Mirar al que traspasaron (y IV)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2019.

Carta pastoral por el centenario de la consagración al S.C.

Ofrecemos la última parte de la Carta pastoral escrita por los obispos de Getafe con motivo del centenario de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús. Se incluye la última parte del capítulo titulado «Transmitir esperanza en una nueva etapa evangelizadora» así como la «Conclusión».


La primera parte de este capítulo, tal como publicamos en el ejemplar de El Granito de Arena del mes pasado, se titulaba «Evangelizar desde el corazón», a ejemplo del estilo misionero dado por Jesús en el Evangelio.

3.2. Heridas que curan
Cuando el papa recibió el Premio Carlomagno, en mayo del año 2016, expresó de manera directa lo que en otras ocasiones ya había formulado: el anuncio del Evangelio, que la Iglesia está llamada a cumplir siguiendo el mandato de Jesucristo, «hoy más que nunca se traduce principalmente en salir al encuentro de las heridas del hombre, llevando la presencia fuerte y sencilla de Jesús, su misericordia que consuela y anima».

Recogiendo esta enseñanza del sucesor de Pedro, hemos tomado como lema para todo el Año jubilar las palabras de la primera carta del apóstol san Pedro: «sus heridas nos han curado» (2,24). Se trata de una afirmación sorprendente que nos pone, una vez más, ante la paradoja de la vida cristiana: ¿cómo pueden curar las heridas de otro? El Señor ya lo había anunciado por medio del profeta Isaías hablando del Mesías futuro en los llamados cánticos del Siervo del Señor (cf. Is 42,1-9; 49,1-6; 50,4-11; 52,13-53,12). El justo, triturado por el sufrimiento, sin rostro humano y humillado, es, sin embargo, el que carga con el sufrimiento del mundo haciendo de su entrega causa de salvación para toda la humanidad. El camino del sufrimiento se nos presenta como camino de sentido y de salvación. Cristo en la entrega de su vida nos cura, nos salva.

Las palabras que orientan nuestro Año jubilar quieren ser una invitación a mirar las heridas de la Humanidad desde el Corazón traspasado del Redentor. El corazón del hombre está herido como consecuencia del pecado. La original inocencia con la que el hombre fue creado, la visión de un corazón limpio que le hacía ver la hermosura y la bondad de todo lo que le envolvía, se han oscurecido por el velo de la soberbia del «seréis como dioses» (Gn 3,5). El pecado nos ciega. El mal nos engaña distorsionando la realidad del hombre y del mundo. Nos emborracha de apego a las cosas del mundo y nos lleva a olvidarnos de Dios. El alejamiento de Dios comienza cuando el hombre se constituye en dueño y señor de su propia vida, cuando hace de las cosas dios, y a Dios cosa. Su vida, entonces, gira en torno a lo que puede poseer, cree él que como camino de libertad, el dinero, el poder, el placer, la comodidad, la seguridad en sí mismo. Se engaña el hombre. Y lo que es más trágico: se hiere en el corazón. Las cosas no pueden darle lo que ansía el corazón. Nada en el mundo puede llenar completamente el corazón humano. Solo Dios es capaz de llenar de sentido cualquier rincón de nuestra existencia, incluso el sufrimiento.

Jesús con sus heridas cura el corazón del hombre. Le muestra que la salvación no está en mirarse a sí mismo para su autocomplacencia, sino mirar a Dios, y mirar a los demás. La vida de Cristo, su existencia en favor de los demás, es el verdadero camino de la humanidad. El corazón del hombre se cura volviendo a Dios, buscando en Él su origen y su destino, para dar sentido al camino de la existencia. La vuelta a Dios es un camino fácil y seguro, porque Él siempre nos espera, nunca se cansa de perdonar. El Año jubilar se nos ofrece como día de salvación, tiempo propicio para escuchar la llamada de Cristo a ir a Él y experimentar el gozo sanador del perdón que brota de su Corazón traspasado.

El corazón del mundo está herido como consecuencia del pecado de los hombres. Con frecuencia, al palpar la realidad del mundo, nos sentimos tristes por la situación que vemos: pobreza, marginación, violencia, intolerancia, soledad, odio… Y la tentación: pensar en los culpables señalando a los demás. El corazón del mundo está herido porque nuestros pecados crean estructuras de pecado. Nuestro pecado tiene consecuencias sociales, porque nuestra vida está con los otros, y nuestra conducta influye en los demás, y hasta en las estructuras sociales. Una economía asentada en el pecado que no mira el rostro de los hombres y sus verdaderas necesidades termina matando. Una ideología que se autoafirma por encima de las leyes naturales y divinas termina condenando al hombre a la arbitrariedad de una cultura amoral o de una legislación totalitaria. Un poder que busca en primer lugar su supervivencia frente a la dignidad de cada hombre y del bien común se convierte en un entramado de pecado y corrupción. Las heridas de Cristo curan también las heridas del mundo, porque Él ha roto en su cuerpo el muro del odio que nos separaba (cf. Ef 2,14), y ha hecho amigos a los pueblos que estaban enemistados. En su rostro desfigurado se ha identificado con tantos rostros que hoy siguen desfigurados y triturados por el sufrimiento. Todo el sufrimiento del mundo ha sido asumido por el Hijo de Dios que los ha amado y se ha entregado para ser causa de salvación eterna. Cuando el mundo mira al que traspasaron, se abre al perdón que cura.

En la Iglesia también hay heridas. El pecado también entra en los hijos de la Iglesia y nos confunde y humilla con actitudes que no se corresponden con la fe que profesamos. Las divisiones internas nos hacen perder las energías que se nos han dado para hacer el bien. La falta de testimonio nos hace poco creíbles ante el mundo que espera de nosotros una presencia de esperanza y misericordia. Hemos de reconocer y pedir perdón por los pecados que también cometemos como comunidad, como Iglesia. Solo habrá verdadera renovación en la Iglesia desde una actitud de conversión, de vuelta al Señor. No nos tienen que asustar nuestros pecados, sino la incapacidad para pedir perdón y seguir caminando. Del Corazón traspasado de Cristo ha nacido la Iglesia. A este Corazón debemos volver una y otra vez para renacer a la vida nueva que nos ha regalado y, como Iglesia, reflejar en el rostro la belleza que recibimos de Él.

3.3. Criterio de autenticidad
Al convocar el Año de la Eucaristía, el papa san Juan Pablo II recordó el criterio decisivo que muestra la autenticidad de nuestra fe: «No podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular, por la atención a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo (cf. Jn 13,35; Mt 25,31-46). En base a este criterio se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas» (MND 28). La atención a los necesitados es, en efecto, el criterio que nos permitirá verificar la autenticidad con la que estamos celebrando el Año jubilar que conmemora el centenario de la consagración de España al Corazón de Jesús. La renovación de la vida cristiana que esperamos recibir cuando nos dejamos alcanzar por el amor del Corazón de Cristo será vana ilusión si no se traduce en un compromiso firme y constante por salir al encuentro de Cristo que me espera en el necesitado. Si «la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia» (MV 10), toda acción pastoral debe dar prioridad al ejercicio concreto de las obras de misericordia.

Esperamos, pues, que nuestro plan de evangelización, llamado a recoger los frutos del Año jubilar, se revista de la ternura que brota del Corazón misericordioso de Cristo. No podemos permitir que se pierda el torrente de gracias que el Señor está derramando sobre los peregrinos que se acercan a nuestra diócesis a ganar el jubileo. Soñamos con un Cerro de los Ángeles convertido verdaderamente en un «trono de las bondades» del Corazón de Cristo (Cf. Oración de consagración de España al Corazón de Jesús) donde, junto a la presencia entregada de las Madres Carmelitas y del Seminario diocesano, la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús y la Ermita de Nuestra Patrona, la Virgen de los Ángeles, sean verdaderos focos santificadores desde donde se irradie el amor del Corazón de Cristo junto a María. Soñamos con un Cerro de los Ángeles que sea un verdadero centro de espiritualidad, de reconciliación, de adoración y de reflexión en la espiritualidad del Corazón de Jesús.

Conclusión: renovar la vida cristiana desde el Corazón de Cristo
A la celebración de 1919 siguieron numerosísimos frutos de santidad: extensión del apostolado de la entronización del Corazón de Jesús en las casas; nacimiento de vocaciones consagradas, de diferentes carismas, que renovaron la vida eclesial; entrega de la vida como testimonio del Amor más grande por parte de muchos mártires, etc.

De un Año jubilar destinado a renovar aquella consagración de 1919 esperamos el fruto visible de una renovación de la vida cristiana en nuestra diócesis y, desde ella, en toda España. Para que se produzca ese fruto, será suficiente la fiel entrega de unos pocos que pongan su confianza en el Corazón de Cristo para llevar a todos la grandeza infinita de su amor.

Esos frutos ya han empezado a surgir: al inicio del Año jubilar la diócesis de Getafe y más de mil fieles, a nivel personal y en familia, nos consagramos al Inmaculado Corazón de María. La fuerza transformadora de este acto, oculto a los ojos del mundo pero manifiesto a los ojos de Dios, es de una fecundidad inmensa, que no tardará en manifestarse en florecimiento de vocaciones a los diferentes estados de vida eclesial, aumento de audacia y ardor en la tarea apostólica, mayor compromiso de caridad en la transformación de nuestro mundo, con especial cuidado de los preferidos del Señor.

Importa recordar que en las entrañas purísimas de María Santísima el Corazón sagrado de Cristo ha comenzado a latir. Acudimos al regazo de la Madre para recibir la pasión del amor del Hijo. Apoyados en la palabra de Cristo, somos llamados a hacer de la propia vida, de las entradas y salidas, una casa digna para recibir a María. Necesitamos escuchar a la Madre hablar del Hijo: fijarnos en sus manos para acogerlo, en su regazo para consolarlo, en su silencio para contemplarlo, en su obediencia para amarlo, en sus lágrimas para confortarlo.

«Esta es la ganancia de la Virgen: vernos aprovechados en el servicio de Dios por su intercesión. Si te viste en pecado y te ves fuera de él, por intercesión de la Virgen fue; si no caíste en pecado, por ruego suyo fue. Agradécelo, hombre, y dale gracias. Si tuvieres devoción para con ella, cuando vieses que se te acordaba de ella, habías de llorar por haberla enojado. Si en tu corazón tienes arraigado el amor suyo, es señal de predestinado. Este premio le dio nuestro Señor: que los que su Majestad tiene escogidos, tengan a su Madre gran devoción arraigada en sus corazones. Sírvele con buena vida: séle agradecido con buenas obras. ¿Pues tanto le debes? Ni lo conocemos enteramente ni lo podemos contar. Mediante ella, el pecador se levanta, el bueno no peca, y otros innumerables beneficios recibimos por medio suyo» (San Juan de Ávila, Serm. 72, en la Asunción).

Al poner la mirada de fe en el que traspasaron pidamos al Señor sabiduría y fortaleza para impulsar con audacia iniciativas misericordiosas que busquen sin tibiezas el reinado social del Corazón de Cristo. Invoquemos la intercesión de la Virgen María, medianera de todas las gracias, renovemos nuestra consagración a su Corazón Inmaculado, vivamos cada día como «esclavos de la Esclava del Señor» ( san Ildefonso de Toledo, De perpetua virginitate Sanctae Mariae, XII, 1). Cuando se cumplen cien años de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús, llevada a cabo en el Cerro que recibe su nombre de la Virgen María, Nuestra Señora de los Ángeles, acudimos a su materna intercesión para que nos alcance de su Hijo la gracia de un corazón renovado que se deje inflamar en el triple amor de su Sagrado Corazón.

Cerro de los Ángeles (Getafe), 30 de mayo de 2019. Centenario de la Consagración de España al Corazón de Jesús.

Ginés García Beltrán (Obispo) y José Rico Pavés (Obispo Auxiliar de Getafe)
Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.

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