Orar con el obispo del Sagrario abandonado (septiembre 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2019.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque de ellos es el Reino de los Cielos (Mt 5,9)

«¡Qué irradiación de paz, dominio de sí mismo, caridad atrayente y simpatía proyecta el amén prodigado afable y discretamente a esos mil tropiezos que el genio, los nervios y el amor propio de los demás nos regalan cada día, y cuando la naturaleza del tropiezo no lo permita sin mengua de nuestra conciencia, un gesto, al menos, que expresando la disconformidad insinúe deferencia y respeto al contrario!» (OO.CC. III, n. 5129).

El apostolado del amén es bueno, bonito y barato, dice san Manuel González, engendra paz, trae la paz. La paz es un fruto del Espíritu Santo, un don del cielo. Decir amén a todo no significa taparse los ojos a la injusticia, la opresión, el mal del mundo. No. Decir «amén» significa: «tener para todo gusto lícito del prójimo que tratamos, para toda opinión en materias opinables, hasta para cualquier capricho inocente o indiferente, un amén de apacible, cariñosa y sincera conformidad o deferencia respetuosa, al menos» (OO.CC. III, n. 5127).

«Los pacíficos son fuente de paz, construyen paz y amistad social. A esos que se ocupan de sembrar paz en todas partes, Jesús les hace una promesa hermosa: “Ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9)» (GE 88), dice el papa Francisco.

¡Qué mayor bien, qué gozo tan inmenso, qué certeza más firme que ser llamado hijo de Dios! Nada se le puede comparar. El Señor nos necesita como instrumentos de paz. Pero recordemos: nadie da lo que no tiene. Solo quienes están llenos de paz pueden generar paz a su alrededor, en cada relación humana.

Dice san Pablo en la carta a los colosenses: «que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo» (3,15).

Es un don del Espíritu. Es un rasgo de identidad del discípulo de Cristo. Es el saludo del Resucitado también hoy para nosotros: «Paz a vosotros». Es un fruto del Consolador que siembra, de continuo, en el cuerpo místico de la Iglesia para que reine el diálogo, la acogida mutua, el amor de unos a otros, en las relaciones del matrimonio, de la familia, o cualquier otra comunidad eclesial.

Delante de Jesús Sacramentado, adorándolo con humildad y sencillez, de todo corazón y con toda el alma, pidámosle que nos llene de su paz, para que seamos generadores de paz y alegría, consuelo y felicidad, en su Nombre, con su gracia y su poder.

Oración inicial
Oh, Padre, de quien dimana todo bien, que has enviado a tu Hijo como Príncipe de la paz, para que construyamos unidad y comunión en la familia o en cualquier comunidad cristiana, sumérgenos en el océano inmenso de tu paz, para que desaparezca de esta tierra todo vestigio de odio, rencor o venganza; así alcanzaremos de ti, por tu Espíritu, la civilización del amor, la cultura de la verdad y el gesto continuo de la reconciliación. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Flp 4,5-7

Meditación
El Señor Jesús ha prometido estar con nosotros siempre. Está cerca. Más íntimo que nuestra más íntima intimidad. Está amándonos, bendiciéndonos, perdonándonos. Con Él nada nos preocupa. Porque Él es nuestro tesoro, nuestra perla preciosa. Él es nuestra paz. Cuando oramos con confianza, cuando invocamos al Espíritu Santo, cuando nos reconciliamos con quien estábamos enemistados, cuando nos dejamos bañar en misericordia por el Sacramento del perdón, entonces el Consolador nos colma de paz.

Esa paz de Dios supera todo lo que podamos imaginar y pensar. Esa paz penetra e inunda nuestra mente, corazón y alma, dejando un poso bellísimo de sosiego, calma y quietud evangélica, fruto de la gracia, y no logro de un ejercicio de psicologización. Es la paz que nace de lo alto, la paz que cantaban los ángeles en la noche de Belén: «gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» (Lc 2,14).

Esa paz interior, fruto del Espíritu, se conserva también, por la acción divina, en las tormentas del alma, en las noches oscuras de la fe, en las enfermedades terminales, en medio de las calumnias de otros, en los conflictos comunitarios, en los fracasos pastorales, en la pérdida de los seres queridos.

Hermanos, os hablo por experiencia propia y por lo que he podido escuchar, ver y palpar en bastantes personas creyentes en algunas de las situaciones antes mencionadas. Ha sido un regalo inmenso (¡e inmerecido!) de Dios sentirme enseñado por tales cristianos (sacerdotes, seminaristas, consagrados y laicos). Su sufrimiento lo vivieron sin perder la paz, porque estaban abiertos a la acción de Dios, a la fuerza del Espíritu, a la confianza absoluta en las manos del Padre.

He sido un afortunado acompañando a personas de fe en su soledad, enfermedades, persecuciones o muerte de familiares. Siempre he palpado que, en medio de su dolor y aridez en la oración nunca les faltó la paz. ¡Dios sea bendito! ¡Glorificado sea su Nombre!

Escuchemos nuevamente a san Manuel González
«Apostolado menudo llamé a éste al principio y tentado estoy de elevarlo a grande, inmenso, al cerrar estas reflexiones. ¡Cómo están pidiendo a gritos la paz de los pueblos, de las familias, de las comunidades, hermandades y agrupaciones de hombres y la amistad de los corazones y el buen orden de la vida la intervención y multiplicación de los apóstoles de dar la razón y por medio de su apostolado el apaciguamiento, el consuelo, la rehabilitación, la concordia, la cordialidad de las almas heridas y lastimadas por esta funesta avaricia de no dar la razón al que manda!

Corazón de Jesús, tan generoso en dar la razón al César en lo que es del César y tan sereno y apacible en negarla en lo que no lo es, multiplica entre tu pueblo los menudos apóstoles de dar la razón al que en tu Nombre manda…» (OO.CC. III, nn. 5125-5126).

«Sigo sin ver mi seminario, refugiado siete meses en Gibraltar, otros tantos en Ronda, cuatro sin residencia fija, esperando si me dejan entrar en mi diócesis, y desde noviembre de 1932, en Madrid… ¡También el Maestro querido fue echado y tuvo que esconderse!…

¡Viva la paz de Jesús en el destierro! Como a Él y a sus padres, se me ha dicho: “Huye a Egipto y está allí hasta que te avise”» (OO.CC. III, n. 2154).

Oramos juntos
¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!
Que allí donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya discordia, ponga yo unión;
donde haya error, ponga yo verdad;
donde haya duda, ponga yo fe;
donde haya desesperación, ponga yo esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo luz;
donde haya tristeza, ponga yo alegría.
¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto
ser consolado como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar.
Porque dando es como se recibe;
olvidando, como se encuentra;
perdonando, como se es perdonado;
muriendo, como se resucita a la vida eterna.
Oración atribuida a san Francisco de Asís

Oración final
Bendito y alabado seas, Padre Dios, por el don de la paz, porque haces bienaventurado a quien pacificas en su corazón, con el perdón y la misericordia; haznos instrumentos de tu paz para que seamos reposo para nuestros hermanos. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.