La liturgia, encuentro con Cristo (abril 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2020.

El Evangelio de Mateo durante la Cincuentena Pascual

En este Año litúrgico 2020 (correspondiente al ciclo A), también durante los tiempos fuertes las lecturas dominicales corresponden, principalmente, al Evangelio de san Mateo. Sin embargo, la Cincuentena Pascual nos ofrece matices diferenciales que explicamos a continuación.

En el templo de Jerusalén había un velo interior que separaba dos ámbitos sagrados: el Lugar Santo y el Lugar Santísimo (Debir / Sancta Sanctorum). La cámara del templo (lugar santo), ricamente decorada, contenía el altar de los perfumes, la mesa de la proposición y el candelabro de los siete brazos. Únicamente los sacerdotes entraban en este ámbito para ofrecer incienso cada tarde y cada mañana, para arreglar las lámparas y para cambiar los panes de la proposición cada sábado (cf. Hb 9,1 ss.).

Velo que desvela y revela
La cámara interior (Sancta Sanctorum) permanecía oculta por un velo de unos 20 metros de altura, por unos diez de ancho y diez centímetros de espesor. Esa cortina era de púrpura violácea, roja y escarlata y lino torzal, con querubines bordados (Ex 26,31ss.). En ese lugar santísimo podía entrar solo el Sumo Sacerdote y una vez al año: en el Día de la Expiación (Yom Kippur). En la época de Jesús estaba vacía pero allí había estado el Arca de la Alianza cubierta con su tapa o propiciatorio que guardaba tres objetos sacros: un vaso de oro lleno de maná, las tablas de la Ley y la vara de Aarón (cf. Hb 9,4). Estos tres elementos custodiados por los dos querubines, cuyas alas cubrían el propiciatorio, significaban el sacerdocio, el profetismo y la realeza. En definitiva prefiguraban al Mesías sacerdote, profeta y rey.

Hay un detalle importante que no pasa por alto Mateo al describir la muerte del Señor Jesús: «El velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo» (27,51). La cortina que separaba el Santo de los Santos quedó rasgada a la muerte de Jesús para significar, como lo ha entendido la tradición de la Iglesia, que el antiguo culto mosaico había terminado y comenzaba una nueva era, la de la nueva alianza, sellada con la sangre del Hijo de Dios: la hora de la Iglesia. Hora de nuevos sacerdotes, profetas y reyes.

El relato de aparición en la noche santa
La gran revelación del misterio es la Pascua que se celebra solemnemente una vez al año en la liturgia de la Vigilia de la noche santa. Esta es ya la celebración del Santo Domingo de la Pascua del Señor en la que se proponen siete lecturas del Antiguo Testamento, que recuerdan las maravillas de Dios en la historia de la salvación, y dos lecturas del Nuevo: la lectura apostólica sobre el bautismo cristiano como sacramento de la resurrección de Cristo y el anuncio de la resurrección según uno de los tres Evangelios sinópticos. Este año 2020 el relato de san Mateo notifica el encuentro con el ángel, el Resucitado y la presencia del Señor en Galilea. El evangelista transmite el miedo de las mujeres pero, también, su alegría y el envío que las hace mensajeras del acontecimiento ante los discípulos (cf. 28,8 ss.). En el relato mateano el papel de las mujeres es fundamental para que los apóstoles se encuentren con Jesús (28,11).

Para la Misa del día de Pascua se propone la lectura del Evangelio de san Juan sobre el hallazgo del sepulcro vacío. La primera lectura se toma de los Hechos de los apóstoles, que se leen, de modo paralelo y progresivo, durante el tiempo pascual en vez de la lectura del Antiguo Testamento; de este modo, cada año se ofrecen algunas perspectivas de la vida, testimonio y progreso de la Iglesia primitiva. La lectura del Apóstol –este año san Pedro– se refiere al misterio de Pascua vivido en la Iglesia. También pueden leerse, si se prefiere, los textos de Mateo propuestos para la noche santa o, cuando hay Misa vespertina, la narración de Lucas sobre la aparición a los discípulos que iban de camino hacia Emaús.

La octava pascual
El texto mateano de la aparición a las mujeres quedará subrayado este año por la liturgia de la Iglesia, pues se volverá a proclamar el lunes de la octava de Pascua (28,8-15). En esta manifestación a las miróforas que huyen impresionadas en la mañana de Pascua, el Resucitado les saldrá al encuentro con una doble invitación: a la alegría y la superación del miedo. Tras el reconocimiento de adoración, las mujeres –son María Magdalena y la otra María (cf. 28,1)– reciben el mandato de comunicar a los hermanos que vayan a Galilea para el encuentro con el Señor resucitado. Esta lectura describe, asimismo, el relato del soborno de los guardias del sepulcro. Tema que aparece únicamente en Mateo, si exceptuamos el antiguo relato denominado el «evangelio de Pedro» (IX,1ss.; XI,1ss.), «un libro piadoso que leían los judeocristianos denominados “nazarenos”» (Teodoreto).

El miércoles de la octava presenta un canto de entrada tomado del Evangelio de san Mateo: «Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, Aleluya» (25,34). Esta antífona que, como todas, da el tono a la entera celebración, nos sitúa en el marco de los neófitos o bautizados en la noche de Pascua que por los sacramentos han tenido experiencia personal de la Pascua del Señor, el Rey de la gloria. Estas primeras palabras de la Misa nos las dirige el Señor Resucitado como bienvenida a los que participamos en la celebración eucarística. Las palabras –que el evangelista Mateo pone en labios de Jesús en el juicio al final de los días– son recogidas por la liturgia de la Iglesia para ser dirigidas a cada generación cristiana que celebra el memorial del Señor resucitado.

Domingos de la Cincuentena pascual
Hasta el domingo tercero de Pascua, las lecturas del Evangelio relatan las apariciones de Cristo resucitado. Las lecturas del Buen Pastor están asignadas al cuarto domingo de Pascua. En los domingos quinto, sexto y séptimo de Pascua se leen pasajes escogidos del discurso y de la oración del Señor después de la última cena. Como sabemos, durante la Cincuentena prima la proclamación del Evangelio según san Juan; la razón es obvia: en el Rito Romano el acontecimiento de la Pascua se prepara (Cuaresma), se celebra (Triduo) y se prolonga (Cincuentena), fundamentalmente, con el Evangelio de san Juan.

La solemnidad de la Ascensión, que en muchos lugares se celebra en domingo, conserva como primera lectura la narración de este suceso según los Hechos de los apóstoles; este texto es completado por las lecturas apostólicas acerca de Cristo ensalzado a la derecha del Padre.

En la proclamación del Evangelio, cada ciclo presenta el texto propio según las variantes de cada evangelista: este año –del ciclo A– según san Mateo (28,16-20). El primer Evangelio sitúa la despedida en el mismo marco que todo empezó: un monte de Galilea (cf. Mt 5,1).

En Pentecostés conviene recordar que el evangelista Mateo, al describir el momento de la muerte del Señor, señalaba que «el velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo» (27,51). Al morir Jesús, lo invisible de Dios se hace visible y el evangelista subraya que nos toca a nosotros hacerlo presente (Mt 28,19). En la clausura de la Cincuentena, san Juan proclama que la memoria de esa Presencia es posible por el don del Espíritu (cf. 20,19 ss.).

Manuel G. López-Corps, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, La liturgia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *