Mirar al que traspasaron (III)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2019.

Carta pastoral por el centenario de la consagración al S.C.

Ofrecemos, por tercer mes consecutivo, la continuación de la Carta pastoral escrita por los obispos de Getafe con motivo del centenario de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús. Este tercer capítulo (y último), que lleva por título «Transmitir esperanza en una nueva etapa evangelizadora», se completará en el próximo número de El Granito, junto con la conclusión del documento.


Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús (Hb 12,2), queremos responder a la llamada vigorosa del santo padre a poner la Iglesia entera en estado permanente de misión (cf. Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal Española, 3/3/2014) invitando al pueblo de Dios que nos ha sido confiado a renovar la consagración al Corazón de Jesús. Conscientes de que la primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido (cf. EG 264), sentimos la urgencia de proclamar el señorío de Jesucristo, único Mediador entre Dios y los hombres (1Tim 2,5): «Reconocemos que tenéis por blasón de vuestra divinidad conceder participación de vuestro poder a los príncipes de la tierra, y que de Vos reciben eficacia y sanción todas las leyes justas, en cuyo cumplimiento estriba el imperio del orden y de la paz. Vos sois el camino seguro que conduce a la posesión de la vida eterna; luz inextinguible que alumbra los entendimientos para que conozcan la verdad y el principio propulsor de toda vida y de todo legítimo progreso social, afianzándose en Vos y en el poderío y suavidad de vuestra gracia todas las virtudes y heroísmos que elevan y hermosean el alma» (Oración de consagración de España al Corazón de Jesús, 30/5/1919).

Toda la vida de Jesús habla a la propia vida. «Cada vez que uno vuelve a descubrirlo, se convence de que eso mismo es lo que los demás necesitan, aunque no lo reconozcan» (EG 65). Cuando sufrimos en el momento presente la dura experiencia de la indiferencia de muchos bautizados y tenemos que hacer frente a una cultura mundana, que arrincona a Dios en la vida privada y lo excluye del ámbito público, queremos escuchar la voz de quienes experimentan el cansancio de creer, de los que no encuentran el rostro de Cristo en su Iglesia, de los que buscan fuera de Jesucristo lo que sólo Él les puede dar, para recordar a todos –creyentes y no creyentes– que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas, que en el Corazón de Cristo encuentran curación las heridas del corazón humano.

Convencidos de que existe ya en todas las personas, por la acción del Espíritu Santo, una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre Dios, sobre el ser humano y sobre el camino que lleva a la liberación del pecado y de la muerte, que– remos compartir con todos el tesoro de nuestra fe en Jesucristo, mostrando la puerta de la fe a los que dicen no creer, bien porque nunca han recibido la palabra viva del Evangelio, bien porque, habiéndola recibido, se han alejado de ella. A cuantos caminan con gozo bajo la luz de la fe, les exhortamos a fortalecerla en el seno de la Iglesia, con el alimento de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, y a compartirla con los que no creen.

Todo acto de consagración al Corazón de Cristo, sea público o privado, individual o colectivo, implica siempre, junto al reconocimiento del honor debido a Dios y al compromiso de reparación, una respuesta generosa al mismo Cristo que nos envía al mundo entero a evangelizar, es decir, es un modo concreto de poner en ejercicio nuestra condición de discípulos de Jesucristo como misioneros de la misericordia divina. La renovación de la consagración de España al Corazón de Jesús aparece así como oportunidad magnífica (tiempo de gracia) para impulsar la nueva etapa evangelizadora que nuestro mundo, tantas veces sin saberlo, está esperando. Es providencial que nuestro Año jubilar se acerque a su fin precisamente cuando el papa ha convocado un Mes misionero extraordinario, en octubre de este año 2019, «con el fin de alimentar el ardor de la actividad evangelizadora de la Iglesia ad gentes» (Angelus, 22/10/2017). Uno de los cuatro motivos escultóricos que se encuentran a los pies de la columna que sostiene la imagen del Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles representa la España misionera, para recordar que el ardor evangelizador se alimenta en el Amor de Dios revelado en Jesucristo.

3.1. Evangelizar desde el Corazón
El momento presente exige, quizás más que nunca, evangelizar desde el Corazón. Jesús es el Maestro que modela el corazón de los discípulos y nos invita a aprender de su Corazón manso y humilde (cf. Mt 11, 29). Necesitamos aprender del Corazón de Cristo la lógica del corazón, como recordó el Presidente de la Conferencia Episcopal Española al peregrinar los obispos de las diócesis españolas al Cerro de los Ángeles: «El Corazón de Jesús es el faro luminoso en el horizonte de las personas y de la humanidad cuando triunfa la inclemencia, la dureza de las personas, las luchas y rupturas, la prepotencia de los poderosos, el rechazo de los descartados, la exclusión de los que llaman a las puertas… En un mundo frío, cosificado y despersonalizado… necesitamos que la lógica del corazón, que es la lógica del Evangelio del amor y del perdón, se transparenten y afiancen» (3/4/2019).

Deseamos que el Año jubilar marque un hito en la conversión misionera a la que nos llama la Iglesia por boca del papa Francisco (cf. EG 30). El final de este año será también el inicio de la puesta en práctica del Plan de evangelización que durante todo este curso pastoral estamos trabajando en la diócesis de Getafe. Los frutos del Año jubilar serán evangelizadores o no serán.

Todo proyecto evangelizador encuentra en el triple amor del Corazón de Cristo su punto de partida y de llegada. Jesús durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y nos ha amado a todos, con un amor particular y concreto: nos ha amado a todos y a cada uno de nosotros, y ha entregado su vida por cada uno: «el Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gál 2,20). Cristo nos ha amado con un corazón de hombre (cf. GS 22). Todos sus sentimientos tienen su raíz en el amor, están subordinados al amor y son expresión de su amor. En el Corazón de Jesús encontramos el signo eminente y el símbolo del triple amor con el que ama a Dios y a los hombres: el amor divino que le une al Padre y al Espíritu Santo, el amor infundido en su alma y el amor sensible que expresa y siente en su cuerpo, como muy bien expresó el papa Pío XII al presentar el triple amor del Corazón de Cristo.

«Luego, con toda razón, es considerado el corazón del Verbo Encarnado como signo y principal símbolo del triple amor con que el Divino Redentor ama continuamente al Eterno Padre y a todos los hombres. Es, ante todo, símbolo del divino amor que en Él es común con el Padre y el Espíritu Santo, y que sólo en Él, como Verbo Encarnado, se manifiesta por medio del caduco y frágil velo del cuerpo humano, ya que en Él habita toda la plenitud de la Divinidad corporalmente (Col 2, 9). Además, el Corazón de Cristo es símbolo de la ardentísima caridad que, infundida en su alma, constituye la preciosa dote de su voluntad humana y cuyos actos son dirigidos e iluminados por una doble y perfectísima ciencia, la beatífica y la infusa. Finalmente, y esto en modo más natural y directo, el Corazón de Jesús es símbolo de su amor sensible, pues el Cuerpo de Jesucristo, plasmado en el seno castísimo de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, supera en perfección, y, por ende, en capacidad perceptiva a todos los demás cuerpos humanos. Después que su Cuerpo, revestido del estado de la gloria sempiterna, se unió nuevamente al alma del Divino Redentor, victorioso ya de la muerte, su Corazón sacratísimo no ha dejado nunca ni dejará de palpitar con imperturbable y plácido latido, ni cesará tampoco de demostrar el triple amor con que el Hijo de Dios se une a su Padre eterno y a la humanidad entera, de la que con pleno derecho es Cabeza Mística» (Haurietis aquas, 15–16).

La veneración del Corazón traspasado del Redentor encuentra su fundamento en la certeza de la fe formulada de manera tan precisa por Pío XII: «El Corazón sacratísimo de Cristo Resucitado no ha dejado nunca ni dejará de palpitar con imperturbable y plácido latido, ni dejará nunca de demostrar su triple amor. La contemplación del Corazón de Cristo es el camino privilegiado para centrar la vida en el amor de Dios y responder a su amor con amor verdadero. Bien lo expresaba san Buenaventura cuando se preguntaba si era posible no devolver amor a quien tanto nos ha amado: «¿Se hubiese podido manifestar mejor tu amor de otra manera que dejándote no sólo atravesar tu cuerpo con una lanza, sino tu corazón? […] ¿Habrá alguien que no quiera amar este corazón herido por nosotros? ¿Cómo podría alguien no amar respondiendo a quien nos abraza con un amor tan grande?» (Vitis mystica 3, 5–6).

Del costado traspasado de Cristo ha brotado la realidad sacramental de la Iglesia, prolongando la dinámica sacramental de la revelación divina. Este costado es el manantial al que debemos acudir si queremos acoger la revelación del Padre y colmar los anhelos más profundos del corazón humano: «el que tenga sed que venga a mí y beba» (Jn 7, 37). En la veneración del Corazón humano de Jesús se venera el amor de Dios hecho hombre, a través de la fuerza natural simbólica del corazón. Por eso, el Corazón de Cristo es la escuela donde se alcanza el verdadero conocimiento del Redentor.

«Cincuenta años después [de la encíclica Haurietis aquas], sigue en pie la tarea siempre actual de los cristianos de continuar profundizando en su relación con el Corazón de Jesús para reavivar en sí mismos la fe en el amor salvífico de Dios, acogiéndolo cada vez mejor en su propia vida. El costado traspasado del Redentor es el manantial al que nos invita a acudir la encíclica Haurietis aquas: debemos recurrir a este manantial para alcanzar el verdadero conocimiento de Jesucristo y experimentar más a fondo su amor. De este modo, podremos comprender mejor qué significa conocer en Jesucristo el amor de Dios, experimentarlo, manteniendo fija la mirada en Él, hasta vivir completamente de la experiencia de su amor, para poderlo testimoniar después a los demás (Benedicto XVI, Carta al Prepósito General de la Compañía de Jesús; 23/5/2006).

El deseo ardiente que impulsa la misión del Hijo tiene su fuego en el triple amor del Corazón de Cristo. A Él, por tanto, debemos acudir para encender en nosotros la pasión por Jesús e impulsar la misión. Ahora bien, el entusiasmo por anunciar a Cristo deriva de la convicción de responder a la esperanza de que los anhelos del corazón del ser humano pueden ser colmados cuando se expresa adecuadamente y con belleza el contenido esencial del Evangelio, es decir, cuando, con nuestras palabras y obras, con lo que hacemos y padecemos, ayudamos a que otros descubran que «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» (EG 1).

Ginés García Beltrán (Obispo) y José Rico Pavés (Obispo Auxiliar de Getafe)
Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.

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