Orar con el obispo del Sagrario abandonado (octubre 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2019.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el Reino de los cielos(Mt 5,10)

«¡Qué bien viene meditar ante la turba de perseguidores del nombre cristiano que nos acosa, estas palabras de san Agustín: «No está pisoteado por los hombres el que padece persecución, sino el que, temiendo la persecución, se asusta y entontece. Porque no puede ser pisoteado sino el que está debajo: pero debajo no está el que, aunque sufra mucho en su cuerpo en la tierra, tiene su corazón fijo en el cielo!» Eso es recibir la persecución con dignidad y hasta con garbo» (OO.CC. II, n. 3024).

San Manuel González experimentó en su cuerpo y en su alma la persecución religiosa y todas sus consecuencias: antes del advenimiento de la República, el entonces obispo de Málaga ya había sido señalado como una de las primeras víctimas de la revolución. En diciembre de 1930 hubo el primer conato de intentar incendiar el Palacio Episcopal. En mayo de 1931, proclamada la República, incendiado el Palacio, tuvo que salir a la calle en medio de una muchedumbre exaltada, hasta que encontró refugio en casa de un sacerdote; desde allí lo llevaron varios amigos a Gibraltar, donde estuvo desterrado durante siete meses, hasta diciembre de 1931.

Los meses que estuvo en Ronda (Málaga), con la comunidad de los salesianos, la imposibilidad de ir a la ciudad, sede de su episcopado, el destierro en Madrid, la renuncia de su diócesis, la espera hasta el nombramiento como pastor de la sede palentina, son otras consecuencias duras de la persecución que padeció.

En el dolor, la amargura y el destierro, san Manuel lo vivió siempre, y todo, con esperanza, abrazado a la cruz del Señor, aguardando la dicha de la resurrección, en la certeza de la victoria del resucitado: « Y después continuad el paseo: ¡al monte de la religión, o sea al calvario! Fijad bien la vista. En él encontraréis dos aberturas en la roca: Una en la que estuvo sujeto el extremo de una cruz, y otra en forma de sepulcro… La cruz y el sepulcro están vacíos. El que murió en aquélla resucitó en éste… ¡Qué bien se leen en aquellas oquedades estas palabras: Con Jesús por el dolor a la gloria, por la muerte a la vida!… (OO.CC. II, n. 3028).

Adoremos a Cristo Eucaristía sintiéndonos acompañados y sostenidos por san Manuel, que intercede por nosotros, para que, en nuestras dificultades para manifestarnos cristianos en la esfera pública, seamos fuertes en el Señor y valientes en el testimonio de fe y en la defensa de la Madre Iglesia.

Oración inicial
Señor Jesús, tú que padeciste ser perseguido desde niño, con la muerte de los Inocentes, y que pasaste por la incomprensión de los tuyos desde el comienzo de tu vida pública, fortalécenos en la hora presente, para que, caminando a contracorriente de lo que piensa esta sociedad, seamos capaces de luchar por la justicia, renunciemos a una vida cómoda y mediocre y estemos dispuestos a jugarnos los bienes y nuestra seguridad por ti. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
1Pe 4,12-16

Meditación
Nadie quiere ser perseguido. Pero somos discípulos de aquel que padeció la muerte ignominiosa de la cruz, de aquel que «vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11), de aquel de quien anunciaron los profetas que sería despreciado y desechado por los hombres (cf. Is 53,3): Jesucristo, el Mesías de Dios. Él mismo se lo explicó a los dos discípulos de Emaús: «¿No era necesario que el Mesías padeciera todo esto para entrar en su gloria?» (Lc 24,26).

El fuego del Espíritu Santo ha hecho fuertes, valientes y decididos a quienes sufren persecución por el Evangelio: «Estad alegres en la medida que compartís los sufrimientos de Cristo» (1Pe 4,13). «En el sufrimiento, si se está en Dios, hay alegría», decía san Juan Pablo II.

Así lo ratifican tantos mártires: «Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras, para llegar a ser pan limpio de Dios. Rogad por mí a Cristo, para que, por medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios» (San Ignacio de Antioquía, carta a los Romanos)

El autor de la primera carta de san Pedro nos garantiza el gozo eterno a quien haya sufrido por Cristo: «De modo que, cuando se revele su gloria, gocéis de alegría desbordante» (1Pe 4,13).

Al igual que en las Bienaventuranzas, aquí también se llama «bienaventurado» a quien es ultrajado, perseguido o denigrado: «Si os ultrajan por el nombre de Cristo, bienaventurados vosotros, porque el Espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros» (1Pe 4,14).

Es siempre el Espíritu Santo quien alienta, sostiene e ilumina a los perseguidos o a los mártires, quien los hace fuertes en la debilidad, quien empuja a confesar –incluso en los tormentos más terribles- que Jesús es el Señor.

