Resonancias en nuestra Iglesia de hoy (abril de 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2020.

Vive tu aislamiento como un acto de amor

Afirman los periódicos que un tercio de la Humanidad se encuentra en estado de confinamiento, es decir, sin autorización para salir de sus casas. Hay, sin embargo, personas en todo el mundo que han elegido vivir esta realidad como opción de vida, como es el caso de los monjes y monjas. La Orden Carmelita Descalza es, posiblemente, la más conocida congregación de clausura en España. El Gibraltar Chronicle realizó una entrevista a la superiora del Carmelo de Ronda (Málaga), sor Jennifer del Corazón de Jesús. Transcribimos parte de su artículo junto a otras preguntas exclusivas para los lectores de El Granito.


Querida sor Jennifer, ¿cómo vivís vosotras, como religiosas de clausura, esta situación de confinamiento? ¿En qué ha cambiado vuestra vida diaria? ¿Qué sentimientos y emociones se generan en ti en momentos como estos?
Bueno, no hay mucho que contar, aparte de la higiene habitual respecto de lavarse las manos, el torno con su timbre, que es tocado por aquellos que vienen a comprar dulces, etc. Siendo un convento de clausura, nos va bastante bien. Tenemos contacto con el mundo exterior a través del torno y los alimentos y demás compras que nos traen. Pero lo dejan en la puerta porque dicen que no se les permite entrar por nuestra propia seguridad. Hasta ahora no hemos tenido problemas con el virus pero, siendo realistas, creo que también nos puede llegar. Y tendremos que hacerle frente como lo está haciendo todo el mundo.

Francamente, los momentos actuales no generan ansiedad en mí. La vida conventual y comunitaria te mantiene tan ocupada que nos tomamos una preocupación a la vez. Incluso sin la amenaza del virus pesando sobre nosotros, la vida en el convento es todo un desafío en sí misma. De estar todo funcionando sin problemas, en un instante te puedes encontrar teniendo que llevar a una hermana, a toda prisa, al hospital para cualquier clase de problemas: una bajada crítica de azúcar en una diabética, o una falta de oxígeno en sangre en una de las hermanas ancianas, etc.

Entonces, ¿por qué nos vamos a estresar innecesariamente con lo que podría suceder cuando ya estamos, continuamente, corriendo con cosas que se vuelven muy críticas en segundos? Cada día trae sus propios afanes y preocupaciones, y debemos cuidar de un día a la vez. Como cristiana, creo firmemente que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien», como dice san Pablo en su carta a los romanos (8,28). Estoy convencida de que mucho bien saldrá de esta situación que estamos viviendo, pero dependerá de cómo vivamos este momento de crecimiento.

Las decisiones que tomamos tienen consecuencias y responsabilidades. Pero ante esta pandemia, ¿ a quién vamos a culpar? No se trata de una guerra entre países en la que podemos tomar partido y opinar sobre quién tiene razón y quién está equivocado. Este virus no entiende de culturas o nacionalidades, de ricos o pobres, de personas poderosas o impotentes. ¡Golpea indiscriminadamente y por una vez no tenemos a nadie a quien culpar! Así que, tal vez ahora, estamos en una mejor disposición para dejar de mirarnos el ombligo y vernos como una parte real y necesaria en toda esta gran familia humana que vive en la tierra.

¿Qué mensaje te gustaría hacer llegar a tantas personas que están viviendo quizá con agobio y desazón el confinamiento obligatorio?
Ante todo quiero felicitar y agradecer, a todos, por las numerosas iniciativas que se están tomando para mantener bajo control la propagación del virus. Va a ser difícil, pero no imposible. También chapeau (me quito el sombrero, en mi caso tendría que ser la toca) a los muchos voluntarios que se han comprometido para ayudar a quienes más lo necesitan, especialmente los ancianos, por ejemplo, haciéndoles los recados. No quiero olvidar a los grandes protagonistas de este momento: los médicos, enfermeras, administradores, conductores de ambulancias y todos los que dan su vida en los servicios de salud. Y, también, muchas gracias a aquellos que todavía están trabajando para ayudarnos a todos a superar este tiempo difícil facilitando que tengamos lo indispensable para subsistir.

