Resonancias en nuestra Iglesia de hoy (febrero de 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2020.

Camina, busca, descubre

«Los regalos de Dios son interactivos y para gozarlos hay que poner mucho en juego, hay que arriesgar. Pero no será la exigencia de un deber impuesto por otro desde afuera, sino algo que te estimulará a crecer y a optar para que ese regalo madure y se convierta en don para los demás. Cuando el Señor piensa en ti no solo piensa en lo que eres sino en todo lo que junto a Él y a los demás podrás llegar a ser» (CV 289).


Sin lugar a dudas, cada día de nuestra vida está lleno de los regalos de Dios, algunos pequeños y cotidianos, parecen pasar desapercibidos; otros, extraordinarios, se nos presentan como experiencias que dejan huella y nos resulta casi imposible contener el deseo de compartirlos, de expresar nuestra alegría al recibirlos.

En las palabras citadas del papa Francisco está contenida la esencia de lo que ha sido la experiencia de algunos jóvenes y adolescentes el pasado mes de agosto en Perú. Nos referimos a dos campamentos vocacionales que tuvieron lugar en Quillabamba y que tanto quienes lo organizaron, como quienes fueron sus destinatarios, nos hablan de su experiencia como de un regalo de esos que no se olvidan y que estimulan a convertirse en un don para los demás. Para ello, entrevistamos a la hermana Mª Lucía Gavilanes, m.e.n., quien fue una de las responsables de estos encuentros, y también a algunos de los participantes.

Querida hermana, ¿podrías contarnos en qué consistieron los campamentos vocacionales?, ¿cómo surgió la idea, cuál fue la motivación?
Toda esta movida misionera tuvo como autor al obispo de nuestro vicariato apostólico, Mons. David Martínez Aguirre de Guinea. Su experiencia juvenil de haber encontrado al Señor y haber descubierto su vocación en medio de la experiencia de los campamentos, le ha llevado a impulsar este proyecto de animación juvenil. Es así como desde las Obras Misionales Pontificias del vicariato se han puesto en marcha estos proyectos tanto en la zona de Puerto Maldonado como en Quillabamba (La Convención).

La motivación principal fue fascinar a los jóvenes por la persona de Cristo, al igual que motivarlos para despertar su vocación misionera, propia de todo bautizado; todo ello desde el servicio y el trabajo generoso, por medio del cual se pudo hacer felices a otras personas, sobre todo a los más necesitados. Todas las actividades tuvieron un toque vocacional, de modo que las dinámicas ayudaran a los chicos a atreverse a buscar el sueño de Dios para ellos, esa llamada a ser felices en un estado de vida concreto, siendo un regalo para los demás.

Cada día tuvimos espacios de oración y reflexión en silencio, nos alimentamos de la Palabra de Dios y de la Eucaristía, buscamos en todo momento estar abiertos al diálogo fraterno, compartiendo con sencillez lo vivido en cada ocasión.

Además, ¡fueron encuentros de mucha altura! Lo digo porque ambos campamentos se llevaron a cabo a más de 3.700 metros de altura sobre el nivel del mar. El de los adolescentes, con el lema «Camina, busca, descubre» se realizó en Otaña; el segundo, dirigido a jóvenes fue en Choquepata. Ambos lugares pertenecen a la sierra peruana.

Tenemos noticia de que fueron campamentos internacionales, ¿nos cuentas quiénes participaron?
Efectivamente, así fue. Contamos con la presencia de algunos jóvenes españoles, como es el caso de Ander Martínez y Nuria Romero, que desde la delegación de Obras Misionales Pontificias del País Vasco fueron enviados por un mes a esta ciudad de Quillabamba para apoyar en la animación misionera. También contamos con la presencia de Sonia Carrera, voluntaria española de la Familia Eucarística Reparadora.

Nos apoyaron también varios monitores laicos adultos, peruanos, que a través de diferentes servicios ayudaron al buen desarrollo de todas las actividades de animación que se desarrollaron en el mes de agosto, ya sea la animación de catequistas, de profesores de religión, de coordinadores campesinos, niños de infancia misionera y además en la organización de toda la logística de los mismos campamentos. La coordinación de los campamentos estuvo a cargo una servidora, ya que dentro del vicariato presto el servicio de animación misionera desde lo que son las Obras Misionales Pontificias en esta zona de Quillabamba, trabajo que es posible gracias al apoyo y ayuda de mi comunidad.

