Editorial (octubre 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2019.

Sempiterno amante de las letanías

La Iglesia todos los años nos invita a recordar, en octubre, un aspecto fundamental de nuestra fe: la misión. El día del Domund, como se conoce tradicionalmente, nos permite no solo colaborar económicamente en el sostenimiento de las diversas tareas apostólicas de la Iglesia en el mundo, sino que nos impulsa a asumir con coherencia, realismo y fecundidad nuestra condición de personas en misión. Más aún en este Mes misionero extraordinario.

Octubre, además, tradicionalmente es el mes del Rosario. ¡Cuánto bien hace al mundo entero contemplar, con María, los misterios de la vida de Jesucristo y de su Madre, nuestra Madre! El Rosario misionero, además, nos permite tener presentes en nuestra oración a todas las personas del mundo, sin distinciones de geografías, religión o condición social.

Es común, por otra parte, que tras el rezo del Rosario se reciten las letanías, a modo de piropos a la Virgen a quien le pedimos interceda, pida, ruegue por nosotros, que tanto necesitamos de su ayuda maternal. Las letanías lauretanas son, simultáneamente, una forma de alabar y suplicar y, por lo tanto, una hermosa oración para nosotros que suspiramos «en este valle de lágrimas», como reza la Salve.

Las letanías, surgidas en los inicios de la cristiandad, eran originariamente un diálogo entre los sacerdotes y el pueblo en oración y en ellas se alababa e invocaba principalmente a Dios. Con el pasar de los siglos se comienzan a incluir alabanzas y peticiones a los santos y, de manera prominente, a la Virgen María. De todas formas, podemos hallar antecedentes de las letanías en los inicios del pueblo de Israel. El rezo repetitivo de alabanzas a Dios es muy común en los salmos, especialmente en el Salmo 136, en el que se alaba a Dios por tantas maravillas que ha creado.

Podemos decir que este natural impulso a alabar y suplicar está prácticamente inscrito en nuestro ADN de criaturas formadas a imagen y semejanza de Dios. No debería sorprender, por tanto, que también el Creador tuviese esta tendencia a la alabanza emocionada al mirar todo lo que ha salido de sus manos. Ya en el Génesis se dice que Dios contempló cuanto había hecho, y vio que «era bueno […] muy bueno» (1,10.12.18.21.25.31). No en vano la Sagrada Escritura lo afirma por seis veces.

Más aún, no son pocos los textos en los cuales Dios se muestra prácticamente como un enamorado de sus criaturas: «tú eres mío […]eres precioso ante mí, de gran precio» (Is 43,1.4); «te llevo tatuado en mis palmas» (Is 49,16). ¡Cómo exultará de gozo Dios al contemplar que nosotros, sus débiles criaturas, intentamos ser fieles seguidores de su Hijo! ¡Cuánto gozará con cada vaso de agua dado al sediento, con cada obra de misericordia puesta en práctica, con cada gesto hecho por la paz, con cada sufrimiento ofrecido por la salvación de quien más lo necesite!

Si a nosotros, seres humanos, nos agrada alabar y pedir, simultáneamente, a nuestra Madre del cielo, ¿no será porque hemos recibido como herencia de nuestra condición de hijos adoptivos que adquirimos por el Bautismo, ese impulso a contemplar y descubrir tantas maravillas que nos rodean? ¿No será, quizás, que Dios, día tras día, mañana tras mañana, contempla con gozo cada una de sus criaturas y canta (porque quien canta reza dos veces) sus letanías, es decir, las letanías de cada uno de nosotros? ¡Cuánto bien puede hacernos orar con esta idea: Dios me ama y me valora, por eso confía en mí. Mis actos, por pobres y sencillos que parezcan, son el instrumento que él quiso utilizar para mostrar su amor a todos! «

Publicado en Editorial, El Granito de Arena.

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