Con mirada eucarística (diciembre 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2019.

El silencio de la nieve

Es necesario hacer un alto en el camino, pararse de vez en cuando para apagar los ruidos circundantes y escuchar la voz del silencio que arranca del interior como un vientecillo fresco, es necesario hacer un descansillo en la subida por la cuesta empinada a fin de conquistar la cima.


Así pensaba el hombre en aquella mañana de diciembre, quieto como un árbol de pie al principio de la escalinata que terminaba en la plaza. Pensaba que a lo mejor no tendría fuerzas para llegar hasta arriba. Pensaba más: que subir y bajar es mucho más fácil cuando se cuenta con el bastón de Dios.

El ángulo de la eternidad
En un momento se le vino encima todo el peso de su vida, que por cierto a esta altura de los años se le antojaba ligero, lo mismo que una pluma de ave. La escuela con su estufa de leña en medio de la sala, señora del espacio con su cuello de jirafa hasta el techo, los cabases, los altillos sobre la mesa corrida, los tinteros, el plumier. Y la voz del maestro que le recordaba que la historia solamente la escribían los vencedores en la guerra, nunca quienes la perdían.

Las pérdidas y las ganancias –seguía pensando– no son las mismas a los ojos de Dios. La visión humana es corta, está a ras de tierra, está limitada por los árboles de al lado, por los cerros fabricados, por la imposición de los otros. Hay otras perspectivas incluso más allá de la cumbre más alta de las montañas, es cuando se contempla la finitud de las cosas desde el ángulo inigualable de la eternidad.

Empezaba a nevar. Empezó el hombre a subir las escaleras con la misma ilusión de antes, la misma que tenía hace más de cincuenta años, aunque ahora su cuerpo no fuera fuerte y se agobiara por la fatiga y el cansancio. Quería sentir sobre sus propios pasos esa fuerza que lo había sostenido a lo largo de toda su ajetreada existencia.

Melodías de alegría ilusionada
En su casa, antes de su emigración forzosa, cuando era joven y aún no había recibido las primeras heridas del tiempo, siempre ayudaba a su madre, viuda y con hijos, a fabricar un pequeño belén con las figuras de siempre y con el musgo recién cogido en las umbrías del huerto. Le costaba entender que esa costumbre se estuviera perdiendo y que su puesto lo ocupara el llamado «árbol de Navidad», que por cierto era lo que se llevaba en su adoptada tierra del sur.

Lo que menos entendía es que esa costumbre se hubiera perdido en la escuela. Su antigua escuela ya no existía. Sobre sus ruinas y en el mismo solar se había levantado un edificio nuevo, solemne, con todas las comodidades y con todos los medios didácticos de hoy en día, incluida la pizarra electrónica, pero no tenía belén. No se cantaban los villancicos de siempre, los que impregnaban al aire con melodías de alegría ilusionada.

También le ayudaba a aquella maestra con gafas oscuras de miope, la que le había enseñado a leer y escribir, a montar el belén sobre unos tablones de madera que les prestaba el carpintero y que se sostenían sobre unos caballetes sufridos. La recordaba cuando le decía: «Aquí el castillo de Herodes, el que odia, el que no escucha; aquí las ovejitas, los pastores, nosotros, que tenemos que escuchar y amar; aquí el río (semejado en papel plateado, pues no existía el agua corriente), que es el agua necesaria para que haya vida; aquí los Reyes con sus camellos, guiados por la estrella de la verdad; y aquí el nacimiento, que nos trae la esperanza, sin la cual no es posible nuestro paso por esta tierra». Y al final terminaba: «Y estos algodoncillos sobre la cueva, que son la nieve por la que desciende hasta los hombres la voz de Dios».

La voz de Dios
A pesar de que en su tierra el mes de diciembre fuera el mes más caluroso del verano, el hombre ponía sobre la cueva, sobre los árboles, sobre las montañas, sobre todo… unos algodoncillos blancos en forma de nieve no ya por rendir un homenaje de recuerdo agradecido a su madre y a su maestra, sino por la constatación de que sin la voz de Dios no hubiera llegado hasta aquí. Y el «aquí» significa ir cumpliendo etapas, también esta que hoy está realizando de subir la cuesta hasta el rellano de la plaza. Su hijo le había reprochado: «¿Pero a qué tienes que ir tú ahora a España con el frío que hace allá?». Tenía dos hijos, hijo e hija. Se lo había prometido a su mujer, se lo habían prometido mutuamente, su mujer y él. Este viaje lo iban a hacer los dos.

Aquella mañana estaba la plaza nevada, cubierta totalmente con un acolchado blanco como si fuera el manto de una Virgen. Y seguían cayendo aún más y más los copos abultados con ansias de añadir más blancura todavía. El aire frío traspasaba todo su cuerpo queriendo helar también sus escasas palabras. Allí fue cuando le dijo a su niña: «¿Te vienes conmigo a América?». Siempre a su mujer la llamó «mi niña». No escuchó nada, solo sintió el calor tibio del abrazo y un hilillo de agua que juntaba dos mejillas. Mejor dicho, solo escuchó el silencio agridulce de la nieve que caía.

Ella llegó antes que él, lo estaba esperando en la estación con una maletilla pobre y una sonrisa colmada de riquezas. No fue fácil. Estrecheces, penalidades, desprecios, malentendidos. Pero todo pasó gracias a la presencia de esas bolitas blancas que caen en forma de esperanza. También pasó cuando lo nombraron «empresario del año» por su invento de una junta, cuya patente lo había hecho inmensamente rico.

Por fin el hombre, jadeante, llegó a la plaza. De pronto el cielo se puso raso. Bajó hasta la residencia, donde unas monjitas recogían a los sin techo, donde recogieron también a su madre. Era Nochebuena. Mientras ayudaba a servir la cena, caía de nuevo la nieve y besaba los cristales, la misma de hace tantos años que cayó en aquella misma plaza. Dio las gracias. Y escuchó el acogedor silencio de Dios.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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