También participó, acompañando espiritualmente esta experiencia de campamento, el padre Pablo Fernández Bobadilla, sacerdote diocesano, que es el vicario episcopal de la zona de La Convención; junto al padre Luis Ricardo Villegas, párroco de la parroquia Inmaculada Concepción de Quillabamba.

¿Cómo se vivió a lo largo de los días el encuentro personal y comunitario con Jesús Eucaristía?
En este sentido, he de decir que campamento y Eucaristía fueron no solo una fórmula posible, sino además totalmente valiosa y necesaria. Todo trabajo misionero se sostiene en el encuentro cercano y afectuoso con Jesús Eucaristía, que es el motor de todo proceso de entrega incondicional y de solidaridad, tanto para los grandes como para los pequeños.

Dios es quien pone la iniciativa, la creatividad y docilidad en nuestras vidas para reconocer y responder a sus llamadas a seguirle y servirle. La tónica que hemos querido despertar tanto en monitores como en los participantes ha sido la de reconocer que fuera de Jesús no hay tesoro que valga tanto como para arriesgar y sacrificar tiempo, dinero, esfuerzo, etc.

Además, para poder invitar a los jóvenes a iniciar un proceso de construcción de un proyecto de vida en el que la búsqueda de la llamada de Dios sea el trasfondo o motivación en la etapa que estén viviendo, requería ayudarles a centrar el corazón en lo más valioso que tenemos los cristianos: la Palabra de Dios y la Eucaristía.

Tanto adolescentes como jóvenes y monitores adultos han disfrutado y saboreado los momentos de oración con el Santísimo Sacramento, así como las celebraciones eucarísticas. El haber podido tener la oportunidad de vivir la Eucaristía diariamente, al aire libre, en la cima del monte nevado, ha sido una experiencia muy impactante, pues en un lugar en el que el silencio es más denso y la belleza más profunda, todo ayuda a que sea más penetrante e inevitable escuchar el grito silencioso de: «Dios está aquí amándome».

De esta experiencia, personalmente puedo decir que he vuelto a descubrir el único Amor por el que vale la pena dejarlo todo para ganarlo todo, para ganar el mismo Cielo.

Estimado Ander Martínez: Según sabemos, ha sido esta tu primera experiencia misionera fuera de tus fronteras nativas. ¿Qué trabajo se te encomendó estos días?
Mi experiencia junto a la gente de la parroquia de Quillabamba y Nuria, voluntaria de Vitoria, ha sido muy rica y positiva. Consistió en acompañar y motivar la labor que allí están realizando en diversos ámbitos: realización de campamentos de adolescentes y jóvenes, formación de animadores de tiempo libre, talleres con catequistas, profesores y coordinadores de comunidades campesinas y con niños de la Infancia y Adolescencia Misionera.

Ha sido (hasta el momento) la última parte de todo un proceso de misión, que tuvo una formación previa a lo largo del curso anterior, que en mi opinión fue fundamental para ir a la experiencia con una preparación y unas actitudes hacia lo que íbamos a vivir, que de otra manera nos hubiese costado más reaccionar ante ciertas situaciones o vivencias. Las dos experiencias más intensas fueron los campamentos que realizamos con jóvenes. En ambos tuvimos la suerte de poder trabajar con ellos el tema vocacional, desde la escucha de Dios y la búsqueda, en uno de ellos lo hicimos mediante la herramienta del proyecto personal de vida.

Me siento muy afortunado y agradecido de haber vivido este camino de encuentro con un tesoro de vida y poder haber acompañado a otros en su búsqueda, compartiendo momentos con gente que realmente han sido y son para mí testimonio de Dios, y por la acogida de toda la comunidad de Quillabamba, especialmente de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret. ¡Animo a quien tenga esta inquietud misionera, a ponerse en camino sin ninguna duda!

Querida Nuria Romero: Desde niña tenías muy claro tu anhelo de servicio pero, ¿cómo se ha ido transformando en vocación misionera?
Desde muy pequeña siempre me ha gustado ayudar a la gente. Siempre he entendido que hay muchas personas que necesitan de otros para lograr un primer empujoncito que los lleve a hacer algo grande. Fue cuando crecí que pude comprobar que este sentimiento estaba directamente conectado con Dios y su llamada. Cada persona está llamada a algo y creo, en mis pocos años de vida y experiencia, que Dios me ha llamado para difundir este espíritu misionero.

