Cordialmente, una carta para ti (junio 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2019.

Aceptemos la voluntad de Dios

Estimado lector: Todos sabemos por propia experiencia que es muy fácil decir que debemos aceptar todo lo malo que nos sobrevenga; sin embargo, es lo cierto que se hace muy difícil de llevar a la práctica. Aceptar las enfermedades y las desgracias no es cosa fácil.
Aceptar el fracaso ante algo que era nuestra mayor ilusión resulta muy doloroso. Aceptar las injusticias y las ofensas es algo que cuesta mucho. Pese a ello, debemos aceptar las adversidades que nos sobrevengan, si queremos vivir con un mínimo de felicidad. No se puede ser feliz, si no hay aceptación y resignación. La aceptación es camino seguro hacia la felicidad. La no aceptación es camino hacia la desesperación y el abismo.

Y a esto aún hay que añadir que cada desgracia que aceptemos fortalecerá nuestro espíritu, nos hará más fuertes para superar la próxima que venga. Quienes no aprendieron a aceptar las adversidades están indefensos ante las pruebas que la vida les depare. Razón tenía Séneca cuando afirmaba: «no hay árbol recio ni consistente sino aquel que el viento azota con frecuencia; pues la misma vegetación lo robustece e hinca sus raíces con más firmeza; frágiles son los que crecieron en soto abrigado y acariciado por el sol» (De la providencia, IV). Aceptar las adversidades nos fortalece y nos enseña a superarnos. ¡Qué débiles e indefensos se tienen que sentir quienes nunca lucharon ni se esforzaron por superarse a sí mismos!

Aceptar las adversidades, apreciado lector, significa haber aprendido a dominar nuestra natural tendencia a rebelarnos contra lo malo que nos sucede. Y es el caso que este aprendizaje no es fácil ni cómodo, ya que exige mucho esfuerzo, renuncia y sacrificio. Tanto esfuerzo y sacrificio exige que con frecuencia no son suficientes nuestras solas fuerzas. A veces no somos capaces de aceptar. Es entonces cuando hemos de recurrir a Dios, hemos de ponernos en sus manos para aceptarlo todo y decirle: «hágase tu voluntad». Someterse a la voluntad del Padre es el acto supremo de la aceptación humana. Pero, ¿cuál es su voluntad?, ¿qué quiere Dios para nosotros?

Los deseos de Zaqueo
A propósito de estas preguntas, es oportuno recordar que durante la Audiencia general del pasado día 20 de marzo, el papa Francisco explicó el sentido de la invocación «hágase tu voluntad» cuando rezamos el Padrenuestro. Recordó aquel pasaje evangélico en el que Zaqueo se sube a un árbol porque quería ver a Jesús, pero lo que él no sabía es que el Señor había ido a buscarle: «Zaqueo baja pronto, porque conviene que hoy me hospede en tu casa». Jesús conocía la condición de Zaqueo, sabía muy bien que era pecador, por lo que le declara: «El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 5-10).

Ante este pasaje el papa afirma: «he aquí la voluntad de Dios, la que pedimos que se haga. ¿Cuál es la voluntad de Dios encarnada en Jesús? Buscar y salvar lo que está perdido. Y nosotros, cuando rezamos, pedimos que la búsqueda de Dios tenga éxito, que se cumpla su plan universal de salvación, primero en cada uno de nosotros y luego en todo el mundo». ¡Qué reconfortante es saber, amigo lector, que Dios nos busca, a ti y a mí, porque quiere salvarnos! ¿Es posible que exista alguien que no se sienta feliz ante tanta generosidad?

Recordó a continuación que la Biblia está llena de expresiones que nos hablan de la voluntad positiva de Dios hacia el mundo. Destacó también que en el Catecismo de la Iglesia Católica se encuentran muchas citas que atestiguan esa voluntad divina de salvar al hombre. Además, citó a san Pablo, quien afirma en su primera carta a Timoteo: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (2,4). San Pablo nos dice con toda claridad cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que Él quiere para el hombre. Por su parte, el sumo pontífice, refiriéndose a estas palabras, asegura con rotundidad: «esta, sin lugar a dudas, es la voluntad de Dios: la salvación del hombre, de los hombres, de cada uno de nosotros. Dios, con su amor, llama a la puerta de nuestro corazón».

Si Dios quiere que todos nos salvemos, si con su infinito amor llama a la puerta de nuestro corazón, lo único que hace falta, amigo lector, es que nosotros tengamos la valentía de confiar en Él, de aceptar su voluntad, de pedirle con fe «hágase tu voluntad».
Cordialmente,

Manuel Ángel Puga
Publicado en Cordialmente, una carta para ti, El Granito de Arena.

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