Orar con el obispo del Sagrario abandonado (enero 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2020.

«Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío» (Sal 42,2)

«¡Queremos llenar cada hora nuestra con un esperarlo todo de Ti, sin esperar nada de nosotros ni de lo nuestro, y con un afán de fidelidad y minuciosidad en el cumplimiento de nuestro deber de cada una de esas horas, como si nada esperáramos de Ti, y todo lo esperáramos de nuestra fidelidad! ¡Horas llenas de esperanza y de fidelidad! ¿Te gusta el obsequio?» (OO.CC. I, n. 882).


¿Cómo vivo yo, hoy, la virtud de la esperanza? ¿En quién espero? ¿Qué espero? ¿Dónde se apoyan mis esperanzas humanas? ¿Qué anida en mi interior: tristeza, pesimismo, desánimo, desaliento, cansancio, desolación,… desesperanza? O, más bien, ¿alegría, gozo, empuje, ardor, consolación, entusiasmo,… esperanza? ¿Puedo ofrecer a Cristo Sacramentado horas llenas de esperanza y fidelidad? ¿Lo espero todo de mi Señor, solo de Él y siempre de Él? ¿Qué obsequio de mi vida hago a diario a Jesús Eucaristía?

Es necesario hacerse estas preguntas en la hora presente. Es bueno tomarse el pulso espiritual que uno está viviendo, para evitar la rutina, la tibieza y la mediocridad en el trato tú a tú con el Señor, el Amo de nuestras vidas. Sí, como la cierva que busca corrientes de agua, así nuestra alma anhela, busca, aspira por la fuente de Agua Viva: Jesucristo. Esa búsqueda de Dios–Amor, perfectísima comunión de las tres personas, la suscita el Espíritu Santo por medio de la virtud de la esperanza: «La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; […] dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna» (CEC 1818).

Sí, hemos sido creados por amor y para el amor; palabra–realidad que define quién es Dios: «Dios es Amor» (1Jn 4,16). Aspiramos a esa plenitud en el amor que, por la participación en la vida divina (en especial, en la Eucaristía), nos va santificando.

Vivamos este tiempo de adoración eucarística dejándonos amar por Cristo Sacramentado. Escuchémosle una y otra vez: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor» (Jn 15,9).

Oración inicial
Alabado y bendito seas, Padre Dios, porque en el misterio de la inhabitación divina, con tu Hijo y con el Espíritu, infundiste en el ser humano el anhelo de felicidad eterna, concédenos avivar en nosotros, por tu lluvia de gracias, el crecimiento en la virtud de la esperanza, para que lo esperemos todo de ti, y solo de ti, que nunca defraudas y cumples siempre lo que prometes. PNSJ

Escuchamos la Palabra
Sal 42 (41); Rm 5,3-5

San Manuel y la esperanza
Meditemos la virtud de la esperanza desde los escritos de san Manuel González. Desde sus años de vida oculta en Madrid, en la calle Blanca de Navarra (noviembre 1932 – agosto 1935), cuando el Sr. Nuncio le mandó no volver a Málaga, san Manuel siguió escribiendo en El Granito experiencias propias llenas de luz y esperanza. Uno de esos textos fue el artículo que todos los años escribía con motivo de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, texto recopilado en el libro Al amo en sus días, que reúne todos los artículos que él escribió en la cercanía de esa fiesta.

En esos momentos de soledad, dolor, angustia interior y aparente fracaso en lo personal, y de persecución contra la Iglesia en lo político y social, san Manuel siguió viviendo en esperanza, acudiendo horas y horas al Sagrario de la pequeña capilla instalada en el piso donde vivía. Así escribía en junio de 1934: «Corazón de Jesús, Rey desairado de tronos sin vasallos ni adoradores, tus leales Marías y Discípulos te dicen que el himno con que quieren obsequiarte en tu día y en todos los días de sus vidas está expresado por estos dos solos gritos proferidos y practicados de todas las maneras: «Aunque todos… yo no». «A más abandono, más compañía» (OO.CC. I, n. 883).

«La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5), dice san Pablo. San Manuel se apoyaba en esta virtud de la esperanza para confiar más y más en su Amo y Señor y para alentar a cuantos el Dios de la Vida había puesto a su cuidado pastoral: « Aquí tienes, Corazón de Jesús querido, el obsequio con que mis sacerdotes, mis seminaristas, mis Misioneros, mis Marías y Discípulos de san Juan y yo, queremos celebrar tu Fiesta en este año. ¡El obsequio de nuestra esperanza en Ti! Esperanza alegre, cierta, imperturbable en el triunfo de tu Amor misericordioso sobre tus enemigos encarnizados y sobre tus amigos tibios, sobre cabezas altivas y sobre corazones duros, sobre familias y sobre pueblos y sobre tu España, ¡tu España, a pesar de todo y de todos!» (OO.CC. I, n. 880).

