Historias de familia (noviembre 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2019.

En el mes de todos los santos

Una constelación de «felices procesados» (edición 2019)

En la contraportada de El Granito de Arena correspondiente al mes de noviembre de 1953, y junto a las fotografías del cardenal Merry del Val y de los salesianos D. Felipe Rinaldi y D. Miguel Rua, se anunciaba el artículo «Una constelación de felices procesados» que podía leerse en páginas interiores. En la página final las imágenes del cardenal Spínola, del padre Rubio, s.j., del Marqués de Comillas y del padre Ignacio Aramburu, s.j., nos ayudaban a desvelar el misterioso título.
¿Quiénes eran? Muy fácil, aquel artículo que se podía leer en las páginas 324 a 327, contenía las breves biografías de una serie de personas que en vida estuvieron relacionadas con el fundador de El Granito y que tras su muerte con fama de santidad estaban «procesados», esto es, esperaban que la Sagrada Congregación de Ritos, el dicasterio de la Curia encargado entonces de ello, declarase su condición de siervos de Dios, beato o santo; o lo que es lo mismo, utilizando dos curiosas expresiones usadas en este artículo, cristianos que esperaban ser «santos de escaparate» frente a tantos «santos de almacén» pues «no todos los santos que están en el Cielo han de estar necesariamente canonizados, sino aquellos que según los divinos designios de la providencia convenga».

Sin embargo, quiso la providencia que en torno a D. Manuel González siempre hubiera santos, y santos de altar. Si en 1953 muchas de aquellas personas estaban en distintas fases de proceso de canonización, 66 años más tarde, la mayor parte de ellas son oficialmente santos o beatos y, es más, aquella relación que parecía muy extensa, ha crecido tanto, que ya resulta difícil enumerar a todas las personas que están en esta misma situación a fecha de hoy.

El artículo «Una constelación de felices procesados» viene subtitulado con una sencilla frase: «Se conocieron y se amaron», que define perfectamente ese sentimiento que une a los cristianos que no tienen otro norte que la santidad: conocer y amar a Jesús y, a través de Él, conocer y amar a quienes están cerca de ellos. El artículo aparece firmado por «C. González», rúbrica que corresponde a la inicial y primer apellido de María de la Concepción González Álvarez de Luna, sobrina de D. Manuel que, huérfana de madre, vivió desde muy joven con su tío y su tía María Antonia. Pocas personas habrán podido conocerlo tan bien como ella.

Un papa por entonces beato
Cuando en 1953 María de la Concepción escribía esta relación, solo una de estas personas, el papa Pío X, había sido declarado beato; lo era desde el 3 de junio de 1951, y ciertamente, como se comentaba en el artículo, hubo de transcurrir poco tiempo desde su beatificación hasta la ceremonia en la que fue inscrito en el libro de los santos, que se celebró el 3 de septiembre de 1954. Junto a este papa santo que en su día bendijo la pluma del entonces arcipreste de Huelva, aparecen los nombres de varios sacerdotes, religiosos, religiosas y un laico que fueron contemporáneos de D. Manuel y que, como él, murieron en olor de santidad.

Como se ha dicho, algunos de ellos han sido declarados beatos desde entonces. Tal es el caso del cardenal Marcelo Spínola, de quien san Manuel recibió el orden del presbiterado, que fue beatificado el 29 de marzo de 1987 y a quien esperamos ver pronto entre los santos. En estos años también se proclamaron beatos a los salesianos Miguel Rua y Felipe Rinaldi, que fueron respectivamente los sucesores, primero y tercero de Don Bosco al frente de esa congregación.