También me gustaría decir a todos los que están en sus casas que no vean este confinamiento como un castigo o alguna imposición autoritaria de la ley. En resumidas cuentas, ¡este aislamiento es obra del amor!

Es evidente cuánto humor está circulando debido a esta epidemia y teniendo que estar en casa. Y por unos minutos olvidamos la separación, el dolor, el miedo, y nos reímos. Solo el hombre puede reír y llorar al mismo tiempo.

Realmente a veces es muy difícil aceptar las razones más profundas que llevan a los responsables de los países a tener que tomar decisiones tan duras para sus conciudadanos…
La razón por la que están confinados en casa, primeramente los ancianos, es porque la sociedad está preocupada por su bienestar, para evitar el contagio. Todos están siendo confinados por esta única razón: ¡su seguridad! El dolor de la separación, al no poder ver a los hijos y nietos es un acto de amor, para no poner en peligro su salud. Por lo tanto les diría a quienes sufren por estas medidas: ¿no es porque los amas, que estás dispuesto a pasar por esto, y pedir que pronto todo haya pasado y vuelva a la normalidad? El amor es doloroso y apasionado, pero el amor verdadero también es extremadamente desapegado.

Cuando una madre ama a sus hijos apasionadamente se preocupa por cada dolor de cabeza que tiene su hijo. Pero, sin embargo, tiene que luchar contra su deseo de mantener al niño a su lado para siempre, porque solo así el pequeño será capaz de ponerse en pie, pelear sus propias batallas, asumir las responsabilidades por las decisiones que tome en su vida, crecer y volar del nido del hogar, independientemente de sus propios deseos de seguir tratándolo como su hijo pequeño. ¡A eso se le llama amor verdadero!

Dado que se ha prohibido el tener culto abierto al público, ¿tenéis Misa en vuestra casa aún? ¿Qué diríais a quienes no pueden reunirse como Iglesia para celebrar juntos la Eucaristía?
Como nuestro capellán está ya jubilado de trabajo en parroquias, nos celebra diariamente la Eucaristía a puertas cerradas. Nosotras, como de costumbre, nos ubicamos en el coro bajo, detrás de nuestras rejas. Es un regalo del Señor, sin faltar a las disposiciones que nos dan los obispos: sin participación del pueblo y sin salir de casa.

A quienes participaban dominical o diariamente de la Eucaristía y ahora no les es posible, les diría que no olviden que todos estamos unidos como Iglesia, aun no estando físicamente reunidos, pues somos el cuerpo místico de Cristo y existe la comunión de los santos. Me parece que la mayoría de los católicos no están acostumbrados a reflexionar y vivir esta verdad.

La comunión de los santos es tan real y aporta tanto cuando se vive, que creo que nuestra vida espiritual podría dar un giro copernicano si la viviéramos en profundidad. Ese saberse parte indispensable de una gran familia, unidos íntimamente, ayudándonos sin desfallecer y sin demora, aun no viéndonos, ni oyéndonos, es una revelación tan extraordinaria y eficaz, que solo a la sabiduría y omnisciencia de Dios se le pudo ocurrir.

En esta línea también podemos decir que los medios de comunicación están haciendo un trabajo encomiable, acercando la celebración eucarística, la adoración al Santísimo y otros actos de devoción al público. Es curioso pero ahora la gente tiene más posibilidades de seguir los actos religiosos que cuando solo iban a Misa diaria (con toda la grandeza que implica participar en la Eucaristía).

