Discurso al congreso sobre nueva evangelización

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2019.

Ser presencia al estilo del Compañero de Emaús

El pasado mes de septiembre, el Consejo pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización organizó un Congreso Internacional de Centros Académicos, Movimientos y Asociaciones para la Nueva Evangelización sobre el tema: «¿Es posible encontrar a Dios? Caminos de Nueva Evangelización».


El papa Francisco recibió en audiencia a los participantes el día 21 y, entre otras cosas, destacó que «la vida de fe no es una construcción complicada, sino el descubrimiento siempre nuevo del latido palpitante del corazón del Evangelio: la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado». Seguidamente, ofrecemos el discurso del santo padre.

Discurso papal
Queridos hermanos y hermanas, os doy la bienvenida. Habéis reflexionado sobre un tema central para la evangelización: cómo encender el deseo de encontrar a Dios a pesar de los signos que oscurecen su presencia.

En este sentido, el Evangelio de Lucas nos ofrece un buen punto de partida cuando nos habla de los dos discípulos que iban a Emaús: Cristo caminaba con ellos, pero por el desánimo que tenían en sus corazones no pudieron reconocerlo (cf. Lc 24,13-27). Lo mismo sucede con muchos de nuestros contemporáneos: Dios está cerca de ellos, pero no pueden reconocerlo.

Se cuenta que en una ocasión en la que el papa Juan XXIII, durante un encuentro con un periodista que le dijo que no creía, le respondió: «¡Tranquilo! ¡Eso es lo que tú dices! Dios no lo sabe, y te considera igualmente como un hijo al que ama». El secreto, pues, reside en sentir, junto con las propias incertidumbres, la maravilla de esta presencia. Es el mismo asombro que sintieron los discípulos de Emaús: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (v. 32). Hacer que arda el corazón es nuestro desafío.

Iglesia: casa del Padre
A menudo sucede que la Iglesia es para el hombre de hoy un recuerdo frío, cuando no una amarga decepción, como lo fue el caso de Jesús para los discípulos de Emaús. Tantos, sobre todo en Occidente, tienen la impresión de una Iglesia que no los entiende y que está lejos de sus necesidades. Otros, que quieren seguir la lógica poco evangélica de la relevancia, juzgan a la Iglesia demasiado débil en relación con el mundo, mientras que algunos todavía la ven como demasiado poderosa en comparación con las grandes pobrezas del mundo.

Yo diría que es justo preocuparse, pero sobre todo ocuparse, cuando se percibe una Iglesia mundana, es decir, que sigue los criterios de éxito del mundo y se olvida de que no existe para proclamarse a sí misma, sino a Jesús. Una Iglesia preocupada por defender su buen nombre, que le cuesta renunciar a lo que no es esencial, ya no siente el ardor de impregnar el Evangelio en el presente. Y termina siendo más una hermosa pieza de museo que la casa sencilla y festiva del Padre. Eh, ¡la tentación de los museos! Y también de concebir la tradición viva de la Iglesia como museo, de preservar las cosas para que estén todas en su lugar: «Soy católico porque… he digerido el Denzinger», digámoslo claro.

Belleza de la gran familia
Y sin embargo, hay tantos hijos que el Padre quiere hacer que «se sientan como en casa»; son nuestros hermanos y hermanas que, beneficiándose de muchos logros técnicos, viven absorbidos por el torbellino de un gran frenesí. Y mientras llevan profundas heridas dentro y luchan por encontrar un trabajo estable, se encuentran rodeados de un bienestar externo que los anestesia por dentro y los distrae de las decisiones valientes.

Cuánta gente a nuestro lado vive de prisa, esclava de lo que debería ayudarla a sentirse mejor y olvida el sabor de la vida: la belleza de una familia grande y generosa, que llena el día y la noche, pero que expande el corazón, la luminosidad que se encuentra en los ojos de los hijos, que ningún smartphone puede dar, la alegría de las cosas sencillas, la serenidad que da la oración. Lo que nuestros hermanos y hermanas nos piden a menudo, tal vez sin poder hacer la pregunta, corresponde a las necesidades más profundas: amar y ser amados, ser aceptados por lo que uno es, encontrar la paz del corazón y una alegría más duradera que el entretenimiento.

Compañeros de camino
Hemos experimentado todo esto en una sola palabra, más aún, en una sola persona, Jesús. Nosotros que, aunque frágiles y pecadores, hemos sido inundados por el caudal del río de la bondad de Dios, tenemos esta misión: encontrarnos con nuestros contemporáneos para hacerles conocer su amor. No tanto enseñando, nunca juzgando, sino haciéndonos compañeros de camino. Como el diácono Felipe, que −narran los Hechos de los Apóstoles− se levantó, se puso en camino, corrió hacia el etíope y, como amigo, se sentó a su lado, hablando con aquel hombre que tenía un gran deseo de Dios en medio de muchas dudas (cf. 8,26-40).

¡Qué importante es sentirse interpelado por las preguntas de los hombres y mujeres de hoy! Sin pretender tener respuestas inmediatas y sin dar respuestas ya confeccionadas, sino compartiendo palabras de vida, no para hacer prosélitos, sino para dejar espacio a la fuerza creadora del Espíritu Santo, que libera el corazón de la esclavitud que lo oprime y renueva.

Transmitir a Dios, pues, no es hablar de Dios, no es justificar su existencia: ¡hasta el diablo sabe que Dios existe! Anunciar al Señor es testimoniar la alegría de conocerlo, es ayudar a vivir la belleza de su encuentro. Dios no es la respuesta a una curiosidad intelectual o a un compromiso de la voluntad, sino una experiencia de amor, llamada a convertirse en historia de amor. Porque −es válido ante todo para nosotros− una vez que hemos encontrado al Dios vivo, debemos buscarlo de nuevo. El misterio de Dios nunca se agota, es inmenso como su amor.

Amor siempre ardiendo
«Dios es amor» (1Jn 4,8), dice la Escritura. Utiliza el verbo «ser» porque Dios es así, no varía según cómo nos comportemos: es amor incondicional, no cambia, a pesar de todo lo que podamos hacer. Como dice el Salmo: «Su amor es para siempre» (136,1). Es amor que no se consume, como en la escena de la zarza ardiente cuando Dios, revelando su nombre por primera vez, ya usó el verbo ser: «¡Yo soy el que soy!» (Ex 3,14).

¡Qué hermoso es anunciar este Dios fiel, un fuego que no se consume, a nuestros hermanos y hermanas que viven en la tibieza porque el primer entusiasmo se ha enfriado! ¡Qué hermoso es decirles: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día» (EG 164).

A la luz de este kerigma se desarrolla la vida de fe, que no es una construcción complicada hecha de tantos ladrillos juntos, sino el descubrimiento siempre nuevo del «núcleo fundamental», el latido palpitante del «corazón del Evangelio: la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado» (ib., 36).

«Ungir de paciencia»
La vida cristiana se renueva siempre con este primer anuncio. Me gusta reiterar ante vosotros que «cuando a este primer anuncio se le llama “primero”, eso no significa que está al comienzo y después se olvida o se reemplaza por otros contenidos que lo superan. Es el primero en un sentido cualitativo, porque es el anuncio principal, ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras, y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis, en todas sus etapas y momentos» (ib., 164). De lo contrario, existe una sutil presunción de que ser más «sólido» significa ser más instruido, experto en cosas sagradas (cf. CV 214). Pero la sabiduría de Dios se concede a los pobres de espíritu, a los que permanecen con Jesús, amando a todos en su nombre.

Una última cosa que me gustaría compartir con vosotros. Puesto que la fe es una vida que nace y renace del encuentro con Jesús, lo que en la vida es encuentro ayuda a crecer en la fe: acercarse a quien lo necesita, construir puentes, servir a los que sufren, cuidar a los pobres, ungir de paciencia a los que nos rodean, consolar a los que están desanimados, bendecir a los que nos hacen daño… Así nos convertimos en signos vivos del amor que proclamamos.

Os doy las gracias, queridos hermanos y hermanas, porque queréis difundir la alegría de ser amados por Dios y de amar como Él nos enseñó. Os acompaño con mi bendición y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.

Papa Francisco
Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.

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