En tres ocasiones viajó D. Rua a España, y en dos de ellas, en 1890 y 1899, estuvo en Sevilla. Seguramente fue en la visita que comenzó el 18 de marzo de 1899, cuando D. Manuel le pudo tratar. Fue un recibimiento apoteósico el que se le tributó al sucesor de Don Bosco en Andalucía. Tuvo lugar, además, en el periodo en el que era rector de la casa salesiana de Sevilla D. Pedro Ricaldone, tan cercano al joven seminarista Manuel González. Sin embargo a D. Felipe Rinaldi le conocería siendo ya obispo de Málaga, cuando visitó en 1919 las obras apostólicas promovidas por los salesianos en Málaga, tan queridas de D. Manuel. Pues bien, D. Rua, fue beatificado el 29 de octubre de 1972, D. Felipe Rinaldi lo sería en 1990.

Religiosas santas
La religiosa madre Carmen del Niño Jesús González Ramos fue la fundadora de la congregación de Religiosas Terciarias Franciscanas. Había nacido en Antequera, la ciudad en la que falleció en noviembre de 1899. Don Manuel, aunque nacido en Sevilla, era de una familia antequerana y la madre Carmen era su parienta por línea paterna. No le constaba a María de la Concepción –recordemos autora del artículo que estamos rememorando– que ambos se hubieran conocido; pero es de imaginar que siendo familia de su padre y habiendo pasado en Antequera periodos de vacaciones en sus años de seminarista, habría tenido ocasión de tratarla. La madre Carmen del Niño Jesús fue beatificada en aquella misma ciudad donde vivió el 6 de mayo de 2007.

En la lista de los «felices procesados» en 1953 se encuentran dos personas que ya han sido proclamadas santas, y a las que hoy honramos como tales. De un lado el jesuita José María Rubio Peralta, que conoció al entonces arcipreste de Huelva en 1911, momento desde el cual se trataron como amigos. El padre Rubio sería el encargado de establecer a las Marías de los Sagrarios en Madrid. Su fama de santidad fue grande ya desde el momento de su muerte el 2 de mayo de 1929; fue beatificado por Juan Pablo II en octubre de 1985 y finalmente canonizado por el mismo papa en una emocionante ceremonia que tuvo lugar en Madrid en mayo de 2003.

En esa misma ceremonia otra de las «procesadas» en 1953, fue inscrita en el libro de los santos: Sor Ángela de la Cruz Guerrero. Cualquier sevillano cuando piensa en una persona santa pensará siempre en la madre Angelita, y esto le sucedería también al sevillano Manuel González. Con ella ya coincidió en aquella «calaverada de juventud» cuando peregrinó a Roma en 1894 siendo todavía seminarista; con ella estudió muchos años después la forma para que las Hermanas de la Cruz pudieran fundar en Málaga; y a ella dirigiría durante la última enfermedad de la religiosa aquellas palabras que le hicieron sonreír en su lecho de muerte «viva la Cruz, viva Jesús y vivan las Hermanas de la Cruz en la cruz…y la que saque un pie fuera que le dé un calambre». Todos en Sevilla recordamos la ceremonia de beatificación de Sor Ángela. Era el 5 de noviembre de 1982 y fue tan emocionante como la que el santo papa Juan Pablo II celebraría años después en Madrid para canonizarla en el 2003.

Más «procesados»
En el artículo se mencionaba también al padre Tarín, un jesuita muy popular y querido en aquella Sevilla de principios del s. XX; al cardenal Merry del Val, gran valedor de D. Manuel en la Curia, al que conoció a través de su hermano Pedro, ingeniero en Huelva y uno de aquellos chiflados del Corazón de Jesús que tanto significaron en sus años en la parroquia de San Pedro; a D. Andrés Manjón, el venerable maestro del que D. Manuel aprendió esa pedagogía que luego llevó a sus «chaveas» de Huelva; al padre Aramburu, s,j., que en 1912 establecería en Burgos las Marías de los Sagrarios y que hasta su muerte en 1935 mantuvo amistad con D. Manuel; y al dominico fray Juan González Arintero. Con respecto a este último solo hay indicios de que llegaran a conocerse en persona, sin embargo sí que consta la admiración que D. Manuel sintió hacia su obra. Junto a ellos un laico, D. Claudio López Bru, segundo Marqués de Comillas, benefactor de muchas obras sociales y cristianas, entre las que destaca el Seminario de Comillas, germen de la Universidad Pontificia del mismo nombre y que conoció a D. Manuel siendo todavía arcipreste de Huelva. El anuncio de la «Compañía Transatlántica Española», que era de su propiedad, fue el primer anuncio comercial de El Granito de Arena. Apareció en el número 3 de la revista, que vio la luz el 20 de diciembre de 1907. Las personas de este último grupo, ciertamente no han visto concluidos sus procesos de canonización; pero mientras la fama de santidad que los acompañó en vida permanezca, quizá algún día puedan ser declarados oficialmente santos.

