Orar con el obispo del Sagrario abandonado (febrero 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2020.

«Humillaos ante el Señor y Él os ensalzará» (Sant 4,10)

«Haber comenzado en este misterio y en su Madre el proceder que seguirá perennemente en su vida de Verbo Sacramentado y de Verbo predicado de no ir más que a donde lo lleven sus sacerdotes… ¡Qué misterios de humildad, anonadamiento, dignación, generosidad y valentía encierra ese dejarse Jesús llevar y ese no ir si no lo llevan!» (OO.CC. II, n. 2436).


Jesucristo, cuando se encarnó en el vientre purísimo de María asumió todas las limitaciones y procesos de crecimiento propios de la naturaleza humana. Se humilló, se anonadó, se abajó, «se despojó de su rango, tomó la condición humana, pasando por uno de tantos» (Flp 2,7); «ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado» (Heb 4,15). «Siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer» (Heb 5,8).

En su libro El Rosario sacerdotal, san Manuel González, cuando invita a contemplar el segundo misterio gozoso [la visitación de nuestra Señora] compara ese dejarse llevar de Jesús en el vientre de su madre, al pueblecito donde vivían Zacarías e Isabel, con este otro dejarse llevar Jesús Sacramentado por los sacerdotes allá donde celebren la Eucaristía, o expongan en adoración el Santísimo, o reserven el pan eucarístico en cualquier Sagrario de la tierra.

Tanto en la peregrinación de Jesús, dentro de María, su madre, desde Nazaret hasta la visitación a santa Isabel, como en estar presente donde se celebra su Sagrado memorial, el Hijo de Dios, se deja hacer, se deja llevar. Todo un Dios humanado, hecho pan vivo bajado del Cielo, que se humilla para ser alimento de vida eterna, allá donde se le lleve, allá donde se le comulga como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Adorar la presencia eucarística de Jesús Sacramentado implica reconocer la humillación del Hijo de Dios por amor a todos los hombres: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,4).

Adorar a Jesús Sacramentado es quedarse asombrado de su anonadamiento y generosidad, su valentía y desprendimiento de sí. El Siervo de Yahvé anunciado por el profeta es Jesús muerto en la cruz, es Jesús presente y actuante en su cuerpo eucarístico: «lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado» (Is 53,2-3).

Adorar a Jesús, comida de salvación, delante del Sagrario, conlleva aprender de Él el camino de la humildad, presentarse ante Él en total humillación, reconocer que cuanto más me humillo ante su grandeza (dar la vida y resucitar) y ante su inmenso amor («nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos»; Jn 15,13) tanto más soy levantado, ensalzado, eucaristizado.

Oración inicial
Bendito y alabado seas, Padre, por haber enviado a tu Hijo como salvador en ese camino de anonadamiento, en ese misterio de su Encarnación, para quedarse siempre con nosotros en este Sacramento del amor, que es también ofrenda permanente de su vida, actualización de su entrega como Siervo del Señor, alimento de nuestra peregrinación por la tierra en este signo tan, aparentemente, insignificante de su pan de vida eterna. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Sant 4,6-10

San Manuel y la humildad
«Si con fe viva nos llegáramos al Sagrario, ¡cómo nos sumergiríamos en aquel mar de luz, de amor, de vida, que brota de aquel Corazón! […] Pero, ¡nos hacen tanta falta aquella humildad que lo teme todo de sí y aquella confianza que lo espera todo de Él! (OO.CC. I, n. 415).

«El Hermoso no se ve…, la Palabra de Dios no se oye, el Poder de Dios no se mueve, el Amor no suspira… y, sin embargo, el Hermoso, el Verbo, el Poder, el Amor, está allí, como estaba tiritando de frío en Belén, como estaba sediento de amores en la Cruz… Sí, sí, me lo dice mi fe, mi conciencia, hasta este mismo silencio del Sagrario me dice que está ahí Jesús transfigurado por la humildad. Sí, sólo una humildad infinita ha podido tener perpetuamente callada en la tierra la palabra viva de Dios (OO.CC. I, n. 445).

