Con mirada eucarística (febrero 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2020.

Un valor precioso y desvalorizado

Entre las muchas estadísticas dedicadas al año 2019 podemos leer que los fallecimientos en España superan con creces al número de nacimientos. Que, si continuamos en la misma dirección, el futuro de la sociedad del bienestar no está asegurado. Mala noticia.

Muchas son las razones que se exhiben al respecto no solo con la intención de explicar la situación, sino también de remediarla. No en vano el envejecimiento de la población es un fenómeno que afecta prácticamente a toda Europa, por lo que es una cuestión que compete a la Unión Europea en su conjunto, la cual debería adoptar las medidas necesarias a fin de invertir el curso actual de los acontecimientos.

La responsabilidad, por tanto, se achaca en parte a los gobiernos que no ponen en funcionamiento los mecanismos adecuados que provoquen el consiguiente incremento de la natalidad. El joven, que está en edad de procrear, no puede independizarse y formar una familia porque no se le ofrecen los recursos convenientes. En primer lugar, no tiene acceso a un puesto de trabajo suficientemente remunerado que le permita vivir con dignidad; en segundo lugar, en el caso de que lo tuviera, este es tan escaso que tampoco le permite acceder a una vivienda en la que pueda independizarse.

Por otro lado, no existen ayudas económicas a las familias, ni por el nacimiento de hijos, ni se da la debida conciliación de la vida familiar con la laboral. En definitiva, faltan leyes dotadas económicamente que inciten a la procreación.

Sin embargo, también en las sociedades en las que existen tales medidas, se da igualmente el fenómeno de la falta de natalidad.

Discriminación del sacrificio
En consecuencia, tal vez habría que indagar en otras causas que arrojen luz diferente para entender esta situación de la falta de nacimientos. En alguna otra ocasión hemos dicho que la peor de las tentaciones de la época en que vivimos es la del hedonismo, la del placer, esa que todos entendemos bajo la frase reconocida de «vivir bien». A tal fin se orienta actualmente el sacrificio. El verdadero sacrificio tiene poco valor de reconocimiento, ni personal ni social.

Tener un buen puesto de trabajo, una casa a todo confort (a ser posible una segunda vivienda en la sierra o en la playa), un coche –cochazo– último modelo, irse de vacaciones caras y mejor a un país o paraíso exótico, comer en restaurantes lujosos, viajar cuanto se pueda, comprarse los vestidos más lujosos, concurrir a los espectáculos y las fiestas sin límite de tiempo…, todo eso y más merece la pena, merece la pena del esfuerzo y del sacrificio, porque todo ello pertenece al paradigma existencial de hoy del «vivir bien».

¿Pero merece la pena casarse y tener hijos, muchos hijos, formar una familia numerosa? Eso sería complicarse la vida, tener que renunciar a ese vivir bien, aun a sabiendas de que la auténtica vida nace del sacrificio que proporciona el amor.

Desconsideración social
Por mucho que queramos engañarnos a nosotros mismos, y a pesar de que la familia sigue siendo la célula que da estabilidad a la sociedad, la concepción de aquella en torno a un matrimonio –marido y mujer– dispuesta a traer hijos al mundo adolece de falta de consideración social. No se aprecia como debería ser, por parte de los diversos estamentos sociales, la función importantísima de la familia. La consideración se dirige hacia otros derroteros.

Por eso los jóvenes, y especialmente la mujer, deciden tener hijos en edades más avanzadas de lo habitual. La igualdad necesaria y justa entre hombre y mujer hace que esta retrase en el tiempo la maternidad, merced a su incorporación al mundo del trabajo. Y aquí reside una de las mayores desconsideraciones sociales: que, admitida la igualdad de género por Ley, esta no se cumple en la realidad, pues la mujer resulta discriminada en su maternidad; se premia socialmente más el trabajo que el hecho de ser padres. Nos preguntamos: ¿No debería ser al revés?

Y ya lo que faltaba, recurrir al aborto como la solución prioritaria, considerado este positivamente por nuestra sociedad, antes que cualquier otra solución que apueste por la vida. Seguimos preguntando: ¿No debería ser al revés?

Inversión de los valores
Estamos apuntando evidentemente a una inversión de los valores. Claro que, al hablar de sexualidad responsable, paternidad y maternidad responsables, el matrimonio como sacramento, se nos puede tachar de desfasados y anacrónicos. Tener hijos, formar una familia numerosa (hoy con tres hijos en nuestra legislación ya es numerosa) es desfasado y anacrónico, a la vista de la lista de clasificación actual de los valores; sin embargo, de acuerdo con esa misma lista, es progre el aborto, la promiscuidad sexual y el matrimonio civil.

Y no queremos con esto hacer ningún tipo de enjuiciamiento personal, pues ya dijo el Maestro que «no juzguéis y no seréis juzgados». Allá cada cual con su propia responsabilidad en la toma de sus personales decisiones. Sencillamente constatamos que tener hijos, tener muchos hijos, no es valioso en la escala de valores de la sociedad en la que vivimos.

De la misma manera que es perfectamente constatable que la existencia de las familias numerosas ocurre dentro de la concepción religiosa de la vida. Dicho con otras palabras, que el matrimonio creyente es proclive a tener más hijos, porque ese hombre y esa mujer conciben la procreación dentro de la familia como una bendición divina. Y no lo decimos nosotros, lo dicen las propias estadísticas. Será que más allá de la pura economía pesa en el hombre el valor de Dios.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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