegido papa en febrero de aquel año. «Sin tiempo ni paz para contaros con pormenores, como a mí me gusta y a vosotros creo que también, mis impresiones del viaje a Roma, me limito hoy a daros este extracto telegráfico de la audiencia que me concedió el 27 de Octubre».

Contaba allí cómo el nuevo pontífice no conocía la obra de las Marías, que sin embargo ya había recibido de su predecesor Pío X, el privilegio del «altar portátil» y cómo logró interesar al papa por la obra; contaba en El Granito que, aunque sorprendido al principio al escuchar acerca de los fines de aquella pía unión, «a medida que se enteraba, la sorpresa se convertía en admiración, en aprobación entusiasta y repetida y en augurios de grandes cosechas». «Sono dispostissimo» cuenta D. Manuel que dijo el papa y, en efecto, Pío XI tuvo en varias ocasiones muestras de predilección por las Marías.

El 22 de agosto de 1924 otorgaría un breve mediante el cual confirmaba el privilegio del uso del altar portátil extendiéndolo además a las Marías y Discípulos de San Juan en todos los lugares del mundo (hay que recordar que Pío X lo había otorgado solo para España). En marzo de 1929, Pío XI recibiría en audiencia a las Marías de Roma, que se habían constituido en esta ciudad en junio de 1925, dedicándoles palabras muy hermosas.

¡Mi Seminario!
Pero en los días de aquella visita ad limina, a finales de 1922, seguramente la primera preocupación en la mente del obispo de Málaga era su seminario. ¡Con cuanto orgullo había indicado en la Relación que presentaba a la Sagrada Congregación Consistorial que eran 119 los alumnos del seminario en 1922! Una cifra que prácticamente doblaba la de 60, que era el número de seminaristas a la fecha del anterior informe, el realizado en 1917. La primera piedra del nuevo seminario se había colocado en mayo de 1920 y solo hacía unos meses que las obras para levantarlo habían comenzado. Hasta Roma viajarían los planos del complejo de edificios que el arquitecto D. Fernando Guerrero Strachan había proyectado con la colaboración del ingeniero D. Rafael Benjumea quien, junto a D. Fernando Loring, había dirigido los trabajos de asentar y urbanizar los terrenos en las estribaciones del Monte de la Victoria sobre los que se iban a construir.

Debieron quedarse bien grabadas en la memoria de D. Manuel las palabras que escuchó al papa mientras contemplaba los planos, pues las reprodujo en su Carta Pastoral de Adviento de 1922 y más tarde, en 1935, las usó para iniciar su libro Un sueño pastoral: «Con nada me ha podido usted dar tanto gusto como con esto que me cuenta y me enseña de su seminario; yo nada he amado ni amo tanto como el seminario, porque ésta es en definitiva la única fuente de esperanza y de vida; los sacerdotes serán como se hayan formado en sus seminarios y los pueblos serán como los formen sus sacerdotes… esto son matemáticas» (OO.CC. II, n. 1912).

Mucho debieron confortar a D. Manuel aquellas palabras del sucesor de Pedro en unos momentos en los que no todos comprendían ese empeño suyo en afrontar una obra tan grande y costosa.
Este de octubre de 1922 sería el primer encuentro entre Pío XI y san Manuel González. Una corriente de sincero afecto nació entonces entre ellos, que continuó siempre y que se hizo especialmente patente en los momentos difíciles de su desempeño como obispo, en los que siempre contaría con el apoyo y el cariño de aquel pontífice.

Aurora Mª López Medina
Publicado en El Granito de Arena, Historias de familia, San Manuel González, San Manuel González García.

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