Con mirada eucarística (octubre 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2019.

El mal del olvido

Esos locos bajitos tiran de sus mochilas sobre ruedas camino de la escuela y de la vida. En sus ojos aún puede apreciarse el cansancio de la última noche; de sus palabras se deriva el comienzo de un asombro nuevo ganado por la esperanza. Ha comenzado el nuevo curso.

Fermina no fue nunca a la escuela. Era la mayor de ocho hermanos y, conforme iban naciendo los pequeños, tenía que hacer más y más de ayudante de su madre en las labores de cría. Hoy la dimensión es diferente: se pretende dominar la educación a fin de conseguir una sociedad al dictado de determinadas clases dirigentes. Dirigentes a veces ocultos, pero reales.

Derecho y libertad
Desgraciadamente se ha creado una situación en la que la familia prescinde con demasiada frecuencia de su función educadora, al tiempo que por otro lado se le merma su derecho a la libertad de educar. Esto no es nuevo, ya Lenin decía que «la libertad es algo precioso, tan precioso que debe ser racionada cuidadosamente». Esto explica entre otras cosas las dificultades de la escuela concertada, la manipulación de la verdad en los libros de texto o la desaceleración de la educación en valores, sobre todo en valores religiosos.

Un día Fermina decidió escaparse de casa. Tuvo que esperarse para ello a tener la mayoría de edad a fin de que nadie pudiera reclamarla. Estaba harta del ambiente asfixiante de la casa y de los malos tratos de su padre, a quien después, bastante más después, perdonaría con el tiempo.

Analfabeta, y con un hatillo de ropa a la espalda, se presentó en la ciudad, donde le había dicho su amiga Espe (así llamaban de siempre a la Esperanza de su pueblo). Aquella noche en la gran urbe, la noche más larga y liberadora de su vida, recordó que ella se llamaba Fermina porque había nacido el día de san Fermín.

La bondad de Dios
Se había ido a servir. Así que con su uniforme de sirvienta, incluidos el delantal y la cofia, salía por la tarde a pasear en el parque siempre al cuidado de los hijos de los señoritos. Antes ya había dejado hechas todas las faenas de la casa. Aún le esperaba en la noche el planchado de la ropa de mañana.

Pero mira tú por dónde a través de Juanín, el hijo mayor, pudo Fermina aprender a leer y escribir. En los letreros Juanín le decía las letras y Fermina, que no era tonta, iba casando unas con otras. Así de la «a» la «z».

Nunca es tarde para aprender. En realidad el proceso de aprendizaje, aprendizaje reglado (infantil, primaria, secundaria, universidad), dura prácticamente un tercio de la vida. Pero una cosa es aprender y otra cosa es educar, nos dice Fermina, que ya es abuela y contempla junto a nosotros ese trajín de los chicos que van camino de la escuela.

Educar es poner en práctica los principios del bien, es instalarse en hábitos saludables, es respetar la libertad del otro, sobre todo es amar. Fermina, que es muy parlanchina, nos lo resume así: una persona es educada cuando ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Lo aprendido se olvida con el tiempo; la educación, nunca.

El señorito la echó de casa. Ella se negaba a abortar la criatura que llevaba dentro, ella que, entre sus muchos oficios, había asistido tantas veces a ovejas que tenían dificultades para parir su corderillo. Se puso a llorar en el banco de una iglesia, a la que había ido más de una vez recordando cuando iba a Misa allá en su pueblo. Comenzó a conocer la bondad de Dios. Desde ese momento supo que Dios no la abandonaría nunca.

Y por cierto, si era chico, se llamaría José; si fuera chica, se llamaría Josefa. Todo sea por D. José, el sacerdote que la acogió. Se llama Josefa.

La búsqueda de la Verdad
Fermina fregó muchos pisos de los otros. Fueron muchos los callos y los sabañones que pintaban su mano como si fuera un mapa de horrores. Acudió más de una vez a la caridad. Aguantó vejaciones, sinsabores, era aliada de la miseria, pero aprendió bien dos cosas: que Dios formaba parte de su vida y que su hija recibiría la educación que no había recibido ella.

Cuando se hizo portera de una finca, entonces la cosa comenzó a funcionarle mucho mejor. Atrás quedaba la casa de acogida, el piso compartido. Ahora tenía vivienda para ella sola, aunque por circunstancias tuvo que declarar a los vecinos que era una viuda con una hija. ¡Qué tiempos! –se dice para sí. La tarea que mejor recuerda de aquella época es su asistencia, acompañada de su modesto ejemplo, para que otras mujeres en circunstancias como las suyas, o incluso más graves, pudieran encontrar un horizonte de esperanza.

Y Josefa fue a la universidad. Desde que tuvo edad suficiente para razonar supo la verdad de su venida al mundo. Supo que la verdad existe y que hay que buscarla día a día, como su madre le repetía continuamente. Si la universidad tiene algún sentido, es precisamente por eso, por ser la institución por excelencia empeñada en buscar la verdad de forma comprometida y compartida con los otros. Por eso decidió un día acompañar a su madre al pueblo, para predicar que el perdón forma parte de la verdad de Dios. Josefa ejerce como profesora de filosofía.

No quiero que escribáis sobre mi vida, que da para una novela, nos dice Fermina con sus ojos pequeños pero avispados. Quiero que escribáis y que les digáis a todos que Dios siempre se ha acordado de mí, incluso antes de que yo lo supiera. Que mi pena, mi gran pena es que yo pueda olvidarme de Dios por este mal del olvido que Él sabrá por qué me lo regala. Fermina ya no nos reconoce. Sólo sonríe cuando recibe la sagrada Hostia de la Comunión.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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