Y hasta aquí los nombres recogidos en el artículo publicado en 1953. Sin embargo al concluirlo María de la Concepción González escribió: «Si a estos Siervos de Dios cuyos procesos ya se han incoado, añadiésemos otros buenos amigos de nuestro venerado Fundador de los que también se espera que en breve comiencen sus procesos diocesanos informativos, cuyas vidas y muertes ejemplarísimas dejaron una estela y fama de santidad que no solo no disminuye sino que crece con el tiempo, además de los gloriosos mártires de nuestra Cruzada de liberación que ofrendaron sus vidas a Dios antes que traicionarle, y de los cuales muchos estuvieron unidos a nuestro fundador por lazos de cordialísimas relaciones, la galería de retratos que podríamos presentar de admirables amigos suyos sería numerosísima y edificante».

Galería creciente
Ciertamente la galería ha crecido, y aquel joven sacerdote que visitaba a D. Manuel, en su exilio en la casa de la calle Blanca de Navarra en Madrid, que siempre le recordó y que pidió una reliquia para conservarla al poco de conocer su muerte, es, desde octubre de 2002, san Josemaría Escrivá. El padre Tiburcio Arnaiz, aquel a quien tenía casi que obligar a cambiar de zapatos y sombrero, pues tal era la humildad de su condición, y que con tanta dedicación le ayudó en sus visitas pastorales como obispo de Málaga, fue beatificado en 2018 precisamente en la catedral malagueña. El padre Poveda, a quien también estuvo muy unido, mártir durante la Guerra Civil española, es santo también desde 2003.

En 2009 el papa Benedicto XVI canonizó al hermano Rafael Arnaiz, que vivió, y en abril de 1938 murió, en el monasterio palentino de Dueñas. No hay constancia de que se trataran, pero el hecho de que el hermano Rafael utilice expresiones de D. Manuel en sus escritos y la coincidencia de las fechas en las que ambos vivieron en Palencia hace pensar que se habrían conocido.

Beatos son desde 2007 dos mártires cuyas vidas transcurrieron cerca de D. Manuel: el sacerdote Enrique Vidaurreta y el diácono Juan Duarte. Al primero confió, siendo obispo, la dirección del seminario de Málaga, el segundo era allí un joven seminarista que acababa de recibir las primeras órdenes cuando sufrió un terrible martirio.

En 2007 sería también declarado beato tras su muerte martirial D. Sabino Rodríguez Fierro, un agustino especialista en Ciencias Naturales, a quien D. Manuel había pedido ayuda para elaborar láminas de flora y fauna para decorar el seminario. En 1998 fueron beatificadas siete religiosas, salesas del convento de la Visitación de Madrid; una de ellas, la beata María Teresa, era Laura Cavestany Anduaga, hija de su buen amigo el sevillano D. Juan Antonio Cavestany, la cuarta de sus catorce hijos. En 1993 fue beatificada la maestra Victoria Díez, miembro de la Institución Teresiana y María de los Sagrarios.

