La liturgia, encuentro con Cristo (enero 2020)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2020.

La celebración eucarística en los días de Epifanía

«Después de la celebración anual del misterio pascual la Iglesia tiene como más venerable el hacer memoria de la Natividad del Señor y de sus primeras manifestaciones […] El tiempo de Navidad va desde las primeras Vísperas de la Navidad del Señor hasta el domingo después de la Epifanía» (Normas universales sobre el año litúrgico y el calendario [NUALC], n. 32).


Decían nuestros mayores: «La Navidad del Niño son doce días»; y añadían: «Pero hasta san Antón pascuas son». Efectivamente, el sentir popular distinguía entre los días «del Niño» (25 de diciembre al 6 de enero) y la Manifestación del Señor (6 enero y días epifánicos). En este mes de enero vamos a limitarnos a las fiestas cristológicas con su prolongación del domingo II del Tiempo ordinario donde, independientemente del ciclo (A, B o C), se proclama siempre el evangelio de san Juan.

Las fiestas epifánicas en Oriente y Occidente
De la fiesta oriental de la manifestación del Señor (del griego, Epifanía), celebrada el 6 de enero, ya nos habla san Clemente de Alejandría (+ 215). También, para los antiguos cristianos de Antioquía, era el día en que la Luz brilla sobre las aguas del Jordán («fiesta de las luces») y, en la manifestación del Señor Jesús, se revela a la Santa Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo). En la Galia y en España la fiesta se celebra ya en la mitad del s. IV. En Occidente, sin embargo, se acumularán varios eventos epifánicos: la adoración de los Magos, el bautismo de Jesús, las bodas de Caná e, incluso, la multiplicación de los panes. Este último tema prefigurativo presenta el sacramento de la Eucaristía como una manifestación del Señor a cada generación de creyentes. Con el correr del tiempo, y por influencia de Roma, prevalecerá un aspecto de esa epifanía o manifestación: la revelación a los paganos por medio de la estrella. En definitiva, las fiestas epifánicas presentan a Cristo Señor, en la realidad de nuestra carne, como Lumen Gentium (luz para las gentes).

a. La Epifanía del Señor
«La antigua solemnidad de la Epifanía del Señor se cuenta entre las máximas festividades de todo el año litúrgico, ya que ella celebra, en el Niño nacido de María, la manifestación de Aquel, que es el Hijo de Dios, Mesías prometido y Luz de las naciones (Ceremonial, n. 240). Es oportuno recordar que la reciente edición del Misal presenta un formulario nuevo para la Misa vespertina de la vigilia. Desde el canto de entrada se anima al fiel a mirar hacia la Luz que viene de Oriente (cf. Bar 5,5).

La importancia de esta solemnidad se ha manifestado siempre ritual y festivamente (aumento del número de los cirios en o cerca del altar, procesión de ofrendas, etc.). Una característica peculiar de este día luminoso es el solemne anuncio, desde el ambón y tras la proclamación del Evangelio, de la fecha de Pascua y de las fiestas móviles. Este gesto ayuda a descubrir la relación entre la Epifanía y la Pascua y la orientación de todas las fiestas del año hacia la mayor de las solemnidades cristianas (cf. Ceremonial, n. 240). Las antífonas del Oficio que preparan o prolongan el misterio eucarístico ilustran el sentido pleno de este día, honrado con tres prodigios: la adoración del Niño por los Magos, el Bautismo del Siervo y las bodas de Caná.

La Plegaria Eucarística –el centro y culmen de toda la celebración– tiene elementos propios para este día. Al comienzo de esta oración anafórica –Prefacio– se reza así: «Hoy has revelado en Cristo, para luz de los pueblos, el verdadero misterio de nuestra salvación; pues al manifestarse Cristo en nuestra carne mortal nos hiciste partícipes de la gloria de su inmortalidad». En el desarrollo de la Plegaria se subraya que en este día santo el Hijo de Dios, eterno como el Padre en la gloria, «se manifestó en la verdad de nuestra carne, hecho hombre» (cf. anáforas I-III).

El Misal propone una bendición propia para esta solemnidad donde aparecen los temas de la luz, los tres dones (fe, esperanza y caridad), el testimonio y la alegría.

En la puerta de algunos hogares cristianos se traza con tiza la cruz del Señor, «el número del año recién comenzado y las letras iniciales de los nombres tradicionales de los santos Magos (20C+M+B20), explicadas también como siglas de Christus mansionem benedicat que significa «Cristo bendiga esta casa» (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia [PPL], n. 118).

b. El domingo del Bautismo del Señor
El tema de la unción del Siervo, tan presente en la antigüedad el día 6 de enero, se despliega en la liturgia renovada, de manera significativa, en la celebración del domingo siguiente. Con esta fiesta del Mesías–Siervo (cf. Is 42,1; 61,1) concluye propiamente el Ciclo de la Manifestación (Adviento–Navidad) para comenzar el Tiempo ordinario.

El Misal aconseja el uso del «Rito de la aspersión dominical con el agua bendita» en todas las Misas que se celebran con asistencia del pueblo. Esta memoria bautismal sustituye al acto penitencial. Por la naturaleza de esta jornada puede usarse el formulario I donde se añade la bendición de la sal. En este domingo del ciclo A (2020) se proclama el evento tal como lo narra Mateo (3,13-17). La lectura profética es un cántico del Siervo de Yavé (Is 42,1-4.6-7) y su respuesta el expresivo salmo 28. En la lectura apostólica escuchamos la unción de Jesús con la fuerza del Espíritu Santo (Hch 10, 34-38). El Ritual prevé para este domingo la celebración del sacramento del Bautismo dentro de la Misa (pp. 25 ss).

El Prefacio de la anáfora dice: «Porque en el bautismo de Cristo en el Jordán has realizado signos prodigiosos, para manifestar el misterio del nuevo bautismo: hiciste descender tu voz desde el cielo, para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros; y por medio del Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungiste a tu Siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en Él al Mesías, enviado a anunciar la salvación a los pobres».

El oficio de Vísperas, que prolonga espiritualmente la Eucaristía, ofrece en las antífonas unos significativos textos para orar: «En el río Jordán aplastó nuestro Salvador la cabeza del antiguo dragón y nos libró a todos de su esclavitud». Como en la Misa, la Liturgia de las Horas celebra ya la victoria Pascual sobre el diablo: «Hoy se nos revela un gran misterio, porque el Creador de los hombres purifica en el Jordán nuestros pecados».

Días teofánicos…
En la Eucaristía de los días posteriores al 6 de enero, desde la perspectiva del «admirable intercambio que nos salva», emerge la doble temática de la luz y la vida gloriosa como gracia para nuestra iluminación y divinización de nuestra carne. Mientras que en las oraciones (eucología) resuena el eco de la manifestación a los magos, en la lectura evangélica se proclaman diversas manifestaciones de la vida pública de Jesús.

A lo largo de esa semana, que antiguamente se denominaba in octavis theophaniae, se presentan diversas manifestaciones: la primera actuación de Jesús proclamando la llegada del Reino (día 7); la multiplicación de los panes prefigura la Última Cena y la Eucaristía de la Iglesia (día 8); el caminar sobre las aguas como manifestación ante los discípulos (día 9); otra epifanía es su presentación en la sinagoga del propio pueblo (día 10); la curación del leproso manifiesta la llegada del Reino (día 11); por fin, el amigo del Esposo –Juan– manifiesta la misión de Jesús (día 12).

… y la prolongación del domingo II
En el domingo II del tiempo durante el año resuena aún la manifestación del Señor por la lectura de las bodas de Caná (Jn 2,1-12), que se proclama en el ciclo C. En este año 2020 –ciclo A– escuchamos otro texto, también, del cuarto evangelio (Jn 1,29-34) que guarda una estrecha relación con el Bautismo y las primeras manifestaciones de Cristo («¡Este es el Cordero que quita el pecado del mundo!»).

En la proclamación evangélica resuenan tres títulos que manifiestan la identidad de Jesús: Cordero, Mesías e Hijo. Conviene recordar que en arameo tanto la palabra «cordero» como «siervo» suenan igual (talya). El cántico de Isaías (46,3.5ss) presenta, pues, al misterioso Siervo de Yavé elegido para ser «luz de las naciones» o salvación de la oscuridad del mundo. La disponibilidad de Cristo ante la palabra del Padre aparece prefigurada en el precioso Salmo 39. El Espíritu que unge a Jesús es presentado por el apóstol consagrando un nuevo pueblo santo (1Cor 1,1-3).

Conviene en este domingo rezar con la Plegaria Eucarística IV. En ella aparecen los conceptos que resumen bien toda la teología del Ciclo de la Manifestación: luz, vida, alianza, entrega, víctima preparada por el Padre, creación liberada del pecado y de la muerte. Todo gracias a la inmolación del Cordero, que se ofrece por la multitud para el perdón de los pecados: para eso vino, ese es el acontecimiento de gracia.

Manuel G. López-Corps, Pbro.

El «Cordero» y el «Maestro»
El título «cordero» del domingo II «postepifánico –aplicado a Jesús– aparece en el primer anuncio apostólico (Hch 8,32), en la predicación paulina (1Cor 5,7), en la catequesis judeo–cristiana (1Pe 1,19), en el Evangelio de Juan (1,29: en relación con el título de «Maestro»; 1,36: en relación con el título de «Hijo») y, casi una treintena de veces en el libro de la Revelación (Apocalipsis), vinculado con la Pascua del Siervo o León victorioso (cf. Ap 5,5). «Cordero» es un título cristológico que aparece reiteradamente en la Misa de cada domingo –desde el himno Gloria a la mostración de la Hostia– y que merece una atenta catequesis.

Publicado en El Granito de Arena, La liturgia.

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