Con mirada eucarística (enero 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2020.

Los magos sabios de Oriente

Leemos atentamente al evangelista Mateo (2,1-12), podemos ver cómo unos magos de Oriente llegaron hasta Belén, pasando por Jerusalén, guiados por una estrella. La historicidad del acontecimiento es incuestionable; ahora bien, la palabra «mago» induce a la confusión, pues no traduce el sentido original de sabio estudioso, de sabio buscador.

El viaje de los conocidos como Reyes Magos ha de situarse, por tanto, en el ámbito de la pasión por la sabiduría, a cuyo estadio pleno nunca llegará el hombre por causa de los límites de su propia razón. Incluso, precisando aún más, la sabiduría ha de entenderse por la tensión constante que ejerce la existencia de la verdad a cuyo conocimiento aspira ininterrumpidamente el ser que conocemos como ser humano. Ser sabio es ser que intenta ser verdadero, con lo que la acción está siempre en la base de ese intento.

Por eso los sabios, los de entonces y los de ahora, se encuentran en permanente movimiento, su curiosidad les mueve al viaje continuo y sin desánimos, esperando la recompensa del descubrimiento o del hallazgo. La razón de ser de la sabiduría consiste en moverse siempre. No en vano dice precisamente el Libro de la Sabiduría (7,24): «De todas las cosas que se mueven la que más se mueve es la sabiduría». La inquietud le obliga al sabio a un estado continuado de alerta, le empuja a atender los signos o señales que emanan de cualquier parte, no le permite cerrar ninguno de los sentidos a la realidad que le circunda y, especialmente, se embelesa cuando pasa todo por el tamiz de la voz interior.

El viaje es siempre largo, difícil y con muchas escalas, aspiración intemporal que siempre tendrá otra meta más que conquistar. Pero al tiempo es reconfortante, porque sacia con riquezas de verdad la pequeñez y la pobreza del espíritu humano.

Intranquilos con la noticia
Sigue relatando el evangelista san Mateo que, cuando escucharon de los magos que ellos venían de tan lejos para adorar al nuevo rey de los judíos, «Herodes y toda Jerusalén quedaron muy intranquilos con la noticia». Solo los necios son los que dan la espalda a la verdad.

Los necios suelen esconderse tras las cortinas del fanatismo, intentando demostrar en vano que su posición, su doctrina, su creencia es la única verdadera. Sin embargo, en la sabiduría –sigue diciendo el Libro de la Sabiduría (7,22-23)– hay «un espíritu inteligente, santo, único, multiforme, sutil, ágil, penetrante, incontaminado, diáfano, impasible, amante de lo bueno, agudo, incoercible, benéfico, amante de los hombres, estable, firme, sin preocupación, todopoderoso, que todo lo vigila y penetra en todos los espíritus inteligentes, puros y sutiles».

El fanático, por el contrario, es arrogante, falso, mentiroso, embaucador, hipócrita, egoísta, puritano, envidioso, malvado, oscuro, ignorante, imprudente, estafador, aniquilante…, como Herodes ante la posibilidad de la existencia de un rey que no fuera él. Desgraciadamente, Herodes nunca dejó de existir.

Tres tipos de fanatismos suelen recorrer el mundo: un fanatismo de tipo religioso, que impone su religión como la única posible; un fanatismo político–social, que no admite más organización social que la propuesta por su partido; y un fanatismo ideológico, que no admite más ideas que las suyas. Incluso en nuestras sociedades democráticas los fanatismos suelen disfrazarse bajo el envoltorio de la bondad, siendo así que realmente ocultan pretensiones de destrucción de la verdad, aniquilando la libertad del hombre y la presencia de Dios en el acontecer de la historia.

La estrella se paró
«La estrella que habían visto en Oriente iba delante de ellos, hasta que se paró sobre el lugar en el que estaba el niño», sigue relatando el evangelista Mateo. Al sabio no le asusta la verdad porque no tiene prejuicios. Su mente abierta le conduce al misterio de lo desconocido, respeta la libertad de los otros caminantes y muestra evidencias, las que muestra a los demás para su conocimiento. La verdad es que allí había un niño.

El ansia de saber es ansia de encontrar respuestas. Por poco que se piense, la sabiduría gira en torno a un círculo vertiginoso de preguntas y respuestas, pues cuanto más se sabe aún es más lo que se desconoce y que queda por saber. Si bien esas ansias no comportan ningún desasosiego para el espíritu sabio, que sabe que la vida humana está llena de noches oscuras que impiden con demasiada frecuencia la visión que anida más allá. En este sentido dice el papa Francisco en su reciente carta apostólica El hermoso signo del pesebre: «Pensemos en cuántas veces la noche envuelve nuestras vidas. Pues bien, incluso en esos instantes, Dios no nos deja solos, sino que se hace presente para responder a las preguntas decisivas sobre el sentido de nuestra existencia: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento? ¿Por qué amo? ¿Por qué sufro? Para responder a estas preguntas Dios se hizo hombre» (n. 4).

En consecuencia el sabio, que por ser tal practica la humildad con esmerada exquisitez, se postra ante la verdad, la adora y le ofrece cuanto es y cuanto tiene: oro, incienso y mirra. La verdad resplandece entre las pajas de un pesebre, inunda el universo con cánticos de alegría.

Al final del trayecto de nada sirven ni las riquezas, ni los honores, ni los títulos, nada sirve ante la desnudez sobrevenida, se quiera o no se quiera, de la última estación. El sabio, que es mago de la vida, o al revés, el mago, que es sabio de la vida, sabe que la respuesta se encuentra al otro lado, pero que existe, que no es otra que la que da un niño y en un establo y en un Belén.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *