Editorial (febrero 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2020.

¡Ellos sí que tienen enchufe!

El título de estas líneas, que no necesita explicación en algunos países, sí puede resultar extraño para algunos lectores de El Granito de Arena que residen fuera de España. La entrada «tener enchufe» del Diccionario de la Real Academia Española lo define como «tener influencia ante una autoridad para conseguir de ella algún favor».


El día 2 de febrero la Iglesia celebra la fiesta de la Presentación del Señor y, precisamente por ello, la Jornada de la vida consagrada, ¡los verdaderos enchufados de Dios! No es extraño, en efecto, que se vea a los religiosos como quienes están más cerca de Dios o a quienes Dios escucha antes que a nadie. Peticiones como «hermanita, rece por mí que a usted Dios la escucha» son recurrentes en los conventos, monasterios, o por donde se vea un religioso en la calle.

Sin temor a exagerar, podemos afirmar que las Constituciones o Reglas de todas las congregaciones son sumamente claras respecto a la importancia de la oración en la vida de cada uno de sus miembros. Puede adquirir diversas formas (adoración eucarística, contemplación, meditación, etc.) o variar en cuanto al tiempo dedicado a ella, pero en ningún caso varía la importancia que se le da a estos momentos en los que el alma se pone en disposición para escuchar a Dios y, tal como la define santa Teresa, habla de amistad con quien sabe la ama.

La oración, sin embargo, no es actividad reservada para el interior de los muros de un monasterio. Jesús, el Hijo de Dios, el que cautivaba a sus discípulos por la forma en que oraba (tanto que ellos le pedían con insistencia que les enseñara ese arte) solía retirarse para estar a solas con Dios, en la naturaleza o en la cima de un monte.

Entonces, podemos preguntarnos qué sentido tiene la vida religiosa en la Iglesia e, incluso, dudar de que Dios escuche a las personas consagradas en virtud de su consagración… ¿Los escucha por ser religiosos o por ser buenos, santos? Además, como en todo ámbito, también en la vida religiosa hay modelos de clara santidad y ejemplos de grandes pecadores.

¿No será, más bien, que es Dios mismo quien desea que en el mundo se tenga claro que Él siempre escucha a sus hijos? Siempre, sin excepciones. Sean santos o pecadores, hayan profesado unos votos o recibido el sacramento del matrimonio o el orden sacerdotal, sean jóvenes, ancianos o niños… Dios no solo escucha sino que está siempre atento a nuestras necesidades. Y la vida consagrada, en este sentido, es un regalo de Dios a la Iglesia para mostrar, por el simple hecho de la consagración, por el tiempo dedicado a la oración, que los oídos de Dios no se cierran nunca, a nadie.

La llamada a seguir al Señor «más de cerca», tal como es definida la vida consagrada en numerosas ocasiones, no implica de por sí una garantía de santidad, ni de especiales sentimientos o arrobamientos espirituales (los 18 años de sequedad espiritual de Teresa de Jesús son la muestra más clara de esta constatación, así como la noche espiritual que han vivido muchos santos). Sin embargo, la vida de los consagrados siembra en el mundo la certeza de que Dios escucha a sus hijos y los ama. En realidad, los religiosos ¡tienen enchufe con Dios!, un enchufe de las mismas características que los sacerdotes, los laicos, el mismísimo papa, los santos, canonizados o no, los niños con su inocencia o los mayores pecadores. Sí, todos, ricos o pobres, por gracia de Dios, ¡todos tenemos enchufe con el Padre! «

Publicado en Editorial, El Granito de Arena.

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