Historias de familia (julio-agosto 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2019.

«De mi veraneo»

En El Granito de Arena de julio de 1913, D. Manuel, con bastante guasa, escribía bajo las palabras de nuestro titular: «Quizás y sin quizás, comente algún lector menos benévolo el titulejo con esta pregunta: ¿Pero también V. se permite el lujo de veranear? –Sí, señor, este pobre mortal a pesar de sus cargos y cargas que lo tienen con el agua al cuello por vida, también se permite el lujo de imitar a los sportmans y elegantes y echar una canita al aire por esos mundos de Dios» (20/7/1913, n. 138, p. 1).

Pues bien, el arcipreste de Huelva pasaría aquel verano cruzando España para intervenir en el Congreso Catequético de Valladolid atendiendo, en el camino, a varios grupos de Marías de los Sagrarios, desplegando su actividad incesante en ese su empeño de acabar con el abandono de los Sagrarios. Los siguientes Granitos se hicieron eco muchas de las actividades desarrolladas por san Manuel, como por ejemplo los encuentros con las Marías de Ávila y Salamanca (cf. 5/8/1913, n. 139, pp. 1-6 y 20/7/1913, n. 138, pp. 3-4).

Costumbre viajera
En aquellos años, los primeros del s. XX, empezó a generalizarse, entre las familias acomodadas, la costumbre de pasar el verano fuera de la residencia habitual y entre los más jóvenes se instauraría la moda de hacer viajes, especialmente al extranjero, durante los meses estivales. Viajar era sinónimo de un pequeño lujo y con esto bromeaba san Manuel, quien, en efecto, viajó mucho en aquel verano de 1913. Sin lugar a dudas hizo más kilómetros que la mayor parte de aquellos elegantes viajeros. Los suyos, sin embargo, lejos de suponer una actividad de relax y descanso, fueron auténticas maratones apostólicas. Baste leer las crónicas que de aquel tour escribiría para varios números de El Granito de Arena (cf. 20/7/1913, n. 138 a 20/8/1913, n. 140).

En 1913, D. Manuel, a sus 36 años, parecía incansable, pero su salud, ya entonces, no era demasiado buena. Conocedor de la importancia de encontrarse en forma, aceptaba las invitaciones de las familias conocidas para tener unos días de descanso en sus casas.

De joven había pasado sus días de vacaciones en Antequera, la ciudad donde nacieron sus padres. Siendo seminarista, él mismo cuenta su experiencia en los días de vacaciones que pasó en Alameda, el pueblo de su admirado pae Pérez (cf. Campos Giles, J., El obispo del Sagrario Abandonado 7ª, t. I, p. 57). Seguramente sus primeros días de descanso una vez que ordenado sacerdote se hizo cargo de la parroquia de San Pedro, serían en los alrededores de Valverde del Camino, una población no demasiado distante de Huelva, donde ejercía como párroco un buen amigo, D. Jesús de Mora. En la pascua de 1907 ya pasó unos días en la Dehesa Blanco, en la aldea de Candón, recuperándose de los graves resfriados que había padecido durante el invierno y que le habían dejado muy débil. Tenía que estar fuerte pues era mucho el trabajo a realizar. Don Manuel alguna vez recordó un dicho que se atribuye a su admirada santa Teresa de Jesús: «sana, trabajar hasta enfermar; enferma, curar hasta sanar». Mientras vivió en Huelva, D. Manuel no fue muy lejos en sus pequeñas temporadas de descanso. En ocasiones se desplazaba como hemos dicho hasta Valverde del Camino, alejándose de la humedad de la capital. Era un pueblo donde contaba con buenos amigos y podía respirar un aire del campo que le resultaba reconstituyente.

Al mismo tiempo, con su presencia alentó en este pueblo varias obras sociales promovidas por D. Jesús de Mora, algunas de las cuales, como el Círculo católico o las Escuelas vicentinas, aún siguen activas. En alguna ocasión y aprovechando su amistad con la familia del cardenal Marcelo Spínola, se desplazó hasta Sanlúcar de Barrameda, en la desembocadura del Guadalquivir, donde confluyen las provincias de Huelva y Cádiz. Siempre eran una oportunidad para el apostolado y aprovechaba para establecer un centro de Marías de los Sagrarios, predicar en alguna función religiosa, atender a personas que querían conocerle, etc.

No tuvo descanso alguno en sus primeros años de obispo en Málaga pero a partir de 1920 tenemos noticia de que empezó a tomar algunos días de vacaciones en el Norte de España, huyendo de las altas temperaturas de Andalucía. Mieres del Camino es el centro del concejo del mismo nombre en la montañosa región de Asturias, donde existía una importante industria minera. Desde hacía unos años un ingeniero malagueño se había hecho cargo de aquellas minas, D. Manuel Loring Martínez de Heredia, que en 1911 y como reconocimiento a su labor con los mineros de aquella zona, recibió del rey Alfonso XIII el título de Conde de Mieres. Él y su esposa, Dña. Marta Guilhou y Georgeant, eran colaboradores en las obras de D. Manuel (el nombre de ambos aparece en la primera piedra del Seminario de Málaga) y le ofrecieron alojamiento en su residencia en Mieres. Desde allí no pudo dejar de visitar la cueva de Covadonga y saludar a la Virgen, la «santina» como la llaman sus hijos asturianos.