Estas palabras rezuman esperanza cristiana, virtud infundida por Dios en el alma de todo fiel cristiano; virtud que nos constituye hijos de Dios capaces de obrar el bien según la voluntad divina; virtud por la cual aspiramos al Reino de los Cielos y a la vida eterna, donde está la verdadera felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en el cumplimiento de las promesas de Cristo. Dios cumple siempre lo que promete.

Vivimos en esperanza no apoyados en nuestras fuerzas (¡somos tan débiles!), sino en el auxilio de la gracia del Espíritu Santo, que derrama gracia tras gracia en quien le invoca y se abre a su acción transformadora: «Cuando nosotros estábamos aún sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos […] Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,6.8).

Esperanza activa en la FER
Motivos de sufrimiento y desgarro interior no le faltaban en aquellos años a san Manuel, pero él, desde la fe y la esperanza, los descartaba todos: « Sí, sí, ¡fuera lágrimas y tristezas! […]No, no es la esperanza de esta tu familia eucarística una esperanza adormecedora, sino activa, estimulante, despertadora de iniciativas y esfuerzos» (OO.CC. I, nn. 881-882). «Adelante, siempre adelante» podría ser su clamor ayer y hoy, y también dicho para nosotros. Su grito de entonces es claro y decisivo: «¡Espero en el Corazón de Jesús… que es mi Salvador y mi Dios!» (OO.CC. I, n. 881).

En sus muchas horas de Sagrario, en íntima comunión con el Amo, con su Dueño y Salvador, experimentaba la fuerza de quien es infinito amor: « Delante del Amor al que no pueden cansar ingratitudes, ni groserías de amigos, ni odios de demonios ni endemoniados. Delante del Amor lastimado, porque muchos le vuelven las espaldas, se van lejos y lo dejan a veces sin más compañía que las polillas que roen las paredes de sus Sagrarios. delante del Corazón coronado de espinas y llamas, como si aquéllas alimentaran el fuego que producen éstas mientras se me quiebran de dolor los huesos y me afrentan los enemigos que me acosan…, mientras me dicen diariamente: ¿dónde está tu Dios? ¿Por qué estás triste, alma mía? Y ¿por qué me llenas de tribulación?, la palabra mía, la consigna para mi familia de sacerdotes, Discípulos de san Juan, Marías de los Sagrarios, Niños Reparadores, para cada página de El Granito de Arena y de los librillos de su biblioteca; la consigna, repito, que nos dé ocupación constante y aliento de cielo, luz, orientación, fuerza y seguridad de éxito bueno es ésta: ¡Espero en el Corazón de Jesús… que es mi Salvador y mi Dios!» (OO.CC. I, n. 881).

Adorar en esperanza
Te adoramos, Señor Jesús, Cristo Sacramentado, porque con la virtud de la esperanza:

  • despiertas nuestro anhelo de plena felicidad en ti;
  • purificas todas las esperanzas humanas;
  • asumes y limpias las aspiraciones de los hombres;
  • nos proteges del desaliento y la desesperanza;
  • nos sostienes en la oscuridad de la fe;
  • nos alientas en las horas de desfallecimiento;
  • nos consuelas en la persecución y la enfermedad;
  • nos ensanchas el corazón esperando el Cielo;
  • nos impulsas a rechazar el egoísmo y la soberbia;
  • nos conduces a la caridad hecha servicio;
  • nos revistas de fortaleza en el combate espiritual;
  • nos ayudas a perseverar fieles hasta el final.

¡Alabado, bendito y glorificado seas, Dios–Amor, perfectísima comunión de las tres personas, por inundarnos de la luz eterna de la esperanza!

Oración final
Respondemos: Adorado seas, Dios amor, por la virtud de la esperanza.
Bendito seas, Padre, por infundir la virtud de la esperanza en el alma creyente, haciéndonos capaces de esperarlo todo de ti, de confiar en tus promesas, de obrar como hijos tuyos, de aguardar, detrás de la muerte, la vida eterna.
Bendito seas, Jesucristo, Unigénito del Padre, porque en ti se cumplieron los anuncios de los profetas; bien pudiste decir en la sinagoga de Nazaret «hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21).
Alabado y bendito seas, Espíritu Santo, porque derramas sobre nosotros con abundancia tu infinito amor, uniéndonos a Jesucristo, constituyéndonos herederos, en esperanza, de la eterna bienaventuranza en el Reino de Dios.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.