Cuando san Manuel comenta las escenas del ciego a las puertas de Jericó y de Zaqueo, explica cómo ambos no conocían a Jesús, pero buscaban la luz y la verdad: «los que vienen de lejos te conocen tan pronto y tan bien, Señor». Y añade que tanto el cieguecito como Zaqueo «tuvieron la feliz ciencia de su ignorancia. Uno por ser ciego y otro por ser chico, sabían que sin Ti no podían verte. Ambos te pidieron vista con la oración perseverante de su humildad, y Tú, obsequioso siempre con los pequeños y humildes, les diste más vista de la que pedían (OO.CC. I, n. 546).

«Humilde Cordero del Sagrario, viendo a los hombres tan llenos de soberbia, me explico por qué haciendo tantas maravillas en cada hora de tu vida eucarística, tienes tan pocas rodillas dobladas delante de Ti y te sacan tan poca virtud muchos de los que te tratan, y te tienen tanta saña los herejes y los impíos (OO.CC. I, n. 1116).

El inmenso valor de la humildad
Jesús, en quien creemos y por quien vivimos, se humilló, se abajó, se anonadó: siendo Dios, se hizo hombre; siendo hombre, se hizo esclavo en el lavatorio de los pies; siendo esclavo, se hizo Cordero de Dios, Siervo de los siervos, víctima propiciatoria por nuestros pecados, hasta la muerte, una muerte de cruz.

Mirándole a Él, en el pesebre, en el lavatorio de los pies, en la cruz, aprendemos a ser humildes. Mirándole cómo recibe a los niños, cómo se deja lavar los pies por la pecadora pública, cómo escucha a la mujer sirofenicia, cómo dialoga con la samaritana, cómo va a casa de Zaqueo,… nos dejamos transformar por su Espíritu, desde la contemplación de los misterios de su vida y desde la sintonía total de su Corazón, con sus mismos sentimientos.

Él nos lo enseña claro y con el testimonio de su propia vida: «venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso» (Mt 11,28-29).

En esa escuela hemos de entrar: en la escuela de Jesús, la de la mansedumbre y la humildad, recostando nuestra cabeza en el Corazón de Cristo, sintonizando con sus mismos sentimientos, depositando en Él todas nuestras angustias y problemas, esperanzas y gozos, entrando con frecuencia en adoración eucarística para dejarnos enamorar por Él.

La humildad es la vestidura del servidor. Solo desde la humildad se puede servir a los demás, en especial, a los pobres, a los sencillos, a los desheredados de esta tierra: ¡solo desde la humildad! Imitando a Cristo. Asumiendo lo que nos enseñó al concluir el lavatorio de los pies: «si yo, el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13,14-15).

Súplicas de perdón por la falta de humildad
Vivamos en permanente estado de conversión, entrando por la puerta de la humildad, puerta por la que se tiene acceso a las demás virtudes: fe, esperanza y caridad. Es la mejor puerta. Respondamos: Señor Jesús, hazme humilde como tú.

  • Porque me dejo esclavizar por la soberbia. R/
  • Porque me domina el orgullo. R/
  • Porque no imito en todo a Jesús Siervo. R/
  • Porque no ocupo el último lugar en la comunidad. R/
  • Porque no me abajo para que Él crezca. R/
  • Porque no hago el bien en total anonimato. R/
  • Porque huyo de las humillaciones. R/
  • Porque en mis oraciones eucarísticas soy protagonista. R/
  • Porque deseo ser verdadero servidor de los demás. R/
  • Porque me llamas a ser santo según tu Corazón. R/
  • Porque suscitas en mí la humillación de querer renunciar a mis propios derechos. R/
  • Porque me educas en el gusto de ser considerado nada. R/

Recemos juntos. Yo confieso, ante Dios Todopoderoso…

Padrenuestro…

Oración final
Señor Jesús, Siervo de los siervos, que pasaste por uno de tantos, sumérgenos en tu luz y en tu amor, para que cada vez que vamos ante tu presencia eucarística te adoremos en humildad y sencillez, en confianza, esperándolo todo de ti, y solo de ti, para ser transparencia de tus obras de misericordia en el servicio a los demás. PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.