¿En qué sentido crees que, entonces, este tiempo en el que es tan sencillo mirar la Misa u otras celebraciones religiosas puede ser de mayor provecho espiritual?
Vuelvo a insistir en que deberíamos tratar de despertar en los creyentes esta convicción del cuerpo místico de Cristo y la comunión de los santos. Estamos continuamente bombardeados con imágenes y sonidos que, aunque en estos momentos son imágenes y sonidos religiosos, también distraen. No solo las cosas malas pueden ir en detrimento de la vida espiritual. También mucho de lo bueno (cuando es en tiempo excesivo) nos puede distraer de lo único necesario: nuestra relación con Dios.

Afirmo todo esto porque diferentes personas me han comentado cosas como: estoy viendo/oyendo cuatro misas al día, más adoración al Santísimo, rezo el Rosario y otros actos de devoción. Pero Dios necesita de nuestros silencios para hablarnos en susurros al corazón. Y sin hacer silencio y recogernos es imposible. Por eso, tratar de vivir esa comunión de los santos creo nos ayudaría para quitar el miedo a estar rodeados de silencio y vacío, que a veces parece que hay en nosotros. Si no hay vacío, Dios no puede llenar. Si no hay silencio, escucharemos los truenos de Dios, pero no los susurros de su corazón.

Se han dado muchas situaciones que hacen de san Manuel González un referente en tu vida: has nacido un 4 de enero, es decir, el día en que él entró en el Cielo (o Dies natalis), le profesas un especial cariño y, como si fuera poco, D. Manuel seguramente visitó en más de una ocasión ese Carmelo de Ronda. ¿Quién es para tu comunidad el obispo del Sagrario abandonado?
Aunque parezca sencilla, no es una pregunta fácil de contestar. A san Manuel González no solo se le tiene devoción, en nuestra comunidad, por su grandeza espiritual, sino por el hecho de que fue una pieza clave en la fundación de este monasterio. Fue él mismo quien indicó que debería llamarse Carmelo «del Corazón Eucarístico de Jesús». Sí, hay devoción, pero sobre todo hay agradecimiento y hay súplicas a él para que nos ayude a ser como él nos quiso. Sobre esto está la dedicatoria que puso cuando se fundó el monasterio. Para nosotras sus palabras siguen siendo un programa de vida.

San Manuel supo vivir todos los momentos de su vida con la mirada fija en Jesucristo, siendo capaz de reconocer su presencia en cualquier circunstancia, incluso en las más adversas. ¿Qué mensaje dejarías a nuestros lectores ante esta situación mundial?
Se necesitan circunstancias desafiantes como las que estamos viviendo, para que el ser humano saque toda su creatividad, para aprovechar al máximo un momento aterrador para muchos, deprimente para otros, y muy estresante para la mayoría. Es este, también, un tiempo cargado de bendiciones, en el que las personas están olvidándose de su propio bienestar y se están entregando a los demás. En una sociedad que generalmente solo piensa en su propio bienestar y en su diversión, por paradójico que parezca, esta pandemia está sacando lo mejor del alma humana.

Además, me gustaría decirles que se tomen este período como un tiempo largamente esperado para hacer todas esas cosas que siempre quisieron hacer y nunca tuvieron tiempo, porque siempre estaban trabajando. Sí, que se tomen este tiempo para ver una buena película, leer un libro u orar. Y, sobre todo, que no pierdan este tiempo precioso que se nos ha dado y que nos permite mirar y agradecer tantas bendiciones que Dios derrama a cada instante sobre nosotros.

Yo creo que sería muy provechoso sentarnos, mirar lentamente a nuestro alrededor y escribir las muchas cosas que tenemos y por las cuales somos tan afortunados: un techo que nos cobija, una familia, gente que se preocupa por nosotros…

Por mi parte, sabed que todos los días os elevo en mis oraciones, al Señor que, en su misericordia, me mostró su amor inagotable. Él me hizo libre para vivir esta vida con la abundante alegría de quien sabe que las velas de su pequeño y frágil barco están puestas en la meta que nada en la tierra puede destruir ni obstaculizar, que es la plenitud de Dios mismo.

Mónica Mª Yuan Cordiviola, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, Resonancias en nuestra Iglesia de hoy.

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