Remiendo de fuerzas
«¡Bien nos hace falta un remiendo de fuerzas y descanso!», escribía D. Manuel en el verano de 1929 unos días antes de salir de viaje hacia Elorrio. Probablemente en 1923 había ido hasta allí para pasar unos días de descanso con los frailes asuncionistas, que así se conocen a los religiosos agustinos de la Asunción establecidos en este pueblo de Vizcaya desde 1907. Allí coincidió con los condes de Lariz, el matrimonio formado por D. Antonio de Murua y Rodríguez de Paterna y Dª. Trinidad de la Quintana y Salcedo, residentes en San Sebastián que pasaban en Elorrio los veranos en una hermosa casa, en la que le ofrecieron alojamiento. A partir de 1926, D. Manuel visitará, prácticamente cada año, este pueblo.

El conde de Lariz pertenecía a una familia vizcaína con orígenes en la ciudad de Vergara, donde, precisamente en la capilla de la familia Murua, predicaría san Francisco Javier. Generosos con la Iglesia, el papa Pío X le había otorgado ese título de nobleza. La casa, de tres plantas, tiene las características propias de los caseríos de aquella zona, y cuenta con un amplio jardín que se puede contemplar desde la galería del tercer piso. Cinco plátanos, centenarios, recuerdan a los cinco hijos del primer dueño de la casa y un surtidor de agua alegraba el estanque. Todavía hoy lo recuerda así, a sus casi 90 años, el sacerdote D. Manuel Sancristobal Murua, sobrino–nieto de los condes de Lariz que pasaba de niño las vacaciones allí, junto a su tía Trinidad, que había enviudado en 1931 y su tío, el sacerdote D. Juan Murua. Ambos, con frecuencia, le hablaban acerca de «el obispo» recordando anécdotas de sus estancias en aquella casa.

La parroquia de Elorrio, por su parte, tiene una torre muy especial. Por alguna razón fue construida imitando el último cuerpo de la Giralda de Sevilla (durante años incluso estuvo dotada de una veleta similar a la que la corona y que los sevillanos denominan giraldillo). Es fácil imaginar con cuanta ilusión miraría D. Manuel aquella torre que le recordaría sus años de niño seise, bailando ante el Santísimo mientras sonaban sus campanas.

Dos santos en Lariz
Se da la circunstancia que muchos años después, otro santo se alojaría en Lariz. En 1964 sería san Josemaría Escrivá quien pasaría allí su veraneo. Se da la feliz circunstancia que hoy esa casa está dedicada a celebrar convivencias, cursos de retiro, encuentros de estudiantes, y otras actividades que se desarrollan, confiadas a la prelatura del Opus Dei. En su oratorio, unidos ante el Señor, están las reliquias de estos dos santos del s. XX. De todos es conocida la admiración de san Josemaría por el obispo Manuel González, y también sabemos que este siempre le animó a llevar a cabo su obra. Es bonito pensar que, unidos en vida por en el celo de llevar almas a Cristo, ahora siguen intermediando por ello.

Si estando en Mieres D. Manuel podía acercarse a rezar a la Virgen de Covadonga, durante los veranos en Elorrio pudo escaparse en muchas ocasiones para postrarse ante la Virgencita blanca de Lourdes, disfrutar de aquel lugar en los Pirineos y poner la obra de las Marías bajo su manto.

Fueron muchos los acontecimientos que vivió D. Manuel en aquella casona de Elorrio. Allí volvería desde Ronda en el verano de 1932 cuando, mientras pensaba en instalarse de nuevo en Málaga, recibió la noticia de que no volvería a su diócesis. En septiembre de 1934, redactará allí el prólogo de Un sueño pastoral, también los reglamentos de las Marías y será allí, en 1935, donde, tras recibir su nombramiento como obispo de Palencia, el 24 de septiembre escribirá la carta de despedida a sus amadísimos diocesanos de Málaga ¡Cuántas cartas a familiares y amigos escribió desde Lariz! En octubre de 1939 acudió unos días a Elorrio, en la confianza de que unos días de descanso allí mejorarían su salud, entonces ya muy quebrantada, y en aquel otoño echaría esa última mirada a la pequeña Giralda.

Don Manuel solía hablar de aprovechar los veranos, para dos cosas: para descansar y para estar más cerca del Señor. De modo que acabo con un deseo para todos los lectores de El Granito, uno que copio de la despedida de una carta que él escribió en el verano de 1918: «que el Amo les conceda un buen verano y que a nosotros no nos achicharre más que en su amor».

Aurora Mª López Medina
Publicado en El Granito de Arena, Historias de familia, San Manuel González, San Manuel González García.

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