Historias de familia (febrero 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2020.

«Algún día le veremos en los altares». La familia Krauel y el recuerdo del obispo de Málaga

Mi amiga Clara lleva el nombre de su abuela Clara Krauel Gross y, durante años, pudo escuchar de sus labios historias del buen obispo de Málaga a quien su padre auxilió en los difíciles días de mayo de 1931. Su abuela falleció en 2001, pero hace algo más de un año, durante una cena con varias amigas en un restaurante de Madrid, cuando yo hablé de san Manuel González, ella me dijo: «¿ya es santo el obispo? Mi abuela siempre lo consideró así».

Clara hablaba con mucha familiaridad del obispo de Málaga, –«¡es que he oído siempre tantas cosas de él!»– y enseguida me puso en contacto con las personas de su familia que conservan los recuerdos de la amistad que mantuvieron durante los años 20 y, luego, durante los tristes días de mayo de 1931 y en el tiempo del destierro en Gibraltar.

Familia numerosa
Su abuela había nacido en Málaga en 1912 y era una de los diez hijos del matrimonio formado por Carlos Krauel Molins y Tecla Gross Pries. D. Carlos dirigía el negocio familiar, una bodega en Málaga, y, al mismo tiempo, desempeñaba el cargo de cónsul de Suecia en esa ciudad como ya había hecho su padre. En 1920 había comprado una hermosa finca construida en el s. XVIII al pie del cerro de San Antón junto al arroyo Jaboneros, en la zona de El Palo, cerca del colegio que regían los jesuitas.

Precisamente su condición de fabricante de vinos le llevó hasta el obispo de Málaga, pues tuvo que solicitar la licencia correspondiente para elaborar vino de Misa. De aquel año debió ser el comienzo de la amistad entre D. Carlos y D. Manuel, pues en el número de El Granito del 5 de febrero de 1920 aparecerá, por primera vez en esta revista, el anuncio de «Carlos J. Krauel. Málaga. Criador y Exportador de vinos. Vinos legítimos para consagrar según las prescripciones de la Santa Sede», que durante muchos años aparecerá en sus páginas. Se acreditó como fabricante de estos vinos para celebrar y lo exportaba a Irlanda. Es por eso que en 1930 solicitaría y obtendría del obispo de Málaga una licencia para venderlo allí, redactada en inglés, que figura en el archivo de la empresa.

Una relación muy cercana
El recuerdo cariñoso de D. Manuel se ha conservado en toda la familia, pero fue D. Ignacio Krauel–Gross quien dejó testimonio escrito de la relación que tuvo con ella. Él mismo recibió el Bautismo en el palacio episcopal de Málaga el 22 de junio de 1923, siéndole administrado por el Sr. obispo. Siempre explicaba cómo sus padres colaboraron económicamente en la construcción del seminario. Cuando se escribía esto en 1986, no dudaba de que «alguna vez le veremos en los altares».

Ha sido su sobrino, Ignacio Krauel Barrionuevo, quien, recogiendo este testimonio y recordando todo aquello que escuchó a su padres y a sus tíos, con ocasión de la canonización de san Manuel, tuvo la oportunidad de escribir en el Diario Sur de Málaga la historia de aquellos tristes días de mayo de 1931, un artículo que me ha hecho llegar en su versión más extensa. En él narra cómo «Carlos J. Krauel Molins, después de dar refugio en su casa de la finca La Cerda a todos los Sacerdotes, Alumnos, Profesores y Empleados del Colegio de San Estanislao y dejarlos instalados, cogió su coche y se fue al centro a buscar a Don Manuel González al cual encontró, lo enfundó en un mono azul que llevaba preparado y lo llevó por la carretera de los Montes a la Finca La Vizcaína propiedad de D. Eduardo Heredia, desde donde a los dos o tres días consiguieron llevarlo a Gibraltar».

Del auxilio que prestó a los jesuitas y a los muchachos alojados en la residencia de El Palo queda constancia en la carta de agradecimiento que la familia conserva del entonces general de la Compañía de Jesús, padre Ledóchowsky. De hecho, cuentan los Krauel cómo D. Manuel descartó alojarse en La Cerda para no poner en riesgo a los jóvenes que allí se encontraban. De que D. Carlos J. Krauel auxilió en aquellos días al obispo queda, además del testimonio oral, la noticia que El siglo futuro publicaba el 28 de enero de 1932, al dar cuenta de su fallecimiento: «El 11 de mayo último fue uno de los poquísimos que se echaron a la calle para ver si podían impedir algo en las salvajes quemas de iglesias y conventos y en aquellos días amparó y protegió al Señor Obispo de Málaga, llevándolo a Gibraltar, tras múltiples riesgos y peripecias».

A continuación, el periódico comentaba cómo D. Carlos, por haber dado protección a los jesuitas, había recibido amenazas. Fue por este motivo que se trasladó con su familia a Gibraltar, aunque desde allí viajaría con frecuencia hasta Málaga para atender su negocio y las tareas del consulado. En efecto, en el archivo de Gibraltar y entre la documentación de registro de residentes españoles temporales, constan los nombres de los Krauel–Gross y también las entradas y salidas del cabeza de familia.

Unidos en Gibraltar
Como sucedió con otras familias que se vieron obligadas a vivir aquellos meses en Gibraltar, también con esta establecería D. Manuel lazos de amistad y el 14 de diciembre de 1931 ofició la Misa con la que el matrimonio Krauel–Gross celebraría sus bodas de plata. La muerte sorprendería poco después a D. Carlos, que falleció el 24 de enero de 1932. Sin embargo la amistad continuó y el nombre de Dña. Tecla Gross, Vda. de Krauel, aparece el primero en uno de los pliegos de firmas que a finales de aquel año se recogieron en Málaga solicitando el regreso a la diócesis de su obispo. En 1935 un telegrama llegaba a Palencia con el afectuoso recuerdo de la familia Krauel para el nuevo obispo de aquella sede.

D. Carlos Krauel pertenecía a la Junta que regía la congregación de Caballeros del Pilar junto a D. Leopoldo Werner, D. Pedro Temboury y D. Rafael Pérez Bryan, tres de las personas que murieron dando testimonio cristiano en Málaga en 1936; también formaba parte de aquella Junta D. Eduardo Heredia. El domingo 13 de enero de 1929 se habían reunido para entregar al Sr. obispo la medalla y el diploma de aquella congregación en señal de la admiración y respeto que por él sentían. D. Manuel en su discurso de agradecimiento –como recogía El siglo futuro en su edición del 16 de enero– les recordó cómo en sus reglas se inculcaba la asistencia a cárceles y hospitales y a prestar ayuda a los pobres en sus pleitos y dificultades de la vida, «no es una cofradía más, con afán de “procesionismo” ni una asociación pía, de ejercicios más o menos piadosos […] la Congregación es esto y más que esto […] Tiene como fundamento una piedad y amor filial para con María Inmaculada y su fin de santificación propia y de los demás […] en quienes podamos influir».

Don Carlos perteneció a ese grupo de hombres que supieron escuchar a D. Manuel y vivir un cristianismo no de procesión o de prácticas piadosas, sino de santificación propia y de los que nos rodean, quizás por eso el recuerdo de la amistad del Sr. Krauel y el obispo de Málaga haya estado presente en sus hijos y, hoy, en sus nietos y bisnietos, a quienes, por cierto, estoy muy agradecida por haberlo querido compartir.

Aurora Mª López Medina
Gracias a Clara Díaz Rodríguez Valdés, a D. Carlos Krauel García–Pelayo y a D. Ignacio Krauel Barrionuevo
Publicado en El Granito de Arena, Historias de familia, San Manuel González, San Manuel González García.

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