La Palabra divina en tiempo de confinamiento humano

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2020.

En comunión con Dios y con la Iglesia también cuando debemos permanecer en casa

La presencia del Señor es única pero se realiza de maneras distintas en la vida de la Iglesia: «para que puedan celebrar de un modo vivo el memorial del Señor, los fieles han de tener la convicción de que hay una sola presencia de Cristo, presencia en la Palabra de Dios, «pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura es Él quien habla», y presencia, «sobre todo, bajo las especies eucarísticas (SC 7)» (Ordenación de las Lecturas de la Misa [OLM], 46).

El gran san Agustín enseñaba a su comunidad: «El Evangelio es la boca de Cristo. Está sentado en el cielo, pero no deja de hablar en la tierra» (Sermón 85,1). Con esta convicción la gran tradición de la Iglesia enseñó: «Se lee el Evangelio, en el cual Cristo habla al pueblo con su misma boca para [… ] actualizar el Evangelio en la Iglesia, como si hablara al pueblo el mismo Cristo en persona» (Pontifical Romano Germánico, XCIV, 18).

Son certezas que hemos de tener presentes en estos días en los que se ha hecho difícil congregarnos para expresar nuestra fe. Sin embargo, son días de gracia para valorar la grandeza de los sacramentos por los que se hace presente, por la fuerza del Espíritu, la gracia de Cristo. Esto, en unos momentos en los que no todos pueden celebrarlos presencialmente.

La Esposa celebrante
Fiel al mandato de su Señor, la Iglesia no ha dejado nunca de celebrar los sagrados misterios (cf. Mt 28,19; Lc 22,19). No dejará de hacerlo hasta que Cristo vuelva porque es la Esposa fiel a la memoria de su Esposo. Una Iglesia que tendrá pecados pero nunca el pecado de ser desmemoriada. Si perdiese Su memoria dejaría de ser Su Esposa; por eso, no deja de celebrar el memorial del Señor resucitado. Y, esto, aunque sea en un lugar recóndito y con una sola persona: es la Esposa que anhela al Esposo (cf. Ap 22,17). Hay iglesias cerradas pero hay celebración diaria del Misterio. En medio del silencio, las campanas han vuelto a recordar la oración matinal, la del mediodía, la vespertina o que nuestro párroco celebra «en comunión con toda la Iglesia».

En estos días valoramos más la posibilidad de haber tenido o tener un presbítero cerca; una iglesia a pocos minutos en auto. Ahora tenemos una celebración en la radio, en la televisión o en internet. Pensemos, sin embargo, en tantas comunidades cristianas que a lo largo de la historia no lo han tenido tan fácil. Dios sigue aceptando el sacrificio de nuestra entrega a la realidad a la que estamos sometidos. Son, pues, estos, días muy eucarísticos; días para la acción de gracias aunque no estemos presentes a los sacramentos que se celebran. No olvidamos que la gracia es sacramental pero no exclusivamente. Dios es más grande que los sacramentos.

La gracia de la Presencia sacramental
Enseñaba magisterialmente san Pablo VI en Mysterium fidei: «Nadie ignora, en efecto, que los sacramentos son acciones de Cristo, que los administra por medio de los hombres. Y así los sacramentos son santos por sí mismos y por la virtud de Cristo: al tocar los cuerpos, infunden gracia en las almas» (n. 5).

Hay presencia operante de Cristo, por su Espíritu, en las diversas celebraciones sacramentales: «Estas varias maneras de presencia llenan el espíritu de estupor y permiten contemplar el misterio de la Iglesia. Pero es muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el cual Cristo está presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía, que por ello es, entre los demás sacramentos, el más dulce por la devoción, el más bello por la inteligencia, el más santo por el contenido; ya que contiene al mismo Cristo y es como la perfección de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos» (ibid.).

Ahora bien, «tal presencia se llama real, no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, porque es también corporal y substancial, pues por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro» (ibid).

Presencia en la Palabra
Cuando no es posible la comunión eucarística sacramental no podemos olvidar –como enseña la Iglesia– otras presencias de Cristo: la presencia en su Palabra.

Todos somos conscientes que la Iglesia no celebra la Eucaristía ni sacramento alguno sin la proclamación de la Palabra de Dios contenida en alguno de los 73 libros de la Biblia. Aunque sea un solo versículo esta Palabra es eficaz como espada de doble filo (Hb 4,12). Lo sabemos por experiencia: «Las lecturas tomadas de la Sagrada Escritura, con los cantos que se intercalan, constituyen la parte principal de la Liturgia de la Palabra» (OLM 11).

La Iglesia cree que «desde la Palabra de Dios escrita, todavía “Dios habla a su pueblo”(SC 33)» (OLM 11). El que habló sigue hablando; El que se hizo presente con su Verbo en la zarza del Sinaí (cf. Ex 3) sigue dirigiendo su voz con la misma finalidad: la salvación de su pueblo.

Los Evangelios…
Tal es la certeza de la Iglesia, que en la Antigüedad el Evangelio se guardaba en estuches profusamente decorados. Esta veneración por la Palabra de Cristo contenida en los cuatro libros de los Evangelios ha sido –y es– constante en la Iglesia: el Evangeliario es el único libro que puede estar sobre el altar eucarístico desde el comienzo de la celebración. Pero, reconocida la preeminencia del Evangelio, todos los libros que contienen las lecturas de la Palabra de Dios suscitan la fe en «la presencia de Dios que habla a su pueblo» (OLM 35).

Este es un tiempo para la lectura tranquila de la Palabra de Dios: tiempo de rumiar el texto evangélico. Ahora no hay excusas de falta de tiempo. El Señor ahí presente te llama. La razón es la certeza de la presencia del Señor que se comunica continuamente con su pueblo: le habla al oído y al corazón.

… y los salmos
San Manuel tenía una devoción especial al libro de los Salmos: lo vemos en sus escritos. Salmos que se cantan en el Oficio Divino de la Liturgia de las Horas y salmos que son parte integrante de la celebración eucarística. Salmos que, también, han de alimentar la piedad personal porque Cristo mismo enseñó que estos hablan de Él (Lc 24,44).

Este tiempo es una ocasión preciosa para leer los salmos en diversas versiones. Comparemos la conocida oficial con las traducciones de nuestras biblias: encontraremos matices que, a partir de ahora, enriquecerán nuestra vida espiritual. Un ejemplo: el Salmo 90 (91): ¿nos hemos dado cuenta que es el salmo de la Misa del primer domingo de Cuaresma en sus cantos de entrada y comunión? Sus versículos nos ayudan, en la Cuaresma, a ser un gran sostén para los tiempos que corremos: «Me cubrirá con sus plumas».

El Salmo 90, seguimos con el ejemplo, es el texto que los cristianos han rezado siempre como expresión de esperanza ante la dificultad, sea esta del signo que sea: «Bajo sus alas te refugiarás: Su brazo es escudo y armadura […] No temerás el espanto […], ni la peste […], ni la epidemia […], ni la plaga llegará hasta tu casa». Es el salmo de cada domingo en la oración nocturna de Completas.

Algo que no vamos a descuidar
Intentemos estar conectados desde casa con las celebraciones de la Iglesia o devociones que retransmitan los medios de comunicación: Misa, Laudes, Vísperas, el rosario, el viacrucis cuaresmal, las letanías de los santos… ¡Cuánto ha ayudado, a tanta gente, la Bendición del papa desde San Pedro!

Oremos por alguien en concreto: para que nadie se sienta aislado. Pensemos en ancianos solos en sus domicilios, en enfermos perdidos en salas de hospitales sin familiares cerca, en moribundos sin el consuelo del Viático, en los difuntos que no pueden ser velados. Creemos en la fuerza de la oración de intercesión: es la presencia invisible de la Iglesia junto a todos los hermanos que no vemos. Y después de orar: una llamada de teléfono o un mensaje positivo a una persona distinta cada día. Será una palabra de aliento para el que lo reciba. Esta acción es un ejercicio de comunión: Ora et labora.

Y, repitiendo, vamos a asegurar una lectura tranquila de la Palabra de Dios, meditando los textos, subrayándolos, tomando notas… porque el Señor, siempre presente en su Iglesia, nos habla por su Palabra y no vamos a perder apuntes. Son, estos, días que van a enriquecer nuestra vida cristiana.

M. G. López-Corps, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, La liturgia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *