Con mirada eucarística (noviembre 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2019.

La vida en abundancia

Un año más cumplimos con el rito silencioso de acercarnos a las tumbas de nuestros seres queridos para depositar en ellas unas flores de amor y de recuerdo. El día de todos los santos y el día de los difuntos se dan la mano como si fueran dos buenos hermanos.

Celebramos la vida, toda la vida. Sin embargo, acabamos de leer en la prensa escrita que en España los muertos por suicidio superan ya en número a los muertos en accidente de tráfico. Es una burrada, se mire por donde se mire. El suicidio es, además, un final aparentemente deseado.

Y pasamos por noticias de este tipo como si no pasara nada, como si no fuera con nosotros. El acontecimiento resbala por la superficie de la sociedad lo mismo que resbala una gota de lluvia por el cristal de una ventana. La pasividad, el acomodo, la costumbre, la indiferencia son normas habituales de conducta. Pero se trata de muchas vidas acabadas. Da igual, lo más que se escucha es una expresión generalizada que toma forma en frases manidas como estas: es ley de vida o la vida continúa.

Lo que no tiene repercusión mediática no tiene repercusión social. El mensaje, cuando machaconamente se repite y se repite en la dirección deseada, termina finalmente formando parte de la consideración colectiva al mismo tiempo que se instala en la conciencia del individuo que, según y conforme, lo acepta o lo rechaza. El asombro ante los hechos también está dirigido. Hace ya mucho tiempo que se inventó la llamada «quinta columna» y que el inconsciente colectivo fue dado a conocer por el psicoanálisis. De este modo: un asesinato, siempre rechazable, sucedido en el contexto de la «ideología de género» lleva al repudio social en todas sus dimensiones; el asesinato de un ser humano, igualmente rechazable, en el contexto del aborto no lleva a ningún repudio, o lo que es más grave, lleva al conformismo cuando no a la aceptación.

Por cierto, la muerte por suicidio también entra dentro de la categoría del conformismo social.

La tentación hedonista
¿Pero el suicidio obedece a una decisión libre? Mucho ha escrito la psiquiatría para contestar a esta pregunta, aunque no es posible la respuesta más acertada porque para ello habría que estar dentro de la mente del suicida. No obstante, este tipo de acontecimientos tienen su causa en algún tipo de estorbo. Así de sencillo: lo que estorba se quita.

La concepción utilitaria y hedonista de la vida trae consigo soluciones catastróficas como esta. De las tres grandes tentaciones sigue siendo la del placer la más extendida y generalizada, hasta tal punto que se esconde sibilinamente dentro del territorio que hoy en día aceptamos como totalmente positivo bajo el letrero de «bienestar social». El dolor, el sufrimiento, la fatiga, el cansancio, la carencia no deben formar parte de nuestra vida –nos susurra el inconsciente–, y si aparecen, hay que eliminarlos. Lo que sucede es que para eliminarlos no es necesario eliminar la vida. Las dificultades siempre se superan con más abundancia de vida.

Porque el suicida no es solamente el que se arroja al tren o por un balcón o se toma un fármaco mortífero, es también el que muere abandonado en una casa solitaria y cuyo cadáver se descubre después de no sé cuantos años. Es cuando bajo las soflamas de «muerte digna, eutanasia» se esconde el verdadero propósito: la muerte por estorbo.

Los criterios economicistas se alzan como los únicos valores, resultando que son estos los tomados por auténticos porque los verdaderos, los que conducen al bien, se abandonan o se disfrazan. Y de este modo el individuo, y con él la sociedad, queda abocado a una guerra sin sentido que siempre termina en el suicidio, también en el suicidio colectivo.

El apagón
La sombra alargada del ciprés se tiende sobre los crisantemos amarillos. En su ascensión su copa verde llega a toparse prácticamente con el azul del cielo, donde las estrellas acumulan más color todavía, lo acumulan todo en el blanco del infinito por arriba. Desde allí se palpa la paz que descansa en todos los cementerios del mundo. Paz que es soledad preñada, pues hay dos tipos de soledad: la soledad con nada y la soledad con trascendencia.

En la lucha por la vida hay muchas curvas que nos hacen sentir la pérdida del camino, hay muchas cuestas que nos dificultan la subida y nos hacen ver lejana e imposible la meta final de nuestro destino. La esperanza nos proporciona las fuerzas para poder seguir, nos muestra los motivos. No estamos solos. Hasta los grandes santos tuvieron todos su noche oscura, su sensación de abandono, su soledad vacía. La soledad vacía conduce al desastre vital, al inevitable suicidio. No fue el caso. No fue el caso porque, aunque Dios se amortiguó, siempre quedó su lucecita en algún rincón del alma. La historia nos demuestra que no ha habido sociedades sin aspiración de infinitud y que estas desaparecen precisamente cuando han decidido apagar a Dios.

El suicidio tiene su causa en un apagón de Dios. Y Dios no es ningún ente de ficción. Es, por el contrario, una realidad vital, una aspiración de eternidades, una constatación de la felicidad, es el motivo, Dios es amor que habita en el interior de la conciencia humana. Nosotros, los cristianos, tenemos la suerte de conocer el rostro de Dios que se hizo hombre, como nosotros, en Jesús de Nazaret, el Cristo. Jesús de Nazaret, que pasó haciendo el bien y que resucitó, que a través de su discípulo Juan el Evangelista nos dijo que había venido para que tuviéramos vida, y la tuviéramos en abundancia.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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