Discursos y oración del papa ante la pandemia

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2020.

Oración, compasión y ternura

El domingo 22 de marzo, ya en una situación de aislamiento general para evitar la expansión del coronavirus, el papa Francisco invitó a dos momentos orantes: recitar a la vez el Padrenuestro el día 25 y un tiempo de adoración eucarística el día 27. Estas fueron sus palabras:

Queridos hermanos y hermanas: En estos días de prueba, mientras la Humanidad tiembla ante la amenaza de la pandemia, querría proponer a todos los cristianos que unan sus voces hacia el Cielo. Invito a todos los Jefes de las Iglesias y a los líderes de todas las comunidades cristianas, junto con todos los cristianos de las diferentes confesiones, a invocar al Altísimo, Dios omnipotente, rezando al mismo tiempo la oración que Jesús nuestro Señor nos enseñó.

Por tanto, invito a todos a hacerlo varias veces al día, pero, todos juntos, a rezar el Padrenuestro el próximo miércoles 25 de marzo a mediodía, todos juntos. Que, en el día en el que muchos cristianos recuerdan el anuncio a la Virgen María de la Encarnación del Verbo, el Señor escuche la oración unánime de todos sus discípulos que se preparan para celebrar la victoria de Cristo Resucitado.

Con la misma intención, el próximo viernes 27 de marzo, a las 18.00 horas, presidiré un acto de oración en el parvis de la basílica de San Pedro, con la plaza vacía. Desde ahora invito a todos a participar espiritualmente mediante los medios de comunicación. Escucharemos la Palabra de Dios, elevaremos nuestra súplica, adoraremos al Santísimo Sacramento, con el que, al final daré la bendición Urbi et Orbi, a la que se unirá la posibilidad de recibir la indulgencia plenaria.

A la pandemia del virus queremos responder con la universalidad de la oración, de la compasión, de la ternura. Permanezcamos unidos. Hagamos sentir nuestra cercanía a las personas más solas y más probadas. Nuestra cercanía a los médicos, a los profesionales de la salud, enfermeros y enfermeras, voluntarios…

Nuestra cercanía a las autoridades que deben tomar medidas duras, pero para nuestro bien. Nuestra cercanía a los policías, a los soldados que buscan mantener el orden en las calles, para que se cumpla lo que el gobierno nos pide que hagamos por el bien de todos nosotros. Cercanía a todos.

Un Padrenuestro universal
El miércoles 25, a través de los medios de comunicación, nos unimos al santo padre para recitar juntos el Padrenuestro, que fue precedido de estas palabras: Queridos hermanos y hermanas: Hoy nos hemos dado cita, todos los cristianos del mundo, para rezar juntos el Padrenuestro, la oración que Jesús nos enseñó.

Como hijos confiados nos dirigimos al Padre. Lo hacemos todos los días, varias veces al día; pero en este momento queremos implorar misericordia para la Humanidad duramente golpeada por la pandemia del coronavirus. Y lo hacemos juntos, cristianos de todas las Iglesias y Comunidades, de todas las edades, lenguas y naciones.

Rezamos por los enfermos y sus familias; por los trabajadores de la salud y los que los ayudan; por las autoridades, las fuerzas del orden y los voluntarios; por los ministros de nuestras comunidades.

Hoy muchos de nosotros celebramos la Encarnación del Verbo en el seno de la Virgen María, cuando en su humilde y total «Heme aquí» se reflejó el «Heme aquí» del Hijo de Dios. También nosotros nos ponemos con plena confianza en las manos de Dios y con un corazón y un alma sola rezamos: Paternoster…

Ante una plaza desierta
El viernes 27, delante de la basílica de San Pedro, el papa Francisco dirigió el momento extraordinario de oración al que había convocado. Presidió el acto el Crucifijo milagroso que se venera en la iglesia romana de San Marcelo al Corso, donde acudió el santo padre el pasado 15 de marzo para interceder ante la actual pandemia, y el icono de la patrona de Roma, la Salus Populi Romani, que se encuentra en la basílica de Santa María la Mayor. A las 18.00, bajo un cielo lluvioso y ante una plaza desierta, el papa Francisco dio inicio a este momento orante con la señal de la cruz y una breve oración. A continuación fue proclamado el Evangelio según san Marcos (4,35-41) y seguidamente tuvo lugar su alocución.