«Procesados» en 2019
Hasta aquí una relación que podríamos denominar actualizada de los amigos de san Manuel y que, de algún modo, han visto reconocida su santidad, han sido declarados beatos o incluso inscritos como santos. Pero, ¿quiénes serían los felices procesados de la actualidad? De un lado los mártires del periodo de la Guerra Civil española, cuyas causas de beatificación, complicadas por las circunstancias históricas que concurren, están pendientes de llegar a término.

El nombre de su buen amigo y compañero en la parroquia de San Pedro, D. Manuel González–Serna Rodríguez, encabeza la lista de mártires de la archidiócesis de Sevilla en el siglo XX, un proceso cuya fase diocesana se concluyó en noviembre de 2016. ¡Y cuántos de los 214 mártires de la persecución religiosa en Málaga en los años 30 serían conocidos e incluso amigos de D. Manuel! Por otra parte, en proceso están también hoy en día varios de sus colaboradores en las obras sociales que emprendió, como el que lo fue muy especialmente en sus años en Huelva, D. Manuel Siurot, su gran amigo y hermano, su «otro yo»; D. José Gálvez, el médico malagueño que tanto hizo colaborando con la Acción católica y la Adoración nocturna, y que ayudó a nacer a tantos malagueños de toda condición; o D. Isidoro Zorzano, joven ingeniero que colaboraba en un comedor de caridad y que buscó la ayuda del obispo de Málaga, que fue en 1930 uno de los primeros miembros del Opus Dei.

Y también mujeres, como Dª Pepita Segovia, que dirigiría la Institución Teresiana o Dª Isabel González del Valle, que tanto hizo por difundir la buena doctrina por los pueblos de la serranía malagueña.

Hay que contar también con las Marías «procesadas», que no son pocas. De un lado las que fueron mártires, por ejemplo, las que aparecen en la causa de los mártires del arzobispado de Toledo y cuyas historias han sido recogidas en el libro Sagrario, Custodia y Palma, de D. Jorge López Teulón. Pero también otras Marías que vivieron y murieron dando testimonio de amor a la Eucaristía, y también de ser cristianas cabales como serían Conchita Barrecheguren, a la que ya dediqué un artículo de la serie «Historias de familia» (n. 1708, octubre 2018, pp. 12-15); Aurora Calvo Hernández–Agero, cuya causa se abrió en octubre de 1956 (cf. El Granito de Arena, diciembre 1951, n. 961, p. 327); o la asturiana Práxedes Fernández (cf. El Granito de Arena, enero 1959, n. 1039, pp. 16-18)cuyo proceso, comenzado en 1957, parece haber entrado en su última fase desde que, en 2014, el papa Francisco publicara el decreto en el que se reconocen sus virtudes heroicas.

¿Hay más? Seguro que sí. Hace pocos meses, el párroco de la Iglesia de la Divina Pastora de Málaga me hablaba de la intención de poner en marcha el proceso para reconocer la santidad del sacerdote D. Juan Estrada Castro, fallecido en 1974 en olor de santidad. Él fue uno de los presbíteros ordenados por D. Manuel en Gibraltar en el verano de 1931.

Pasan los años y, es curioso, cada vez que nos acercamos a la vida de san Manuel nos encontramos con personas que junto a él aprendieron a amar a Jesús en la Eucaristía y supieron ser perseverantes y leales en hacerlo siempre. Encontramos sacerdotes entregados (algunos hasta el extremo de entregar su vida) y mujeres que fieles al carisma de las Marías de los Sagrarios supieron vivir y morir como tales. Cierto es que la mayor parte de estas almas serán «santos de almacén»; pero si, como escribió san Josemaría Escrivá, «estas crisis mundiales son crisis de santos» (Camino, n. 301), roguemos para que la divina providencia nos proporcione en estos años muchos ejemplos de personas entregadas al amor a Jesús y al servicio de quienes lo necesiten, que nos iluminen a cada uno de nosotros y con ello den luz también a nuestra sociedad.

Aurora Mª López Medina
Publicado en El Granito de Arena, Historias de familia, San Manuel González, San Manuel González García.

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