La FER prepara, vive y celebra la Navidad

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2019.

Mendigos de luz… ¡Una LUZ brilló!

Al llegar el Adviento y aproximarse la celebración de la Navidad, invariablemente el ambiente de nuestros pueblos y ciudades, de nuestras casas y, sobre todo, de los centros comerciales, se inundan de luces, a veces excesivamente deslumbrantes.

En este contexto, de nuevo irrumpen unas palabras de Susanna Tamaro en su novela Para siempre: «Falta un mes para la Navidad. Desde aquí puedo divisar la gran estrella en la carretera principal del pueblo y todo el cortejo de bombillas blancas que la preceden y la siguen para unirla a otras estrellas. Un variado conjunto de luces adorna las casas, los chalés, las granjas. Algunos abetos destellan en la oscuridad como semáforos enloquecidos al lado de simples arbustos, rosales o manzanos ensortijados de lucecillas. Quien no tiene árboles reviste de luz las barandillas, las rejas y los alféizares…

Luces cada vez más sorprendentes, más llamativas, transforman la atmósfera recogida del invierno en el alegre ambiente de una feria.¿Qué se celebra? Nadie lo sabe ya, nadie lo recuerda.
Más que una celebración parece una forma de resistencia. Resistencia a la oscuridad, oposición a la noche misteriosa que está en lo más profundo de cada uno de nosotros, a la oscuridad que, antes o después, nos espera a todos».

¿Nadie lo sabe ya?
Hace varios años, cuando lo leí, me impactó y quedó grabada esa pregunta y la respuesta: «¿Qué se celebra? Nadie lo sabe ya, nadie lo recuerda». Y también se grabó esa constatación: «Más que una celebración parece una forma de resistencia. Resistencia a la oscuridad».

Sin duda, el binomio oscuridad–luz forma parte del ADN de la condición humana. Nuestro nacimiento es un paso de la oscuridad del seno materno a la luz de la vida en la que nos encontramos con el rostro amoroso de otros seres humanos. Nuestra vida cotidiana está atravesada por momentos luminosos y oscuros. Ante la toma de decisiones, con frecuencia nos inunda la oscuridad, que luego se abre poco a poco a la luz. Y al final de esta peregrinación, también la oscuridad dará paso a la luz definitiva.

Tal vez la Navidad, con su particular puesta escénica, refleja con fuerza el anhelo que en cada corazón hay por vivir en la luz, poniendo resistencia a la oscuridad. Luz en el propio corazón, luz en las relaciones familiares y laborales, luz en el entramado social, luz que dé serenidad y confianza en la vida.

Para quienes aún no hemos olvidado qué se celebra en Navidad, esta realidad nos interpela y supone un desafío. Más aún, reclama una respuesta… aunque sea pequeña; signos de fe, esperanza y caridad que iluminen el camino.

Durante el mes de diciembre recorreremos el tiempo de Adviento, que nos prepara para revivir la Natividad del Señor con verdadero gozo y en profundidad. La liturgia, con tacto maternal, nos lleva de la mano para que descubramos los signos luminosos que culminarán en la Luz plena que brillará en la Nochebuena. Así, estas semanas, en los himnos de Laudes y Vísperas, recitaremos numerosos versos que nos abren a la Luz:

«De Luz nueva se viste la tierra,
porque el Sol
que del cielo ha venido
en el seno feliz de la Virgen
de su carne se ha revestido»…

«Jesucristo, Palabra del Padre,
Luz eterna de todo creyente:
ven y escucha la súplica ardiente
ven, Señor,
porque ya se hace tarde»…

«Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian
que Dios ahí está,
la noche en silencio,
la noche en su paz,
murmura esperanzas
cumpliéndose ya»…

«Ven pronto, Mesías,
ven pronto, Señor,
los hombres hermanos
esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías,
sé Dios Salvador».

«Ven ya, del cielo resplandor,
Sabiduría del Señor,
pues con tu luz,
que el mundo ansía,
nos llegará nueva alegría»…

«Aurora tú eres que, al nacer,
nos trae nuevo amanecer,
y, con tu luz, viva esperanza
el corazón del hombre alcanza»…

«Oh Sol naciente,
esplendor de la luz eterna
y sol de justicia,
ven a iluminar a los que yacen
en sombras de muerte.
Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador!».

«Al mundo le falta vida,
al mundo le falta luz,
al mundo le falta el cielo,
al mundo le faltas Tú».

Invitación a iluminar
Y en las Vísperas del primer Domingo de Adviento entonaremos el Magníficat acompañado de la antífona: «Mirad: El Señor viene de lejos y su resplandor ilumina toda la tierra».

Sin duda, el Adviento nos invita a dejar que todos los rincones de nuestra vida sean iluminados por el Sol naciente. No ignoramos las numerosas situaciones de oscuridad que hay en nuestro mundo; precisamente porque las constatamos, somos más conscientes de que el mundo ansía un resquicio de luz para abrirse a la esperanza. Cuando, tras la resurrección de Jesús, los sacerdotes judíos intentaron silenciar la predicación de los apóstoles Pedro y Juan, ellos respondieron: «No podemos menos de contar lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20).

Hoy, ante una nueva Navidad, cada Navidad es siempre nueva, no lo olvidemos: ¡No podemos guardar para nosotros la Luz que ha brillado en nuestro camino e ilumina nuestra vida! Tendamos un puente entre las luces artificiales que adornan nuestras casas y calles y la Luz verdadera que emerge de la gruta de Belén.

Ante esa gruta nos daremos cita de nuevo en la noche del 24 de diciembre, la Nochebuena, y el día 25, solemnidad del Nacimiento de nuestro Salvador. Y de nuevo escucharemos la invitación a abrirnos a la «Luz del mundo» (Jn 8,12):

  • « El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz brilló» (Is 9,1).
  • « A María le llegó el tiempo de dar a luz a su Hijo» (Lc 2,6-7).
  • « En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. […] El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Jn 1, 4-5.9).
  • « Oh Dios, que has hecho resplandecer esta noche santísima con el resplandor de la Luz verdadera, concédenos gozar también en el cielo a quienes hemos experimentado este Misterio de Luz en la tierra» (Oración Colecta).

Historia y misterio de amor
En su Mensaje de Navidad, el papa Benedicto XVI reflexionaba así sobre la Luz que irradia la Encarnación del Hijo de Dios: «La Navidad es esto: acontecimiento histórico y misterio de amor, que desde hace más de dos mil años interpela a los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. Es el día santo en el que brilla la “gran luz” de Cristo portadora de paz. Ciertamente, para reconocerla, para acogerla, se necesita fe y se necesita humildad. La humildad de María, que ha creído en la palabra del Señor, y que fue la primera que, inclinada ante el pesebre, adoró el Fruto de su vientre; la humildad de José, hombre justo, que tuvo la valentía de la fe y prefirió obedecer a Dios antes que proteger su propia reputación; la humildad de los pastores, de los pobres y anónimos pastores, que acogieron el anuncio del mensajero celestial y se apresuraron a ir a la gruta, donde encontraron al niño recién nacido y, llenos de asombro, lo adoraron alabando a Dios.

En el silencio de la noche de Belén Jesús nació y fue acogido por manos solícitas. Y ahora, en esta nuestra Navidad, en la que sigue resonando el alegre anuncio de su nacimiento redentor, ¿quién está dispuesto para abrirle las puertas del corazón? Hombres y mujeres de hoy, Cristo viene a traernos la luz también a nosotros, también a nosotros viene a darnos la paz. Pero ¿quién vela en la noche de la duda y la incertidumbre con el corazón despierto y orante? ¿Quién espera la aurora del nuevo día teniendo encendida la llama de la fe? ¿Quién tiene tiempo para escuchar su palabra y dejarse envolver por su amor fascinante? Sí, su mensaje de paz es para todos; viene para ofrecerse a sí mismo a todos como esperanza segura de salvación. Que la luz de Cristo, que viene a iluminar a todo ser humano, brille por fin y sea consuelo para cuantos viven en las tinieblas de la miseria, de la injusticia, de la guerra» (25/12/2007).

Finalmente, también como cada año, en nuestras casas recogeremos los Belenes y sus lucecitas, tiraremos los papeles brillantes de los regalos, y en las calles desaparecerá el alumbrado festivo. Pero Cristo, Luz del mundo, permanece con nosotros. Así exclamaba san Manuel González: «¡Mendigos de luz, de medicina, de consuelo, de cariño, de solución… con mi Evangelio a un lado y mi Sagrario al frente!» (OO.CC. I, n. 537). No lo olvidemos, su presencia en la Palabra de Dios y en la Eucaristía no dejan de ser faros seguros en la travesía de la vida.

Ana Mª Fernández Herrero, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, La FER en el mundo.

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