Sínodo para la región Panamazónica

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2019.

Caminar juntos mirándonos a los ojos

Del 6 al 27 de octubre se ha celebrado en Roma la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para la región Panamazónica, bajo el lema: «Amazonia: Nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral» Esta Asamblea sinodal, como no podía ser de otra forma, se inauguró y se clausuró en torno al altar. Solo la unión al sacrificio de Cristo por la Humanidad, perpetuado en la Eucaristía, hace fecunda nuestra peregrinación por los caminos de la historia.

En medio, jornadas intensas de escucha, diálogo y elaboración de propuestas, que han sido recopiladas en el Documento final, entregado al santo padre.

Prudencia del Espíritu
El día 6, el papa Francisco, partiendo de la cita paulina: «Te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti» (2Tm 1,6), subrayó que «el fuego que reaviva el don es el Espíritu Santo, dador de los dones. Por eso san Pablo continúa: “Vela por el precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros” (2Tm 1,14). Y también: “Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de prudencia” (v. 7). No es un espíritu cobarde, sino de prudencia. Alguno piensa que la prudencia es una virtud “aduana”, que detiene todo para no equivocarse. No, la prudencia es una virtud cristiana, es virtud de vida, más aún, la virtud del gobierno. Y Dios nos ha dado este espíritu de prudencia. Pablo contrapone la prudencia a la cobardía.

¿Qué es entonces esta prudencia del Espíritu? Como enseña el Catecismo, la prudencia “no se confunde ni con la timidez o el temor”, sino que “es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo” (n. 1806). La prudencia no es indecisión, no es una actitud defensiva. Es la virtud del pastor, que, para servir con sabiduría, sabe discernir, sensible a la novedad del Espíritu. Entonces, reavivar el don en el fuego del Espíritu es lo contrario a dejar que las cosas sigan su curso sin hacer nada. Y ser fieles a la novedad del Espíritu es una gracia que debemos pedir en la oración. Que Él, que hace nuevas todas las cosas, nos dé su prudencia audaz, inspire nuestro Sínodo para renovar los caminos de la Iglesia en Amazonia, de modo que no se apague el fuego de la misión. […]

Reavivar el don; acoger la prudencia audaz del Espíritu, fieles a su novedad; san Pablo dirige una última exhortación: “No te avergüences del testimonio; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios” (2Tm 1,8). Pide testimoniar el Evangelio, sufrir por el Evangelio, en una palabra, vivir por el Evangelio. El anuncio del Evangelio es el primer criterio para la vida de la Iglesia: es su misión, su identidad. […] Se sirve el Evangelio no con la potencia del mundo, sino con la sola fuerza de Dios: permaneciendo siempre en el amor humilde, creyendo que el único modo para poseer de verdad la vida es perderla por amor.

Queridos hermanos: Miremos juntos a Jesús crucificado, su corazón traspasado por nosotros. Comencemos desde allí, porque desde allí ha brotado el don que nos ha generado; desde allí ha sido infundido el Espíritu Santo que renueva (cf. Jn 19,30). Desde allí sintámonos llamados, todos y cada uno, a dar la vida» (Homilía, 6/10/2019).

Con mirada de discípulo
Al día siguiente, reunidos en el Aula sinodal, el papa inauguró los trabajos recordando la dimensión esencial de esta Asamblea y cómo se ha de trabajar para que sea fecunda la acción del Espíritu Santo. Les dijo: «El Sínodo para la Amazonia tiene cuatro dimensiones: la dimensión pastoral, la dimensión cultural, la dimensión social y la dimensión ecológica. La primera, la dimensión pastoral, es la esencial, la que abarca todo. Nos acercamos con corazón cristiano y vemos la realidad de la Amazonia con ojos de discípulo para comprenderla e interpretarla con ojos de discípulo, porque no existen hermenéuticas neutras, siempre están condicionadas por una opción previa, nuestra opción previa es la de discípulos. Y también con ojos de misioneros, porque el amor que el Espíritu Santo puso en nosotros nos impulsa al anuncio de Jesucristo; un anuncio que no se tiene que confundir con proselitismo; nos acercamos a considerar la realidad amazónica con este corazón pastoral, con ojos de discípulos y misioneros porque nos apura el anuncio del Señor.

Y también nos acercamos a los pueblos amazónicos respetando su historia, sus culturas, su estilo del buen vivir, en el sentido etimológico de la palabra, no en el sentido social que tantas veces le damos, porque los pueblos poseen entidad propia, todos los pueblos, poseen una sabiduría propia, conciencia de sí, los pueblos tienen un sentir, una manera de ver la realidad, una historia, una hermenéutica y tienden a ser protagonistas de su propia historia con estas cualidades. Y nos acercamos ajenos a colonizaciones ideológicas que destruyen o reducen la idiosincrasia de los pueblos. […]

Entonces, ¿cuál será nuestro trabajo para asegurar que esta presencia del Espíritu Santo sea fecunda? Primero de todo, orar. Recemos mucho. Reflexionar, dialogar, escuchar con humildad, sabiendo que yo no sé todo. Y hablar con valentía, aunque tenga que pasar vergüenza, decir lo que siento, discernir, y todo esto custodiando la fraternidad» (Discurso, 7/10/2019)

Los Museos: Casa viva
En medio del Sínodo se inauguró el Museo etnológico «Anima mundi» y la Exposición sobre la Amazonia en los Museos Vaticanos. También asistió el santo padre, quien destacó lo siguiente: «Pienso que los Museos Vaticanos están llamados a convertirse cada vez más en una casa viva, habitada y abierta a todos, con las puertas abiertas de par en par a los pueblos de todo el mundo. Un lugar donde todos puedan sentirse representados; donde se pueda percibir concretamente que la mirada de la Iglesia no sabe de preclusiones.

Quien entra aquí debería sentir que en esta casa hay sitio también para él, para su pueblo, su tradición, su cultura: el europeo como el indio, el chino como el nativo de la selva amazónica o congoleña, de Alaska o de los desiertos australianos o de las islas del Pacífico. Todos los pueblos están aquí, a la sombra de la cúpula de San Pedro, cerca del corazón de la Iglesia y del papa. Y esto porque el arte no es algo desenraizado: el arte nace del corazón de los pueblos. Es un mensaje: del corazón de los pueblos al corazón de los pueblos.

La belleza nos une. Nos invita a vivir la fraternidad humana. […] ¡Que este Museo etnológico preserve su identidad específica en el tiempo y recuerde a todos el valor de la armonía y la paz entre los pueblos y las naciones! Y que el arte aquí recogido haga resonar la voz de Dios en los que visiten esta colección!» (Discurso, 18/10/2019)

El espíritu sinodal
El 26 de octubre se concluyeron los trabajos en el Aula sinodal. El papa Francisco agradeció a todos sus aportaciones con estas palabras: «Quiero agradecer a todos ustedes que han dado este testimonio de trabajo, de escucha, de búsqueda, de poner en práctica este espíritu sinodal que estamos aprendiendo. Y estamos entendiendo, cada vez más, qué es esto de caminar juntos, estamos entendiendo qué significa discernir, qué significa escuchar, qué significa incorporar la rica tradición de la Iglesia a los momentos coyunturales. Algunos piensan que la tradición es un museo de cosas viejas. A mí me gusta repetir aquello que Gustav Mahler decía: “La tradición es la salvaguarda del futuro y no la custodia de las cenizas”. Es como la raíz de la cual viene la savia que hace crecer el árbol para que dé frutos. Recibir y caminar en un mismo sentido, con esa triple dimensión tan linda de san Vicente de Lerins, ya en el siglo V: “El dogma cristiano, permaneciendo absolutamente intacto e inalterado, se consolida con los años, se desarrolla con el tiempo, se profundiza con la edad”» (Discurso, 26/10/2019)

Oración desde el corazón
Por último, con una solemne concelebración eucarística en la basílica vaticana, el 27 de octubre se clausuró el Sínodo para la región Panamazónica. Durante la homilía, reflexionando sobre la parábola del fariseo y el publicano, el santo padre recordó: «La oración del fariseo comienza así: “Oh Dios, te agradezco”. Es un buen inicio, porque la mejor oración es la de acción de gracias, es la de alabanza. Pero enseguida vemos el motivo de ese agradecimiento: “porque no soy como los demás hombres” (Lc 18,11). Y, además, explica el motivo: porque ayuna dos veces a la semana, cuando entonces la obligación era una vez al año; paga el diezmo de todo lo que tiene, cuando lo establecido era solo en base a los productos más importantes (cf. Dt 14,22 ss.). En definitiva, presume porque cumple unos preceptos particulares de manera óptima. Pero olvida el más grande: amar a Dios y al prójimo (cf. Mt 22,36-40). Satisfecho de su propia seguridad… solo está centrado en sí mismo. El drama de este hombre es que no tiene amor… Y sin amor, ¿cuál es el resultado? Que al final, más que rezar, se elogia a sí mismo. De hecho, no le pide nada al Señor, porque no siente que tiene necesidad o que debe algo, sino que cree que se le debe a él.

Y además de olvidar a Dios, olvida al prójimo, es más, lo desprecia… Se considera mejor que los demás… ¡Cuántas veces vemos que se cumple esta dinámica en la vida y en la historia! ¡Cuánta presunta superioridad que, también hoy, se convierte en opresión y explotación! […] Los errores del pasado no han bastado para dejar de expoliar y causar heridas a nuestros hermanos y a nuestra hermana tierra: lo hemos visto en el rostro desfigurado de la Amazonia […] Podemos mirarnos dentro y ver si también nosotros consideramos a alguien inferior, descartable, aunque solo sea con palabras. Recemos para pedir la gracia de no considerarnos superiores, de creer que tenemos todo en orden… Pidamos a Jesús que nos cure de hablar mal y lamentarnos de los demás, de despreciar a nadie.

Pasamos a la otra oración. La oración del publicano, en cambio, nos ayuda a comprender qué es lo que agrada a Dios. Él no comienza por sus méritos, sino por sus faltas; ni por sus riquezas, sino por su pobreza. No se trata de una pobreza económica, sino que siente una pobreza de vida, porque en el pecado nunca se vive bien. Ese hombre que se aprovecha de los demás se reconoce pobre ante Dios y el Señor escucha su oración. […] Su oración nace precisamente del corazón, es transparente; pone delante de Dios el corazón, no las apariencias. Rezar es dejar que Dios nos mire por dentro, sin fingimientos, sin excusas, sin justificaciones.

Hoy, mirando al publicano, descubrimos de nuevo de dónde tenemos que volver a partir: del sentirnos necesitados de salvación, todos. Es el primer paso de la religión de Dios, que es misericordia hacia quien se reconoce miserable […] Si nos miramos por dentro con sinceridad, vemos en nosotros a los dos, al publicano y al fariseo. Somos un poco publicanos, por pecadores, y un poco fariseos, por presuntuosos, capaces de justificarnos a nosotros mismos. Recemos para pedir la gracia de sentirnos necesitados de misericordia, interiormente pobres» (Homilía, 27/10/2019).

Abrir caminos
A continuación, como cada domingo, el papa Francisco se asomó a la ventana para saludar a los presentes en la Plaza de San Pedro. Antes de recitar el Ángelus, a modo de resumen, les dijo: «¿Qué ha sido el Sínodo? Ha sido, como dice la palabra, un caminar juntos, reconfortados por el valor y las consolaciones que vienen del Señor. Hemos caminado mirándonos a los ojos y escuchándonos, con sinceridad, sin ocultar las dificultades, experimentando la belleza de seguir adelante juntos, al servicio de los demás. […] Cada uno de nosotros debe haberse preguntado muchas veces qué hacer de bueno por la propia vida; hoy es el momento, preguntémonos: “Yo, ¿qué puedo hacer de bueno por el Evangelio?”.

En el Sínodo nos hemos hecho esta pregunta, deseosos de abrir nuevos caminos para el anuncio del Evangelio. Sólo se proclama lo que se vive. Y para vivir de Jesús, para vivir del Evangelio, uno debe salir de sí mismo. Nos sentimos impulsados a salir al mar, a dejar las cómodas orillas de nuestros puertos seguros para adentrarnos en aguas profundas: no en las aguas pantanosas de las ideologías, sino en el mar abierto en el que el Espíritu nos invita a echar nuestras redes. Para el camino que viene, invoquemos a la Virgen María. A ella, que en una pobre casa de Nazaret cuidaba de Jesús, le confiamos a los hijos más pobres y nuestra casa común» (Ángelus, 27/10/2019).

Papa Francisco
Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.

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