Gracias al equipo de Misiones Diocesanas Vascas y al grupo Norte–Sur (con el que nos reuníamos en Vitoria), pude acercarme al trabajo misionero en Quillabamba, Perú. Fue allí donde comprobé de lleno que el encuentro con Dios ocurre en los lugares más inesperados: en un campamento a casi 5.000 metros de altura en la sierra peruana, por ejemplo. Y es que fue allí, en ese lugar frío y alejado, austero y humilde, donde, gracias a la unión con las personas con las que nos encontramos y gracias a la fe que todos compartíamos, me encontré más cercana a Dios. Sin necesidad de grandes catedrales, de lujosos altares ni coros de grandes voces: solo nosotros, nuestra fe y una guitarra.

Esta experiencia ha sido tremendamente enriquecedora para mí. Por un lado, he fortalecido mi fe y mi conexión con Dios y con Jesús Eucaristía. Por otro lado, he tenido la gran oportunidad de conocer una cultura, unas gentes y unos lugares maravillosos que también me han ayudado a crecer como persona. Es esta gran experiencia la que me lleva ahora a difundir este espíritu misionero y compartirlo, para que ellos también puedan sentirlo y transmitirlo.

Ariadna Rivas, una de las más pequeñas del grupo, con solo 16 años: No debe haber sido fácil participar en una misión como esta, lejos de los tuyos, en un clima duro y frío, en un lugar distinto y sin conocer a casi nadie. ¿Cómo has vivido esta experiencia?
Desde que me inscribí en el campamento juvenil misionero supe que no sería fácil estar lejos de papá y mamá, que tal vez no podría acostumbrarme al clima o a las personas con las que estaría, o a la comida, pero tenía unas ganas inmensas de poder intentar algo diferente, algo que me saque de mi zona de confort.

Y así fue, llegó el día esperado, recuerdo perfectamente que cuando llegué al lugar del encuentro no conocía a nadie, pero poco después fueron llegando mis amigos. En el viaje rumbo a Otaña sentía cada vez más las ansias de poder llegar y desconectarme del mundo, estar solo yo, en una cabaña rodeada de hermosísimos nevados y llena de gente muy generosa y maravillosa. La falta de energía eléctrica y señal telefónica, lo hacía más interesante, el frío de aquel hermoso lugar obligaba a poder usar más de un pantalón y una polera, por las noches sentías como el frío llegaba hasta la punta de los dedos, la sensación de inmovilidad era desesperante, nunca antes había sentido esa sensación, solo rezaba a Dios poder darme fuerzas para seguir disfrutando del campamento que recién empezaba.

A la mañana, durante los tres días dentro de esa emocionante aventura, era sagrado celebrar la Misa en un pequeño espacio, donde entrabamos todos apretados y se sentía el calor de cada persona dentro de ese pequeño cuarto. Bendecíamos siempre nuestros alimentos con una canción que nos gustaba a todos. Algunos que no estaban acostumbrados a comer sopa, como yo, tuvimos que aprender a comer todo lo que nos ofrecían dentro de la cabaña. Al término de la comida teníamos que realizar actividades; amé cada una de ellas. Nuestros monitores las hacían de la mejor manera. Les agradezco mucho sus enseñanzas y su dedicación.

Dentro del campamento conocí a mucha gente maravillosa, hice cosas que jamás en la vida pensé que llegaría a hacer, actividades como subir a la cima del nevado de Otaña, la fogata a media noche al aire libre con un viento helado, ¡ah!, y lo mejor de todo, poder celebrar la Eucaristía en lo más alto de aquel nevado, observando al horizonte la perfecta creación.

Disfruté mucho la aventura durante esos maravillosos cuatro días, en los cuales viví y conocí mucho, descubrí cualidades en mí que no sabía que tenía, habilidades que llevaba ocultas. La mejor parte de todo fue cuando la hermana nos entregó unas cartas que papá y mamá nos escribieron antes de ir de campamento, me acuerdo que lloré al leer esas palabras que decían «eres nuestro más grande orgullo, te amamos mucho».

Por eso y muchas razones más, nunca cambiaría todas las bonitas aventuras que viví. ¡No siempre puedes subir a un nevado, hacer una fogata en una noche súper fría, conocer y convivir con personas que nunca habías visto! Es lo mejor y estoy segura que jamás lo olvidaré.