Concluida esta, se acercó a venerar la imagen de la Virgen y del Crucificado, y pasó al atrio, donde fue expuesto el Santísimo Sacramento para la adoración. Luego tuvo lugar una oración letánica a la que respondimos sucesivamente: Te adoramos, Señor; En ti creemos, Señor; Líbranos, Señor; Sálvanos, Señor; Consuélanos, Señor; Danos tu Espíritu, Señor; y Ábrenos a la esperanza, Señor. Por último, fue anunciada la indulgencia plenaria y el santo padre impartió la bendición eucarística Urbi et Orbi.

Discurso del papa
«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas, llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos.

Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: «perecemos» (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos.

Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre –es la única vez en el Evangelio en que Jesús aparece durmiendo–. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40).

Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38). No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: «¿Es que no te importo?». Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que alimentó el alma de nuestros pueblos; todos esos intentos de anestesiar con aparentes rutinas salvadoras, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela, se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: «Despierta, Señor».

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: «Convertíos», «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida.

Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes –corrientemente olvidadas– que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show, pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo.

Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

¿Por qué tenéis miedo?
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor.

En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha Resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su cruz para reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que solo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios.

Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, «descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas» (cf. 1P 5,7).

Súplica letánica
Respondemos: Te adoramos, oh Señor
Verdadero Dios y verdadero hombre, realmente presente en este Santo Sacramento
Nuestro Salvador, Dios–con–nosotros, fiel y rico en misericordia
Rey y Señor de la creación y la historia
Vencedor del pecado y la Muerte
Amigo del hombre, resucitado y vivo a la derecha del Padre

Respondemos: Creemos en Ti, oh Señor
Hijo unigénito del Padre, descendido del Cielo para nuestra salvación
Médico Celestial, que te inclinas ante nuestra miseria
Cordero inmolado, que te ofreces para rescatarnos del mal
Buen Pastor, que das la vida por el rebaño que amas
Pan vivo y medicina de inmortalidad, que nos da la vida eterna

Respondemos: Líbranos Señor
Del poder de Satanás y las seducciones del mundo
Del orgullo y la presunción de poder prescindir de Ti
De los engaños del miedo y la angustia
De la incredulidad y la desesperación
De la dureza del corazón y de la incapacidad de amar

Respondemos: Sálvanos, oh Señor
De todos los males que afligen a la humanidad
Del hambre, la carencia y el egoísmo
De las enfermedades, de las epidemias y el miedo al hermano
De la locura devastadora, los intereses despiadados y la violencia
De los engaños y la información malintencionada y de la manipulación de las conciencias

Respondemos: Consuélanos, oh Señor
Mira a tu Iglesia, que cruza el desierto
Mira la Humanidad, aterrorizada por el miedo y la angustia
Mira a los enfermos y moribundos, oprimidos por la soledad
Mira a los médicos y trabajadores de la salud, agotados por la fatiga
Mira a los políticos y administradores, que soportan el peso de las decisiones

Respondemos: Danos tu Espíritu, oh Señor
En la hora de la prueba y el desconcierto
En la tentación y la fragilidad
En la lucha contra el mal y el pecado
En la búsqueda del verdadero bien y el verdadero gozo
En la decisión de permanecer en Ti y en tu amistad

Respondemos: Ábrenos a la esperanza, oh Señor
Si el pecado nos oprime
Si el odio cierra nuestro corazón
Si el dolor nos visita
Si la indiferencia nos angustia
Si la muerte nos aniquila

Ana Mª Fernández, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.

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