Homilía del papa en la celebración del Corpus Christi (2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2019.

La Eucaristía nos transmite la mentalidad de Dios

El pasado 23 de junio, un año más la Iglesia ha celebrado con especial gozo y gratitud la solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. El papa Francisco, al dirigirse a los fieles congregados en la Plaza de San Pedro para el Ángelus el miércoles 19, destacó lo siguiente:


«La Eucaristía es la síntesis de toda la existencia de Jesús, que ha sido un único acto de amor al Padre y a sus hermanos. También allí, como en el milagro de la multiplicación de los panes, Jesús tomó el pan en sus manos, elevó al Padre la oración de bendición, partió el pan y se lo dio a los discípulos; e hizo lo mismo con el cáliz de vino. Pero en aquel momento, la víspera de su Pasión, quiso dejar en ese gesto el Testamento de la nueva y eterna Alianza, memorial perpetuo de su Pascua de muerte y resurrección.

La fiesta del Corpus Christi nos invita cada año a renovar el asombro y la alegría por este maravilloso don del Señor, que es la Eucaristía. Acojámoslo con gratitud, no de manera pasiva y por costumbre. No tenemos que acostumbrarnos a la Eucaristía e ir a comulgar por costumbre. ¡No! Cada vez que nos acercamos al altar para recibir la Eucaristía, debemos renovar verdaderamente nuestro “Amén” al Cuerpo de Cristo… que sea un “Amén” que brota del corazón, convencido. Es Jesús, que me ha salvado. Es Jesús, que viene a darme la fuerza para vivir. Es Jesús, Jesús vivo. No tenemos que acostumbrarnos: que cada vez sea como la primera Comunión.

Expresión de la fe eucarística del pueblo santo de Dios son las procesiones con el Santísimo Sacramento, que en esta solemnidad tienen lugar en todas partes en la Iglesia católica. […] Que la Santísima Virgen nos ayude a seguir con fe y amor a Jesús, que adoramos en la Eucaristía».

Homilía en la solemnidad
En la tarde, el santo padre se unió a la comunidad parroquial de Santa María Consoladora, en el barrio romano de Casal Bertone. Presidió la Eucaristía en el atrio del templo y, a continuación, la procesión con el Santísimo Sacramento. Durante la Misa dirigió la homilía que publicamos:

La Palabra de Dios nos ayuda hoy a redescubrir dos verbos sencillos, dos verbos esenciales para la vida de cada día: decir y dar.

Decir
Decir. En la primera lectura, Melquisedec dice: «Bendito sea Abrán por el Dios altísimo […]; bendito sea el Dios altísimo» (Gn 14,19-20). El decir de Melquisedec es bendecir. Él bendice a Abraham, en quien todas las familias de la tierra serán bendecidas (cf. Gn 12,3; Ga 3,8). Todo comienza desde la bendición: las palabras de bien engendran una historia de bien.

Lo mismo sucede en el Evangelio: antes de multiplicar los panes, Jesús los bendice: «tomando él los cinco panes y los dos peces, y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos» (Lc 9,16). La bendición hace que cinco panes sean alimento para una multitud: hace brotar una cascada de bien.

¿Por qué bendecir hace bien? Porque es la transformación de la palabra en don. Cuando se bendice, no se hace algo para sí mismo, sino para los demás. Bendecir no es decir palabras bonitas, no es usar palabras de circunstancia: no; es decir bien, decir con amor. Así lo hizo Melquisedec, diciendo espontáneamente bien de Abraham, sin que él hubiera dicho ni hecho nada por él. Esto es lo que hizo Jesús, mostrando el significado de la bendición con la distribución gratuita de los panes.

Cuántas veces también nosotros hemos sido bendecidos, en la iglesia o en nuestras casas; cuántas veces hemos escuchado palabras que nos han hecho bien, o una señal de la cruz en la frente… Nos hemos convertido en bendecidos el día del Bautismo, y al final de cada Misa somos bendecidos. La Eucaristía es una escuela de bendición. Dios dice bien de nosotros, sus hijos amados, y así nos anima a seguir adelante. Y nosotros bendecimos a Dios en nuestras asambleas (cf. Sal 68,27), recuperando el sabor de la alabanza, que libera y sana el corazón. Vamos a Misa con la certeza de ser bendecidos por el Señor, y salimos para bendecir nosotros a su vez, para ser canales de bien en el mundo.

Unción de amor
También para nosotros: es importante que los pastores nos acordemos de bendecir al pueblo de Dios. Queridos sacerdotes, no tengáis miedo de bendecir, bendecir al pueblo de Dios. Queridos sacerdotes: Id adelante con la bendición: el Señor desea decir bien de su pueblo, está feliz de que sintamos su afecto por nosotros. Y solo en cuanto bendecidos podremos bendecir a los demás con la misma unción de amor.

