La FER en el mundo

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2019.

Inicios misioneros en Jaén

Quienes tuvimos la fortuna de conocer y tratar a Lola Maza Selas –tía Lola–, estamos convencidos de que pudo comparecer dichosa ante el tribunal celestial, confiada y sencilla, sometida al juicio del Dios de los justos; ante Él vivió con verdad y humildad. Tía Lola no se fue, tan solo se nos adelantó, pues para quien ha recibido el Espíritu de Dios no hay interrupción de vida, la muerte es solo una necesidad física.

Lola Maza hizo centro de su vida a Jesús Eucaristía desde su recia fe y derroche de obras de misericordia, desde su piedad y devociones, desde su generosidad sin límites, y desde la sabiduría que transmitía con sus certeros juicios de discernimiento entre el bien y el mal. Y, de ahí, siempre su clara opción por el bien, por hacer el bien, con la luz que ilumina a quien camina de día y que siempre encontró en el resplandor de ese Jesús presente y permanente que se nos regaló; presente y permanente en el Sagrario.

Hablar de Lola Maza es hacerlo de una María de los Sagrarios cabal, comprometida, militante, apóstol y referencial. Tía Lola estaba enamorada del Sagrario, donde siempre encontró la compañía de su Divino Morador, el consuelo, la ayuda, el cobijo, el encanto, el descanso, el ánimo, la fuerza y el tesón; eran continuos y constantes sus diálogos con Dios hecho Eucaristía, a su presencia, celosa de su cuidado, postrada con humildad, con inquietud y con dedicación; postrada con amor. Era María y, por ello, mujer de oración, suplicante y laudatoria, silente y vivencial, íntima y siempre apasionada. «Sed angelicalmente puras, eucarísticamente piadosas, y apostólicamente activas», nos decía san Manuel González. Así la recordamos, angelical, piadosa, apóstol y sobre todo una mujer eucarística, enamorada de Jesús.

Quedó pronto viuda sin nunca flaquear en su docilidad a la voluntad de Dios. Sus días, sus horas, eran permanente entonación del fiat mihi. Amando al Dios Trino fue pródiga en sus obras de amor con el prójimo; generosa en lo material y en su disponibilidad al consuelo y la entrega hacia el necesitado. La recordamos en sus últimos años, ya impedida, al abrigo de su mesa de camilla, todo sobriedad a su alrededor, que para estar a gusto basta con Él, pues el derroche lo reservaba para amar a Dios, siempre con sus oraciones, sus lecturas piadosas y su Rosario cuyas cuentas desgranaba en un dulce silencio con la mirada clavada en su alma, fijamente, como quien con Ella conversa desde el corazón. Tía Lola era profundamente mariana. Firmemente devota de la patrona de la ciudad de Jaén, ofreció su trabajo, esmero y delicadeza a Nuestra Señora de la Capilla, de la que fue camarera mayor, cuidó su imagen con la ternura de una madre desvivida, y fue pródiga en propagar su devoción y difusión del mensaje de paz, amor y cercanía que el Blanco Cortejo Celestial trajo a la ciudad aquella noche del año 1430.

Lola Maza, mujer fuerte, de carácter recio, sólida personalidad, firmes creencias, de mente clara, apasionada en la defensa de sus principios que no eran otros que los propios de su fe, fe sin ambages ni requiebros. Jesús y María, Eucaristía y amor maternal; adoración y devoción. Fue cautivada por el carisma de san Manuel González, «Don Manuel» por entonces, y fue apóstol y activa misionera desde su compromiso como María de los Sagrarios. Su casa familiar, en el Paseo de la Estación, ya derruida, donde hoy se ubica el Pasaje Maza, fue el primer hospedaje y hogar de las hermanas Misioneras Eucarísticas de Nazaret en su llegada a Jaén hasta que pudieron contar con casa propia. Infatigable trabajadora, con su vitalidad y alegría siempre estuvo dispuesta para llevar y difundir por nuestra provincia, con sus hermanas de Nazaret, la Buena Nueva de Jesús en el Sagrario, vivo y presente, resplandeciente y acogedor. No, Jesús no podía estar solo allí, abandonado. Bien había calado el mensaje en tía Lola. Jesús se quedó con nosotros en la Eucaristía para que pudiéramos visitarlo, acompañarle, estar con Él, llevarlo a nuestro corazón, acomodarlo en nuestra alma, y comulgarlo.

Desde el respeto y la admiración, por su ejemplo, por su testimonio, por su semilla regalada, por el fruto cosechado, por su huella imborrable, por su modo de enseñarnos a amar a Jesús sin medida, por mostrarnos desde la sencillez el deleite de acompañar a Jesús Eucaristía en el Sagrario, y porque es un acto de gratitud y justicia, he querido traer hoy a estas páginas el testimonio de El Granito de Arena que tía Lola puso en nuestra gran Obra, Iglesia viva y Pueblo de Dios. La imagen de Nuestra Señora de la Capilla se encuentra en la capilla de su nombre, dentro de la basílica menor de San Ildefonso, en Jaén, junto a su hijo presente en el Sagrario que preside. ¡Cuántos rosarios a sus pies! Padre nuestro, Dios te salve, y siempre Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, rezó arrobada por su piedad, ¡cuántas intenciones elevadas al Cielo! Allí, en aquella capilla que se cuidaba de adornar y para que nunca faltaran flores a sus plantas en una permanente primavera.

Sí, no dudamos que hoy, desde su lugar en la Iglesia triunfante, sus oraciones al Padre, iluminada por su resplandor divino, ruegan por nosotros para contagiarnos su alegría y su compromiso. Gracias, tía Lola, por tu lección y por tu bonito recuerdo y edificante ejemplo de vida.

Carmen Mª Maza Montero (UNER Jaén)
Publicado en El Granito de Arena, La FER en el mundo.

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