La oración continua

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2020.

La oración: motor de la vida espiritual

«Para explicarles cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola» (Lc 18,1). La parábola de la viuda que pide justicia (Lc 18,1-8) es símbolo de la necesidad de oración continua, de ser en la oración tan insistente como aquella mujer que, ante su desamparo, pide justicia continuamente a ese juez sin escrúpulos. El juez se la quiere quitar de en medio. Solo acepta hacer justicia por su insistencia.


Cuánto más no escuchará Dios a quien ore sin cesar, sin desalentarse. Dios está siempre atento al clamor de sus hijos. Si el juez hace justicia sin tardanza, mucho más pronto actúa Dios cuando se acude a Él con plena confianza.

1. Perseverantes como la viuda inoportuna
La viuda es símbolo de la indigencia y la soledad de quien no tiene a nadie ni nada, como sucedía con las viudas de aquel tiempo. Su petición es constante. Pide con perseverancia, humildad y confianza, virtudes esenciales en el crecimiento espiritual de todo cristiano orante. Pide en la seguridad de ser escuchada. Dios siempre atiende las súplicas de quien acude a Él humilde y confiado. Jesucristo es el Juez justo: ha cargado con los pecados de toda la Humanidad, ha actuado en nuestra vida, nos sigue haciendo justicia cada día cuando nos perdona nuestros pecados o nos invita a que le abramos las puertas de nuestro corazón.

2. La oración incesante
Las relaciones humanas que se viven en gratuidad y sacrificio hacia los otros son signo de la amorosa entrega de Dios en su Hijo Jesucristo. Si nos alegra el amor de los otros, ¡cuánto más anhelamos ser abrasados por el fuego de amor divino, cuánto más deseamos la unión con Dios, rico en misericordia e incansable en su paternidad amorosa hacia nosotros!

Es en la oración incesante donde somos penetrados por el infinito amor divino. Este es el objetivo de nuestra vida cristiana: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas porque Él nos ha amado primero, creándonos, redimiéndonos, vivificándonos con su Espíritu: «Nosotros amemos a Dios, porque Él nos amó primero» (1Jn 4,19). «En esto conocemos que permanecemos en Él, y Él en nosotros: en que nos ha dado su Espíritu» (1Jn 4,13).

«Los Padres del desierto amaban tan intensamente a Dios que ese amor abrasaba su corazón y les empujaba al desierto para alcanzar niveles cada vez mayores de unión amorosa con Dios. Ellos no creían que los mandatos que se encontraban en la Sagrada Escritura fueran mera hipérbole ni que su cumplimiento estuviera reservado a un grupo selecto de cristianos de élite que utilizaban determinadas técnicas o vivían un modo de vida especial, sino que sentían que Jesús exhortaba a todos los cristianos a orar continuamente» (George Maloney, S.J. [2009]: La oración del corazón).

La oración continua no es fácil. Es un don. Pide la máxima colaboración del cristiano: su constancia en pedirla, su horario bien organizado, su hora de máxima calidad dedicada al Señor, su fidelidad a lo pequeño en las tareas de ministerio para ser fiel a las grandes decisiones, su rezo completo de la Liturgia de las Horas, la escucha permanente de la Palabra de Dios, y sobre todo, la centralidad de la Eucaristía, cumbre y fuente de la vida diaria, lugar por antonomasia del encuentro con Jesucristo y, desde Él, con el Padre en el Espíritu. «Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto a vosotros» (1Ts 5,17-18).

La oración continua es mucho más que recitar oraciones, pedir dones a Dios o dar gracias por tantos bienes recibidos. La oración continua es un estado de ser en el Padre, con el Hijo, por la acción del Espíritu Santo. Es un estado de vida. Envuelto siempre en la Presencia trinitaria, que supera la idea que uno tiene de sí mismo o de cómo se sitúa ante el Señor. Es un itinerario interior continuo, de vivir siempre, lo más conscientemente posible, en la entrega amorosa a Dios–amor, origen, guía y meta del universo y de cada cristiano.

Los grandes orantes llevaron una vida austera y sencilla, sacrificada y abierta de continuo a la voluntad de Dios. El Señor puso en ellos un gran deseo de pureza de corazón, de capacidad de negarse a sí mismo, de abrazar en la cruz de Cristo las pequeñas cruces de cada día. Todo ello destinado a purificar los efectos desordenados y a desarraigar el amor egocéntrico.

Pero todas esas prácticas austeras las contemplaban como medios para estar siempre en la presencia de Dios. Experimentaban que era únicamente el Espíritu Santo quien podía otorgarles el don de la oración constante. Era el Espíritu Santo el que ayudaba a vaciarse de sí mismos y a llenarse de los dones y de los frutos del Paráclito, como María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo […] El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,28.35). En silencio, en la mirada contemplativa, en asombro ante cada acontecimiento: «María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,9).

La oración continua la han vivido los grandes sacerdotes de la historia. La pidieron. La buscaron. Pusieron los medios para que el Señor se la fuera concediendo. Se mantuvieron fieles a lo que el Señor les pedía. Atravesaron el desierto en momentos duros y sufrientes sin dejar nunca de orar. «Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que no se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto» (San Juan Mª Vianney, Oficio de lectura, 4 de agosto).

«Tendríamos que tener el mismo cuidado en no perder la presencia de Dios que el que tenemos en no perder la respiración. Hay quienes se abandonan en la oración como pez en el agua. Para rezar bien no es preciso hablar mucho. Sabemos que el Buen Dios está allí, en el tabernáculo santo; uno le abre su corazón y se complace en su santa presencia. Esa es la mejor oración» (Ib.).

3. Insistencia de san Pablo en el valor de la oración constante
Encontramos la misma experiencia en san Pablo. Insiste en sus cartas en la importancia de la oración perseverante: «Que la esperanza os tenga alegres; estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración» (Rm 12,12). «Orad en toda ocasión con la ayuda del Espíritu. Tened vigilias en que oréis con constancia por todos los santos» (Ef 6,18). Sed constantes en la oración; que ella os mantenga dando gracias a Dios» (Col 4,2). «Dad siempre gracias a Dios Padre, por todo, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo» (Ef 5,20). «Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros» (1Ts 5,17-18).

4. Pedir el don de la oración continua
Cuanto más se avanza en el camino espiritual, más tiempo de oración suscita el Espíritu Santo en el alma del cristiano que se abre a la gracia. Mueve a pedir este don: «Concédeme, Señor, el don de la oración continua», porque la presencia de la santa Trinidad es tan intensa, que nos mueve a estar alabando y bendiciendo a las tres Personas divinas.

Todo es iniciativa y obra del Espíritu Santo. Pero reclama de nosotros la colaboración: disponernos a organizar el día de modo que lo más precioso del mismo esté dedicado a la oración; abrirnos a la acción de la gracia para vivir la oración como don y tarea; dejar resonar los salmos como expresión de ese vivir siempre en la presencia del Dios tres veces santo.

5. La alabanza continua en los salmos
A quien ha adquirido el hábito gozoso de orar con serenidad y tiempo la Liturgia de las Horas, a quien se adentra con facilidad en la contemplación de la Palabra divina, a quien gusta la presencia de Dios en los acontecimientos y personas, a quien se asombra de la obra salida de las manos del Creador al admirar la belleza de todo lo creado, a quien toma conciencia de ser morada de la Trinidad, a quien se deja conducir constantemente por el Espíritu Santo, le brota agradecido un continuo canto de alabanza a Dios. Alabanza al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo: alaba y adora, alaba y bendice, alaba y tañe para el Señor, alaba y se siente vestido de fiesta ante el trono de su Rey y Señor. Todo le incita a la alabanza.

¡Cuántas veces con los salmos podremos entrar en el clima orante de los salmistas, del pueblo israelita, de Jesús de Nazaret orante, de la Iglesia monástica; cuántas veces podremos vivir en alabanza continua al ritmo de la experiencia de los que nos han precedido en la fe! ¡Cuántas veces!

«Alabaré al Señor mientras viva, tañeré para mi Dios mientras exista» (Sal 146,2). «Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre» (Sal 84,5). «En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías, siempre he confiado en ti» (Sal 71,6). «Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote» (Sal 63,5). «Quiero hacer memorable tu nombre por generaciones y generaciones, y los pueblos te alabarán por los siglos de los siglos» (Sal 45,18). «Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca» (Sal 34,2). «Te cantará mi alma sin callarse, Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre» (Sal 30,13).

6. La virtud de la perseverancia
La perseverancia consiste en comenzar cada día con redoblado deseo la fidelidad en el encuentro con Dios, fruto del amor del día anterior y de toda la historia de salvación que Él ha obrado en mí. Es necesaria la paciencia, la tenacidad, la certeza de estar haciendo lo que más agrada a Dios. Pide humildad para reconocer que todo es don, para pedir perdón cuando se es infiel o inconstante, para desterrar lejos la tentación del desánimo, la desgana o la pereza.

«Es preciso decidirse a dar todo a Dios. Pero aquellos que lo han dado todo porque tienen sed, y que tienen sed porque lo han dado todo (en el plano de la intención), tienen fácilmente la impresión desesperante de fracasar en su esfuerzo de oración y recogimiento, precisamente porque en el fondo de sí mismos quisieran que ese recogimiento fuera perpetuo, absoluto, devorador y definitivo, como una inmersión en el océano: lo que no es evidentemente en esta tierra. Para ellos, este fracaso no es ni siquiera un fracaso; es un exilio sin nombre, una angustia a veces aplacada (pero fugazmente), una sed devoradora y, al mismo tiempo, una esperanza irreprimible que anima su gozo» (Jean Lafrance: Morar en Dios).

«Debemos examinar nuestro corazón con toda vigilancia, no solo para evitar perder nunca el pensamiento de Dios o mancillar la memoria de sus maravillas con imaginaciones vanas, sino también en orden a llevar los santos pensamientos de Dios impresos en nuestra alma como un sello imborrable mediante la rememoración continua y pura. Así orienta el cristiano cada acto, pequeño y grande, de acuerdo con la voluntad de Dios, realizando el acto al mismo tiempo con cuidado y exactitud y manteniendo sus pensamientos fijos en Aquel que le dio el trabajo por hacer. De este modo hace realidad la máxima: “Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré”, y también observa el precepto: “Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” […] Debemos realizar cada acto como si estuviéramos ante los ojos del Señor y pensar cada pensamiento como si fuera observado por él, cumpliendo las palabras del Señor: “yo no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado, el Padre”» (San Basilio: Regula fusius tractatae).

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, oración.