Es triste ver con qué facilidad hoy se hace lo contrario: se maldice, se desprecia, se insulta. Presos de un excesivo arrebato, no se consigue aguantar y se descarga la ira con cualquiera y por cualquier cosa. A menudo, por desgracia, el que grita más y con más fuerza, el que está más enfadado, parece que tiene razón y recibe la aprobación de los demás.

Nosotros, que comemos el Pan que contiene en sí todo deleite, no nos dejemos contagiar por la arrogancia, no dejemos que la amargura nos llene. El pueblo de Dios ama la alabanza, no vive de quejas; está hecho para las bendiciones, no para las lamentaciones. Ante la Eucaristía, ante Jesús convertido en Pan, ante este Pan humilde que contiene todo el bien de la Iglesia, aprendamos a bendecir lo que tenemos, a alabar a Dios, a bendecir y no a maldecir nuestro pasado, a regalar palabras buenas a los demás.

Dar
El segundo verbo es dar. El «decir» va seguido del «dar», como Abraham que, bendecido por Melquisedec, «le dio el diezmo de todo» (Gn 14,20). Como Jesús que, después de recitar la bendición, dio el pan para ser distribuido, revelando así el significado más hermoso: el pan no es solo un producto de consumo, sino también un modo de compartir.

En efecto, sorprende que en la narración de la multiplicación de los panes nunca se habla de multiplicar. Por el contrario, los verbos utilizados son «partir, dar, distribuir» (cf. Lc 9,16). En resumen, no se destaca la multiplicación, sino el compartir. Es importante: Jesús no hace magia, no transforma los cinco panes en cinco mil y luego dice: «Ahora, distribuidlos». No. Jesús reza, bendice esos cinco panes y comienza a partirlos, confiando en el Padre. Y esos cinco panes no se acaban. Esto no es magia, es confianza en Dios y en su providencia.

En el mundo siempre se busca aumentar las ganancias, incrementar la facturación… Sí, pero, ¿cuál es el propósito? ¿Es dar o tener? ¿Compartir o acumular? La economía del Evangelio multiplica compartiendo, nutre distribuyendo, no satisface la voracidad de unos pocos, sino que da vida al mundo (cf. Jn 6,33). El verbo de Jesús no es tener, sino dar.

Fructifica lo que se da
La petición que él hace a los discípulos es clara: «Dadles vosotros de comer» (Lc 9,13). Tratemos de imaginar el razonamiento que habrán hecho los discípulos: «¿No tenemos pan para nosotros y debemos pensar en los demás? ¿Por qué deberíamos darles nosotros de comer, si a lo que han venido es a escuchar a nuestro Maestro? Si no han traído comida, que vuelvan a casa, es su problema, o que nos den dinero y lo compraremos». No son razonamientos equivocados, pero no son los de Jesús, que no escucha otras razones: «Dadles vosotros de comer».

Lo que tenemos da fruto si lo damos –esto es lo que Jesús quiere decirnos–; y no importa si es poco o mucho. El Señor hace cosas grandes con nuestra pequeñez, como hizo con los cinco panes. No realiza milagros con acciones espectaculares, no tiene la varita mágica, sino que actúa con gestos humildes. La omnipotencia de Dios es humilde, hecha solo de amor. Y el amor hace obras grandes con lo pequeño.

La Eucaristía nos lo enseña: allí está Dios encerrado en un pedacito de pan; sencillo y esencial, Pan partido y compartido. La Eucaristía que recibimos nos transmite la mentalidad de Dios y nos lleva a entregarnos a los demás. Es antídoto contra el «lo siento, pero no me concierne»; contra el «no tengo tiempo, no puedo, no es asunto mío»; contra el mirar desde la otra orilla.

Ser don y bendición
En nuestra ciudad, hambrienta de amor y atención, que sufre la degradación y el abandono, frente a tantas personas ancianas y solas, familias en dificultad, jóvenes que luchan con dificultad para ganarse el pan y alimentar sus sueños, el Señor te dice: «Dales de comer tú mismo». Y tú puedes responder: «Tengo poco, no soy capaz de estas cosas». No es verdad, lo poco que tienes es mucho a los ojos de Jesús si no lo guardas para ti mismo, si lo arriesgas. También tú, arriesga. Y no estás solo: tienes la Eucaristía, el Pan del camino, el Pan de Jesús.

También esta tarde nos alimentaremos de su Cuerpo entregado. Si lo recibimos con el corazón, este Pan desatará en nosotros la fuerza del amor: nos sentiremos bendecidos y amados, y querremos bendecir y amar, comenzando desde aquí, desde nuestra ciudad, desde las calles que recorreremos esta tarde. El Señor viene a nuestras calles para decir–bien, decir bien de nosotros y para darnos ánimo, darnos ánimo a nosotros. También nos pide que seamos don y bendición.

Papa Francisco
Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.

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