Fany Taipe Velas: cuando todo parecía indicar que no te sería posible unirte al grupo misionero, se abrió esa puerta por la que hoy nos dices que ha sido una experiencia que cambió tu vida. ¿Nos lo contarías en detalle?
Aún no estaba segura si debía ir al campamento que me habían propuesto, porque tenía en mente solucionar las cosas de mi trabajo, que me tenían muy estresada. Pero una llamada cambió mi forma de pensar. Habían pensado en mí para este campamento, yo era importante para otras personas; tal vez ellos pensaron que me hacía falta. Agradezco esa llamada, pues no se equivocaron, disfruté mucho del campamento vocacional, me ayudó a conocerme interiormente, saber de qué estoy hecha, reconocer mis faltas y trabajar en ellas. Las personas que estuvieron conmigo fueron estupendas, me hicieron sentir ese calor de hogar que ya estaba olvidando.

Después de cuatro días de convivencia salí fortalecida por completo. La experiencia me ayudó a saber qué es exactamente lo quiero en la vida y hacia dónde debo ir. Este tema vocacional cambió mi vida para bien, eso sintieron mis seres queridos. Yo creo que eso pasó porque aprendí a valorarlos, a quererlos como ellos se merecen, también aprendí a reconocer que soy capaz de mantenerme de pie en las dificultades.

Mis papás notaron lo cambiada que regresé, pensaron que iba a volverme una chica bohemia, pero les demostré que me sirvieron mucho los valores que ellos me inculcaron desde pequeña. Yo no tengo la familia perfecta, pero me siento orgullosa de ella; mis padres son el amor de mi vida, mi motor para salir adelante.

Rogelvan Maquera Apazar: ¿Por qué no te cansas de repetir que estos días han significado para ti una experiencia inolvidable?
Hace un año hice mi confirmación. En el tiempo de mi catequesis fui entendiendo lo importante que es el mantenerse cerca de las cosas del Señor, así que, apenas supe de la propuesta del campamento juvenil, me apunté. Ha sido una experiencia muy especial, porque he conocido a nuevos amigos de otros países.

Por medio de dinámicas, juegos y cantos nos hicieron reflexionar sobre nuestras vidas, incluso los momentos de oración no fueron aburridos, pues no eran cualquier rezo, sino que por medio de signos, gestos y cantos expresábamos lo que sentíamos y caíamos en la cuenta de lo que Dios nos estaba invitando a mejorar o vivir.

Desde el libro El Principito hicimos el trabajo de reconocer nuestras debilidades, amenazas, oportunidades y fortalezas y nos dimos cuenta de que cada uno tenía una fortaleza u oportunidad y de que sí se podían superar las debilidades y amenazas que a veces parecen más fuertes que nosotros mismos.

Uno de los días, nos llevaron a un lugar muy tranquilo y armonioso, en el cual se nos invitaba a hacer la construcción de nuestro proyecto de vida, a partir de la oración y las reflexiones acerca del lema «Camina, busca, descubre». Tuvimos un tiempo largo para pensar y orar personalmente. Después nos reunimos todos para compartir lo que habíamos sentido. Yo descubrí que todos tenemos dones que compartir para hacer felices a los demás y, además, caí en la cuenta de que mis debilidades o amenazas no pueden vencerme.

Todo el campamento estuvo genial, pero lo que más me marcó fue nuestra subida al nevado para celebrar la Eucaristía. Tuvimos que escalar mucho, pero con lo aprendido sabíamos que nada era imposible y que lo lograríamos. Al llegar fue muy bonito, ya que el paisaje era espectacular y solo se escuchaba el sonido de la naturaleza. Esa Misa fue como estar en el cielo, aprendí que el silencio es muy valioso para estar cerca de Dios.

Otro momento importante fue cuando nos dijeron que habían venido a dejarnos unas cartas, Mª Lucía nos repartió a cada uno una carta que estaba escrita por nuestra madre, padre o algún familiar; decían lo mucho que nos querían y extrañaban; esto fue muy conmovedor, ya que nos dimos cuenta de que aunque seamos grandes aun necesitamos de nuestra mamá y papá o de ese familiar que nos apoya. La última noche del campamento tuvimos una fogata, todos estábamos alegres, cantando y bailando como unos niños, sin importar el frío; aguantamos el duro clima y así dimos fin a nuestra experiencia.

Para mí fue algo que va a ser imposible olvidar, ya que pude hacer amigos con los que pasé momentos inolvidables, entre ellos, el mejor de todos, Jesús. Agradezco a Dios todo lo vivido y quiero que pronto se repita.

Mª Ayelén Ortega Lo Presti, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, Resonancias en nuestra Iglesia de hoy.

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