Orar con el obispo del Sagrario abandonado (julio-agosto 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2019.

«Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8)

Dice san Manuel: «Marías, Marías, aquí tenéis una oración tan breve como jugosa delante de vuestras cruces de cada día: ¡Señor, que yo entienda lo bueno y lo necesario de mi cruz! […] Ver a Dios, aun en la cruz, es la bienaventuranza prometida a los limpios de corazón. ¿Os habéis dedicado formalmente a ver a Dios en vuestras cruces? ¡Ya sabéis: el corazón limpio!» (OO.CC. II, nn. 2860-2861).

Esta bienaventuranza está muy relacionada con la primera: los pobres de espíritu. Los limpios de corazón son los sencillos, los puros, los que miran y oyen sin malicia ni suciedad, los que dejan a Jesús que les tome posesión, porque así podrán exclamar como san Pablo: «vivo yo pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20).

San Manuel da un paso más: invita a mirar la cruz de cada día con ojos limpios, a descubrir que en esas pequeñas cruces de los avatares diarios Cristo vivo lleva con nosotros la cruz. Es nuestro mejor cireneo.

Es bueno y necesario pedirle una mirada de fe ante los acontecimientos y las personas: «préstame, Jesús, tus ojos, para que mire a los demás como tú les miras».

Con los ojos de Jesús prestados para nuestras miradas, en todo y en todos descubriremos su presencia luminosa y consoladora. Nada lo miraremos como casualidad o mala suerte (o buena suerte), sino con ojos de fe: «sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rm 8,28). Delante de Jesús Eucaristía, postrados a sus pies, adorando su Presencia sacramental, reconociéndole como sabiduría del Altísimo y fuerza de Dios, como Pan vivo bajado del cielo, necesitamos un corazón nuevo, una mirada nueva, un pensamiento nuevo: «Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará […]; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne» (Ez 36,25-26).

Es con el corazón nuevo, con el espíritu nuevo, como abrazaremos la cruz de cada día y en todo veremos la mano providente de Dios. Así lo sigue diciendo san Manuel a las Marías de los Sagrarios: «Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver. ¿Serán éstos los que no pueden ver ni pintada la cruz? ¡Desgraciados! no saben que la cruz no se hace pesada más que a los que se empeñan en no quererla ver ni llevar[…] Un consejo a las almas que no quieren o no pueden llevar cruz: Vuestro no poder o no querer procede de que habéis olvidado que antes del Viernes Santo está el Jueves Santo: Esto es, que antes del calvario está el Cenáculo (OO.CC. II. nn. 2861. 2863).

Oración inicial
Oh Dios que no te fijas en las apariencias, sino que ves lo que hay en el corazón de cada persona, purifícanos con tu gracia, para que nuestros pensamientos, deseos y acciones transparenten tu caridad de Padre y en todo busquemos tu voluntad. PNSJ.

Escuchemos la Palabra
1P 1,22-23

Vivir purificados
La limpieza de corazón es obra de Dios. Él es quien arranca de nosotros el corazón de piedra y nos da un corazón de carne. Él es quien nos transforma con su amor purificador: «Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todo» (Ef 4,6).

Es mediante su Palabra, viva y eficaz, penetrante como espada de doble filo, como nos va transformando, limpiando, regenerando: «lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero […] tu palabra Señor es eterna más estable que el Cielo […] tus preceptos son mi delicia, tus enseñanzas son mis consejeros» (Sal 119,105. 89. 24).

La escucha atenta y meditativa de la Palabra nos purifica, nos libra de todo afecto desordenado y nos introduce en la obediencia incondicional a la voluntad del Padre. Esta disponibilidad a los planes de Dios, en obediencia por amor, nos sitúa en la misma actitud de María en la Anunciación: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1,38).

Ella es la toda pulcra, la Inmaculada Concepción, la «sin-pecado», la toda limpia. Ella es el modelo perfecto del verdadero discípulo de Jesús. Mirándola a ella y dejándonos mirar por ella aprendemos a ser limpios de corazón: ¡bienaventurados!

Los limpios de corazón son los bienaventurados porque en todo y en todos ven a Dios, sienten la presencia de Cristo Resucitado: «No temas; yo soy el Primero y el Último, el Viviente; estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo» (Ap 1,17-18).

Quien se deja purificar en su corazón por el Espíritu de Dios, quien anhela, desea, hambrea la unión con Cristo, Pan de vida: «Y después de la calle de la limpieza de corazón y de la plaza del hambre del alma, ¿a dónde se pasa?: después de la calle de la limpieza de corazón y de la plaza del hambre, no hay más que meterse por las puertas abiertas de la Casa del Pan vivo. Y ¿qué hay que hacer en la Casa del Pan vivo?: en la Casa del Pan vivo hay que hacer lo que en las casas de comidas: pedir, comer y pagar» (OO.CC. I, nn. 820-821).

En cada Eucaristía, banquete de amor, pedimos comer la vida divina: «Señor, danos siempre de este pan» (Jn 6,34); comemos el alimento que sacia el hambre del peregrino y lo conduce a la plenitud: «el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6,56); pagamos el precio de esa comida dando gratis lo que de Él hemos recibido gratis: «entonces, ¿cuál es mi paga? Precisamente conocer el Evangelio, anunciándolo de balde» (1Co 9,18).

Quien vive negándose a sí mismo, vaciándose de su yo-egoísta y llenándose de quien es el Pan de la vida, por la acción del Espíritu, echará fuera todo lo que le esclaviza y le empuja al pecado: «Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre» (Mc 7,15).

Los pensamientos negativos, egoístas, vanidosos, soberbios, lujuriosos, envidiosos,… eso es lo que hace impura a la persona. Los pensamientos llenos de la verdad del Evangelio son los que van llenando de santidad al creyente.

Oración de los fieles
Invoquemos al Señor que nos limpia y nos purifica para que le sintamos presente en cada persona y en cada acontecimiento. Respondemos: Haznos, Señor, limpios de corazón.

  • Salvador de los hombres, purifica nuestra mente y nuestro corazón, para que busquemos solo el bien, la verdad y la justicia.
  • Señor Jesús, que te conozcamos más y más a ti, y al Padre, único Dios verdadero, y así reconozcamos tu acción maravillosa en nosotros.
  • Cristo, amado del Padre, danos pureza de corazón, para que sepamos verte en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el forastero, en el enfermo y en el encarcelado.
  • Cristo Jesús, manso y humilde de corazón, ayúdanos a mantener nuestro cuerpo como templo purísimo de tu presencia, rechazando todo lo que degrada la belleza de la sexualidad.
  • Hijo predilecto de Dios, que envías tu Espíritu desde el Padre, enciende en nuestros corazones un espíritu de fe firme y esperanza lograda, para que sepamos romper con todo aquello que nos separa de ti.

Oración final
Bendito seas, Señor Jesús, por llamarnos a vivir limpios de corazón en cada mirada, deseo y pensamiento, aborreciendo todo pecado y dejándonos purificar por tu infinita misericordia. Haznos experimentar la dicha de verte presente y acompañarte en cada persona y acontecimiento. PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.