Con mirada eucarística (abril 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2020.

La muerte de Jesús de Nazaret

No se ponen de acuerdo los historiadores sobre el año exacto en el que Jesús de Nazaret, el Galileo, murió crucificado en una cruz en el monte llamado Calvario o Gólgota, que estaba situado en las afueras de las murallas de Jerusalén, al lado de la puerta Efraím, la más transitada de todas. Sin embargo, el día más probable de los acontecimientos fue un 7 de abril, viernes, día por cierto en el que comenzaba la celebración de la Pascua judía.
La sentencia de muerte únicamente la podía dictar la autoridad de Roma, ya que todo el territorio de Israel pertenecía al Imperio Romano. Hasta llegar aquí tuvo que tener lugar todo un proceso de preparación.

Caifás y Pilato
La noche del jueves, cuando Jesús estaba orando en el Huerto de los Olivos, se presentaron para apresarlo la tropa romana y la policía judía del Templo: «Entonces la tropa, su jefe y los policías de los judíos se apoderaron de Jesús» (Jn 18,12). Ello demuestra que tanto judíos como romanos estaban al tanto de la operación planificada. No es difícil imaginar las conversaciones previas entre la autoridad judía, sometida a Roma, y la autoridad romana, la dominadora, cada una dentro del ámbito de sus competencias, para llevar a cabo el plan. Roma respetaba el autogobierno de Israel, tutelado, con tal de salvaguardar la paz y la eficaz recaudación de los tributos. Pensar en que únicamente una de las partes, la parte judía, estaba implicada en la condena de Jesús es no reconocer toda la verdad.

Entre ambos, unos y otros, han buscado la fórmula que con apariencia legal, la legalidad de la época, dé cobertura al magnicidio que estaban dispuestos a cometer. Por eso deciden, en primer lugar, llevar a Jesús ante el Sanedrín judío, de Anás a Caifás, pues correspondía a la autoridad judía proponer los cargos que encausaran a Jesús. Es impensable que Caifás, el máximo jefe de la autoridad judía, y Pilato, la máxima autoridad romana, no hubieran hablado de antemano, no hubieran llegado a algún acuerdo.

Las dos mentiras
Jesús era un profeta itinerante muy conocido. Tan conocido, que el pasado domingo entró triunfante en Jerusalén. La gente «salió a su encuentro con ramos y palmas gritando: ¡Dios nos salve! ¡Bendito sea el rey de Israel!» (Jn 12,13). Esta aclamación popular no era desconocida para las autoridades y tuvo que acelerar el proceso que más o menos ya estaba pergeñado.

Hablar de un juicio en el sentido de hoy –tribunal imparcial, acusado, abogado defensor– es inimaginable. Se trataba de un interrogatorio con violencia física; y con un veredicto determinado. Caifás quería encontrar a Jesús, el inculpado, como reo de muerte ante los preceptos de la ley judaica. Los testigos solicitados al efecto son solo un pretexto y era demasiada la información que obraba en su poder. De ahí que le lanzara a Jesús la pregunta clave, cuya respuesta sabía de antemano: «¿Eres tú el Cristo, Hijo de Dios bendito? Jesús respondió: yo soy»(Mc 14,61-62). Jesús había blasfemado, y la blasfemia constituía causa de muerte ante los suyos. Pero Jesús decía la verdad. Y Caifás se rasgó las vestiduras.

No obstante, ser transgresor religioso no es causa para una condena a muerte a tenor de los preceptos de la ley romana. Por eso había que presentar a Jesús como un incendiario político que desobedecía a Roma y ponía en riesgo la paz augusta. Así que quienes lo habían condenado mudaron de acusación: «Hemos comprobado que este hombre agita al pueblo. Dice que no hay que pagar los impuestos al César y se hace pasar por Cristo y Rey» (Lc 23,2).

Pilato, que también sabía la respuesta, le hizo a Jesús la pertinente pregunta: «¿Eres tú el rey de los judíos?» (Jn 18,33). A lo que «Jesús contestó: Mi reino no es de este mundo» (Jn 18,36). Y Jesús decía la verdad, que no era rey de los judíos. Sin embargo, Pilato lo condenó por eso: INRI (Iesus Nazarenus Rex Iudeorum). Aunque mucho se ha escrito sobre las dudas, la cobardía, incluso el chantaje para que Pilato no condenara a Jesús, el caso es que Pilato firmó la sentencia de muerte. Y se lavó las manos.

Sin duda convinieron, judíos y romanos, en condenar a Jesús por dos causas mentirosas, esto es, dos tergiversaciones de la verdad: por blasfemo, que no era; y por ser rey de los judíos, que tampoco lo era. Hoy en día hablaríamos de verdades políticas o de posverdades, que en eso sigue igual la conducta humana.

La verdad está en el amor
Pilato, como prefecto romano de Palestina y circunstancialmente gobernador de Judea, y que además vivía en Jerusalén, conocía perfectamente todas las andanzas de Jesús. Y bien sabía que Jesús no representaba peligro alguno para la estabilidad social, para la «paz augusta». Ya con anterioridad había actuado con toda crueldad para mantenerse en el puesto.

Por otro lado, los saduceos, la autoridad judía, conocían igualmente las enseñanzas de Jesús, especialmente a través de los fariseos. No les preocupaba su doctrina antiformalista, incluso antitradicional. Empezó a preocuparles cuando Jesús arrojó a cuantos comerciaban en el templo: «No hagáis de la casa de mi Padre un mercado» (Jn 2,16).

En una sociedad teocéntrica como la judía, el templo de Jerusalén era a la vez el centro político, religioso y económico. Los impuestos recaudados a través del templo, los negocios fuera y dentro de él (comercio, sacrificios, préstamos, cambio de moneda) estaban en peligro si triunfaban teorías como las de Jesús. Podrían fácilmente convencer a Pilato de que estaba en juego todo el sistema de tributación, el bienestar de ambas partes. Incluso podrían informar de todo ello al mismo César: «Si lo dejas libre, no eres amigo del César» (Jn 19,12).

Ni siquiera los propios discípulos sabían por qué moría Jesús de Nazaret, el Maestro, crucificado en una cruz. Tuvieron que esperar a verlo resucitado para entenderlo. Y entonces supieron que había muerto por amor.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *