Resonancias en nuestra Iglesia de hoy (marzo de 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2020.

El camino de amistad con mi gordito feliz

«Los santos que ya han llegado a la presencia de Dios mantienen con nosotros lazos de amor y comunión […] Podemos decir que “estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios […] La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce”» (GE 4). Estas palabras del papa Francisco reflejan en pocas líneas la experiencia de Ana Álvarez Vieitez, a quien entrevistamos en esta ocasión. Ella está casada, tiene cuatro hijos, es dermatóloga y trabaja en el hospital Nuestra Señora del Rosario de Madrid, donde murió san Manuel. Por misteriosos caminos de la providencia, él se ha hecho el encontradizo en su vida de muchas formas, invitándola a su amistad. Este es el testimonio de un encuentro, o muchos, y ella desea compartirlo con todos nosotros.


Querida Ana, reconoces en tu historia cómo la providencia te ha ido guiando en todo momento, ¿podrías contarnos un poco acerca de ti, de tu camino y de cómo has llegado a trabajar en el hospital Nuestra Señora del Rosario, un lugar tan especial para todos los que queremos a san Manuel?
Ciertamente, mi vida hasta hoy ha estado marcada siempre por la providencia y no puedo más que dar gracias por todo lo que he vivido, incluso por los momentos de espinas y desolación.
Nací hace 54 años. Por parte de madre mi familia es de origen gallego y parte de mi vida viene marcada por esa tierra, mi padre era leonés y siempre amó Galicia. Cuando nací, mi madre tenía 48 años y mi padre 54, mis hermanos tenían 15, 20 y 23 años. Mi madre pensaba que era el declive de su vida fértil, pero no, los designios de Dios eran otros. Mi familia era católica y practicante, yo estudié en colegios laicos, pero la llama de la fe nunca me ha abandonado. A veces la he percibido con más fuerza y otras menos, pero siempre ha estado presente. Últimamente se ha hecho muy viva y san Manuel tiene mucho que ver con ello.
Soy médico por un gran azar de la vida, hice la especialidad en dermatología, y tras trabajar en múltiples sitios, por la providencia, acabé en el hospital de Nuestra Señora del Rosario. He tenido ofertas de trabajo de sitios muy apetecibles y profesionalmente muy interesantes, pero para mí el hospital del Rosario ha sido y es mi remanso de paz, donde puedo ejercer la medicina con gran profesionalidad y con gran humanidad, en un medio absolutamente favorable. Nunca lo he dudado, mi sitio era y es el Rosario.

¿Cómo se las ha ingeniado san Manuel para salir a tu encuentro, puesto que antes no le conocías de nada?
Pues en este camino de mi vida, mi gordito feliz, como yo le llamo, se ha acercado a mí como amigo. Hace como unos 10 o 15 años, una mañana llego a mi consulta y al entrar veo una cosa tirada en el suelo con algo de color púrpura, que me llamó la atención; era como una estampita pequeñita plastificada, me agaché, la cogí y vi que era la reliquia de un venerable, Manuel González. No sé por qué, pero la guardé en mi monedero, ciertamente podría haberla llevado a recepción por si alguien la reclamaba, me podría haber resultado indiferente o incluso podría haberla tirado, pero una vez más la providencia marcó el camino. Durante muchos años, las veces que he cambiado de monedero, siempre esa reliquia iba conmigo, y aún la conservo.
Un día llegó a mi consulta un cura de la parroquia San Juan Rivera, se llamaba Francisco Teresa León. Era un sacerdote mayor, encantador, bueno, que se hacía querer. En un primer momento, entablamos una relación médico–paciente, que acabó por convertirse en una relación médico–amigo. No sé cómo, un día él me contó que había llevado las reliquias de un santo y que se había obrado un milagro en Palencia a una mujer joven con una tuberculosis peritoneal. Después otro caso en Madrid, en el que había entregado la reliquia a una mujer con un linfoma y también se había curado. Después me enseñó la foto del santo del que me hablaba.
Cuando yo lo vi pensé: «No me lo puedo creer, este es mi gordito feliz, el que llevo en mi monedero y voy cambiando de un monedero a otro». Le dije: «D. Francisco espere un momento, que esto lo llevo yo en mi monedero», fui a mi bolso, lo saqué y efectivamente, cuando lo vio lo reconoció y se le cayó una lágrima, me lo bendijo y me dijo: «Ana, esta es la reliquia del obispo del que llevé la reliquia a las dos enfermas, nunca lo pierdas, llévalo siempre contigo, es muy importante».
Así fue como empecé a entablar una relación con san Manuel, porque él la quería conmigo, porque yo hasta entonces la verdad que no la había tenido mucho con él.
Los años pasaron y D. Francisco se fue haciendo más mayor y llegó un día en que no volvió al hospital porque había fallecido. Al cabo de un tiempo, apareció otro sacerdote en mi consulta, se llama D. Manuel Soto Díaz, tiene 91 años y es un amor de persona. Empezamos una relación y tras venir varias veces, no sé cómo tampoco, un día me dice: «Cuando era pequeño tuve la suerte de que me confirmara un santo y también pude cantarle una canción, este santo se llama Manuel González». No me lo podía creer y le digo: «¿San Manuel González?, pero si es mi gordito feliz» y le saco una vez más la reliquia. Enseguida me dijo: «No sabes cómo era, Ana, simpático, bueno… a mí me acariciaba la cabeza y me decía ¡qué niño más rico eres!, y yo le cantaba y él se reía. Con él surgió mi inspiración de llegar a ser cura más adelante».

Después de esos testimonios, ¿cómo siguió tu relación con san Manuel?, ¿has percibido que también a ti y a tus seres queridos ayudaba a crecer?
La relación se fue haciendo cada vez más profunda. Yo cada vez le rezaba más, le tenía presente. Es más, hace unos 4 años, al mismo tiempo que fue su canonización, un profesor de informática de una de mis hijas, Diego, majísimo, se puso muy malo y le detectaron un cáncer. Tenía 33 años y todo el proceso fue muy doloroso para nosotros, le queríamos mucho. Él no era muy creyente y yo le dije: «Mira, Diego, poca gente conoce a este santo, pero rézale». Empezó a rezarle y tengo que decir que Diego falleció muy poquito después, pero creo que san Manuel obró en él su milagro. Un sarcoma de partes blandas, que es lo que él tenía, puede ser un horrible y doloroso cáncer y Diego lo vivió con muchísima paz y sin ningún dolor. Yo le di muchas gracias a san Manuel, porque dado que aquello era muy difícil, el milagro fue que la enfermedad fuese rápida y poco dolorosa para Diego.
Pero en este camino de amistad con mi gordito feliz hay más.
Hace un año y medio, mi hija mayor hizo el retiro Efetá, salió muy contenta y como muy inspirada por el Espíritu. Al mes o así, hice una peregrinación con mi marido a Medjugorge y lo curioso es que en el viaje de ida coincidimos con la gente que había organizado ese retiro. Una vez allí, también coincidimos mucho y ellos me decían: Ana, tienes que hacer el retiro de Emaús, que es del estilo de Efetá, pero para adultos. Yo no quería, intentaba decirles que me acercaba a Dios de otras formas. No pensaba hacer el camino de Emaús, pero un día de los que estuvimos allí, una de las que había estado más cercana a mi hija en el retiro, me dijo: «Ana, vente, vamos a inaugurar un camino de Emaús en una parroquia que se llama… bueno no lo vas a conocer, es un santo poco conocido, se llama san Manuel González». Cuando me dijo aquello, le dije: «Cristina, hago el camino de Emaús, porque san Manuel no es que no sea conocido para mí, sino que es mi gordito feliz, un muy buen amigo».
Me fui e hice el camino de Emaús con san Manuel. Fue una experiencia muy bonita, tuve muchos momentos de acercamiento a la Eucaristía y siento que san Manuel me ha enseñado a rezar, a meditar. Yo antes era más de decir que con Dios se puede hablar en todos lados, y eso es verdad, el está en todo lugar, pero como me dice mi marido, y esto también lo he aprendido de san Manuel, la diferencia es que puedes hablar con Dios en cualquier momento, en cualquier sitio, pero eso es como cuando utilizas el Whatsapp o el teléfono para hablar con alguien; en cambio si te vas a un Sagrario, es una conversación de tú a tú, Él te está esperando, está allí presente, callado, solo para ti.
Eso lo aprendí de su encuentro con la Eucaristía en Palomares del Río. En aquella Iglesia perdida, vacía, llena de telarañas, él se dio cuenta de lo solo que se encontraba el Señor y eso le cambió la vida. Un chico joven, humano, que va a un destino horroroso y siente que Jesús está allí, y por eso no coge el burrito y se va corriendo, sino que piensa: Él está aquí y eso es lo más importante en el mundo, me quedo porque él está y a su lado soy capaz de lo que sea.
Esas cosas a mí me han ayudado muchísimo en mi camino personal de fe y en mi crecimiento.

Has estado presente en la celebración de la dedicación de la parroquia San Manuel González, seguramente ha sido otro de sus regalos para ti el estar allí, ¿podrías contarnos cómo viviste la experiencia?
Realmente fue un gran regalo. Además con esa parroquia, a parte de la experiencia que os conté antes sobre el camino de Emaús, tuve un encuentro con san Manuel totalmente providencial. Cuando mi hija Cristina tenía 18 años se buscó por su cuenta un voluntariado con una amiga, y contactaron con una parroquia para ir al cotolengo de Barcelona. Como ella no podía ir a la reunión final, me mandó a mí a que fuese a hablar con el sacerdote, a un barracón perdido en San Sebastián de los Reyes, cuando entro, veo que era la parroquia de san Manuel González, mi gordito feliz estaba por todos lados, con su sonrisa, esperándome una vez más.
En cuanto al día de la inauguración de la parroquia, yo le había prometido a D. Manuel Díaz que iríamos juntos el día de la dedicación del nuevo templo. Ese día en mi familia teníamos varias cosas importantes y nos venía fatal poder ir; pero una vez más, san Manuel me llamaba, anulamos todo lo que teníamos que hacer ese domingo y allí nos fuimos.
En un día como ese, de invierno, frío, nos podíamos haber marchado al terminar la Misa, pero con don Manuel queríamos acercarnos al Sagrario y a la imagen de san Manuel del retablo. Esperamos a que se vaciara el templo y cuando quedaban solo unas señoras y un señor delante nos acercamos. Así fue como san Manuel quiso que conociéramos a las Misioneras Eucarísticas de Nazaret, unas mujeres maravillosas, fue como si nos conociéramos de toda la vida. Además, cuando estábamos hablando con ellas, despidieron a un señor y casualmente yo también le saludé, él vino a hablar y resultó ser que era el hijo de la señora del milagro de canonización de san Manuel.
No me queda duda de que todo esto lo lió muy bien nuestro gordito feliz. Cuando ya quedábamos pocos, entró D. Carlos Osoro, arzobispo de Madrid, y nos hicimos una foto con él y con san Manuel. ¡Cuántos regalos!
Él ha querido también que fuéramos luego a la calle Tutor, a la casa de las hermanas, y estuviéramos en su capilla, con la adoración al Santísimo, cantando, en medio de un recogimiento impresionante, nos han hecho sentir familia. También hemos conocido a los Amigos de san Manuel, un grupo de matrimonios de Madrid, con los que nos vamos a ir a Palencia a visitar a nuestro santo.
San Manuel está cerca de Dios y de cada uno de nosotros, es un intercesor maravilloso. Dios me ha concedido conocerlo a él y los frutos de su santidad, que pude reconocer en sus obras, en todas las personas a las que le ha salido al encuentro en el camino.

Mª Ayelén Ortega Lo Presti, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, Resonancias en nuestra Iglesia de hoy.

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