Dice el papa Francisco: «Las persecuciones no son una realidad del pasado, porque hoy también las sufrimos, sea de manera cruenta, como tantos mártires contemporáneos, o de un modo más sutil, a través de calumnias y falsedades» (GE 94).

Hoy, como ayer, la causa de Cristo, la instauración del Reino de Dios, el anuncio del Evangelio, la defensa de la justicia divina, la opción por los pobres, el clamor eclesial para que nadie pase necesidad…, siempre ha sufrido violencia.

Ya lo anunció Jesucristo; y así ha sucedido en la historia. Solo desde la fe en Él, desde la fidelidad a la verdad, de la fuerza del Espíritu se han mantenido fieles los perseguidos y los mártires: «Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios» (Jn 16,2).

Escuchemos nuevamente a san Manuel González
Antes de la proclamación de la República, cuando había estallado la persecución contra los cristianos en México, recién acabado el Seminario de Málaga (1927), recibió en este Seminario a cinco seminaristas mexicanos, que fueron expulsados de su país. D. Manuel andaba siempre escaso de recursos; pero nunca le faltaron ayudas: «Los pobres [seminaristas mexicanos] carecen casi de todo; de sotana, libros, ropa, etc., etc. Ya nos mandará el Amo para vestirlos y atenderlos. Y digo mal: ya ha comenzado el Amo a proveer a sus queridos perseguidos: un sacerdote diocesano me ofrece pagar la pensión anual de uno de los cinco. Otro manda para costear media pensión» (OO.CC. II, n. 2109).

Ante la persecución religiosa de los años 30 del siglo pasado, san Manuel observa dos posturas: «Todos sienten el embate del huracán, que tiene una dirección única: Cristo y lo que sepa a Cristo. Pero unos son empujados hacia dentro y otros hacia fuera. Y ¡fenómeno curioso! veo meterse arrolladas por los vientos hacia adentro gentes que estaban muy afuera [cristianos alejados que volvían a la Iglesia], y salirse afuera gentes que estaban o parecían estar muy adentro [cristianos supuestamente cumplidores]» (OO.CC. II, n. 3025).

La persecución por la causa de Cristo siempre pone en verdad a los cristianos: es la hora de dar la cara por el Señor y su Iglesia, o es la hora de huir o estar a dos aguas. ¡Qué claro y elocuente es san Manuel cuando describe las dos posturas! Escuchémosle: «Y sigo viendo que, guiados por la primera consigna, los de afuera, en número de legión se meten dentro, muy dentro del Corazón de Jesús y de su Iglesia con conversiones sinceras y adhesiones valientes, heroicas…y, musitando entre dientes la segunda consigna, como pretendiendo excusarse, van saliendo del santuario, de lo más hondo de la Iglesia uno, dos, tres, muchos no, pero no pocos en busca de su vivir… Y me pregunto con pena y hasta con lágrimas: ¿pero éstos que se van vivían dentro?, ¿dentro del Evangelio escrito?, ¿dentro del Evangelio vivo, el Sagrario? No vivían dentro de la Iglesia más que con el cuerpo. Con el alma, con el corazón, con la memoria, no, no… La Iglesia en todo tiempo, de prosperidad como de adversidad, es vida y da para vivir en todos los sentidos decentes de esta palabra. ¡Qué bien dicen los que entran y se adentran más, y qué consuelo siente mi corazón al oírlo: “Sin Cristo y sin su Iglesia no se puede vivir”! ¡Así! ¡De ninguna manera!» (OO.CC. II, n. 3026).

Ante la persecución que sufría la Iglesia en los años 30, en plena instauración de la República, san Manuel propone gestos de desagravio frente al mal que está padeciendo, devolviendo bien por mal. De nuevo, escuchémosle: « Mi madre la Iglesia sufre dura persecución en España; deber mío es, como católico y como español, desagraviarla. ¿Cómo? 1º Con mi adhesión, ahora más firme y más práctica, al Papa, a mi prelado y a mi párroco, y prometiendo creer con fe más viva todo su credo, cumplir sin respeto humano todos sus mandamientos, orar con más confianza filial y unido al Corazón de Jesús y a María Inmaculada, al levantarme y al acostarme y con la frecuencia que me enseña y recibir con la mayor sinceridad y limpieza y hacer que los que de mí dependan reciban sus santos sacramentos, singularmente la sagrada Eucaristía, que recibida diaria o frecuentemente cura todas las debilidades del alma e infunde fortaleza de héroe» (OO.CC. II, n. 3075).

Oración final
Oh Dios, Padre misericordioso, que por obra del Espíritu Santo mantienes la paz y la alegría, la serenidad y la fortaleza de los cristianos perseguidos; concédenos orar incesantemente por los cristianos que sufren todo tipo de humillaciones, desprecios, juicios falsos o cárceles por la causa del Reino de Dios, para que en medio de sus muchos sufrimientos se mantengan fieles a la fe que profesan. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.