Editorial (diciembre 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2019.

Navidad de mentirijillas

Aún no ha comenzado el Adviento y muchas ciudades ya han inaugurado, con su peculiar solemnidad, el alumbrado navideño. Los comercios han llenado sus escaparates de nieve, figuras, regalos y precios, por supuesto. Todo está listo para la navidad… pero navidad de mentirijillas.


En realidad, la Navidad solo puede ser vivida con radicalidad y verdad en el propio corazón. Todo lo demás será verdadero si es consecuencia de lo que se cuece en nuestro interior. Si, como cristianos, descubrimos con gozo inenarrable la eterna novedad de un Dios que quiere hacerse hombre, todas nuestras acciones exteriores (comenzando por la paz, el gozo y la sonrisa) serán consecuencia de esta felicidad interior.

No, las luces de las calles jamás crearán la Navidad. Solo Dios puede crearla y recrearla día a día, año tras año. Pero quien tiene a Dios en su corazón, seguramente, al ver estas luces, hará memoria de lo que rebosa su corazón y, tal como dice san Pablo, le servirá para el bien (Rm 8,28). Incluso unas luces colocadas por quien no ha descubierto aún qué es la Navidad verdadera.

¡Qué misión tan fascinante tenemos los cristianos de este siglo XXI!: Anunciar que ese deseo de felicidad que está en el corazón de todas las personas tiene dónde colmarse; que esa sed de sentido de la que carecen tantas almas tiene una respuesta; y, lo mejor de todo, que todos esos anhelos se pueden saciar muy fácilmente, porque Dios mismo es el primer interesado en darse a conocer.

No deja de ser asombroso que Dios haya querido elegirnos a cada uno de nosotros, pobres criaturas para llevar un mensaje tan importante como delicado. En realidad, los profetas de todos los tiempos manifestaron su asombro y su temor cada vez que el Altísimo les enviaba a anunciar su Palabra, sus designios, sus deseos…

¡Hoy somos nosotros esos enviados! En cada Eucaristía Dios mismo nos dice «id en paz», porque esa paz, que brota entre nosotros por el nacimiento del Príncipe de la Paz, es en sí misma el anuncio. No, no es necesario realizar estudios teológicos para ser anunciadores del Evangelio. En realidad, ¡es tan sencillo anunciar la verdad en un mundo que solo sabe poner luces para celebrar una navidad de mentirijillas! ¡Es tan sencillo como confiar en Dios toda nuestra vida: lo cotidiano y lo extraordinario, las alegrías y las penas, el dolor y el gozo!

Muchas personas (además de los santos canonizados) a lo largo de la historia han sido testigos fieles de la Navidad verdadera. Ellos supieron contemplar las luces de la navidad de mentirijillas como una invitación a anunciar, como un indicador de que las personas necesitaban encontrar el verdadero sentido a esas luces. Ese sentido solo se encuentra cuando ponemos confiadamente nuestro corazón bajo la Luz verdadera, esa que alumbra sin deslumbrar, que sana sin herir.

El Adviento es, por tanto, ese tiempo precioso que Dios y la Iglesia nos regalan para preparar nuestros ojos y nuestro corazón para contemplar el Sol que nace de lo alto y que viene a iluminar, es decir, a dar sentido, a todos los rincones de nuestra existencia.

Y, por curioso que pueda parecer, los cristianos somos quienes estamos más capacitados para vivir en profundidad la Navidad gracias a quienes han montado esta navidad de mentirijillas. ¡Cuántos padres y abuelos se ven en las calles, durante estos días, explicando a sus hijos y nietos que la Luz ha nacido para nosotros! ¡Muy feliz Navidad, muy feliz anuncio! ««

Publicado en Editorial, El Granito de Arena.

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