La liturgia, encuentro con Cristo (junio 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2019.

El icono de la Pasión: Santa María del Perpetuo Socorro

Afirma san Juan Damasceno que «lo que es la palabra para el oído, lo es el icono para la vista». Además, a partir del misterio de la Encarnación el mundo, aunque no lo parezca, ha cambiado. El Eterno ha entrado en el tiempo, el Invisible se ha hecho visible, la Gloria divina se plasma en icono (imagen, en griego).
Cuando usamos este vocablo nos referimos a imágenes pintadas –según un prototipo original siguiendo unos cánones de la tradición oriental– que, además, reciben una bendición litúrgica. Los cristianos usamos y veneramos los iconos porque creemos que Cristo, el Verbo encarnado, es la auténtica imagen de Dios (cf. Col 1,15). Desde su humanidad entendemos que cada persona ha sido creada a «imagen» de Dios (Gn 1,26) y a cuya «imagen» tenemos que ser conformados (Rom 8,29).

Ventanas a la trascendencia
Un icono no es más que el intento de copiar lo invisible. Por eso, cuando los cristianos antiguos –orientales, pero también occidentales– realizan iconos enseñan que la imagen expresa una relación con el modelo original que todavía no vemos. Por ello, yendo más allá de las prescripciones veterotestamentarias, lo que se pretende es que la contemplación de la imagen visible de un icono eleve a la contemplación de lo divino. Estas imágenes son como una ventana de la trascendencia en este mundo inmanente; en ellas se conjugan lo bello y lo sagrado. De ahí, su fondo dorado mostrando un color más allá de los colores: la inmaterialidad de la luz celeste que ningún pigmento puede mostrar.

Los iconos no pretenden representar la naturaleza humana sino la persona transfigurada: muestran la actualidad de los que ya viven en la luz de Dios. Estas imágenes aparecen con el «nombre» de lo que se representa; de hecho, se podría decir que un icono no se pinta, se «escribe». Y esto se realiza, según la tradición más auténtica, cuando la nueva imagen no crea o innova lo que simboliza sino que reproduce un arquetipo inicial (como enseña san Basilio). Así se entra en una tradición, en algo que ha sido entregado y que, a la vez, se entrega. Ese es el caso del Icono del Perpetuo Socorro, un icono de la Virgen de la Pasión que se venera a finales de este mes de junio.

La atracción de los iconos
El verdadero artista cristiano, el «escritor de iconos» como dicen los griegos, quiere ser eclesial e intérprete del Espíritu Santo. Siendo testigos de una tradición pretenden transmitir un mensaje espiritual desvelando alguna faceta del misterio de Cristo, de su Madre Virgen o de la vida de los santos. Muchos de estos artistas, vinculados a la vida monástica o laical, preparan su obra con el ayuno y la oración. Estos artistas –tantos anónimos– plasman en las tablas o en los mosaicos unas realidades que podríamos llamar sacramentales, en cuanto que son signos de una presencia ofrecida al creyente para que sea acogida. Eso hace que el icono suscite, desde su primera visión, una sensación atrayente: reflejan la luz tabórica (el misterio de la Transfiguración). Los iconos tienen un gran papel en la liturgia –se inciensan, se besan en sus atriles– y, sobre todo, se muestran en el iconostasis o mampara que delimita el santuario en la iglesia.

El interés por el mundo icónico del Oriente cristiano se pone de manifiesto por una serie de razones: se trata de una iconografía eclesial y ecuménica que hunde sus raíces en la tradición teológica, es decir que expresa con sus figuras, símbolos y colores la auténtica expresión de la fe cristiana, celebrada por la liturgia de la Iglesia de Oriente y de Occidente. «Pero se trata también de una iconografía popular ya que la devoción de la gente sencilla se expresa en el amor por las imágenes y por la contemplación de los misterios del Señor y de la Virgen, de los santos. A un pueblo contemplativo se le puede ofrecer un tipo de oración contemplativa. Y hay que volver a ese gusto por lo sagrado y por lo bello, a esas imágenes que pueden y deben evangelizar nuestra oración» (J. Castellanos). Por estas razones, el alma occidental –europea y americana– captó el mensaje del icono que los PP. Redentoristas difundieron a partir del s. XIX.

El icono de la Virgen de la Pasión
Hay múltiples representaciones de la Virgen María desde la Anunciación a la Dormición. El que presentamos es un icono maternal de la Theotokos con su Hijo en brazos que se sitúa en la categoría denominada «Virgen de la Pasión» (Strastnaia) aunque tiene una gran relación con aquellas imágenes en las que la Virgen señala a Jesús como el Camino: Hodigitria. Si bien, su mano derecha muestra a Jesús en un cuadro aparentemente navideño, el acento se pone en la reacción del Niño ante la presencia de los ángeles.

Uno de estos iconos «de la Pasión» se ha popularizado con el título de «Perpetuo Socorro». Es el venerado en su iglesia romana de los PP. Redentoristas y, anteriormente, custodiado en la Urbe por monjes agustinos desde el siglo XV. Sobre un fondo dorado –signo de la trascendencia divina– destacan cuatro figuras: como imagen central la Virgen con el Niño; sobre ambos, como en un segundo plano, dos figuras aladas con los instrumentos de la pasión. Conforme a la tradición icónica oriental, todos están identificados, en abreviatura, por unas letras griegas: MP OY (Meter Theou: Madre de Dios), en los ángulos superiores de la imagen; IC XC (Iesus Cristos), a la derecha de la cabeza del Niño; O AP M (O arjanguelos Mijael: el arcángel Miguel), sobre el ángel de la izquierda del que contempla; O AP G (O Arjanguelos Gabriel: el Arcángel Gabriel), sobre el que está a la derecha. En el presente no es visible, pero muchos iconos presentan las letras OWN («El que es», Ex 3,14) en la aureola o nimbo crucífero de Cristo.

En los vestidos de María aparecen los dos colores clásicos: el púrpura, signo de la divinidad a la que ella se ha unido excepcionalmente, y el azul, caracterizando su condición humana, hermana de todos los que viven bajo el cielo. Bajo el maforion (velo–manto) una cofia verde oculta sus cabellos.

El Niño Jesús descansa sobre el brazo izquierdo de la Virgen y se agarra con ambas manitas al pulgar de la mano derecha de la Madre al contemplar los instrumentos de la Pasión que le aguarda. Su figura es de cuerpo entero, vestido con túnica verde –que indica su humanidad destinada a la muerte– ceñida con faja roja –presagiando la sangre– y de su hombro derecho cuelga un manto de color dorado, presagiando la resurrección futura. Tiene entrecruzadas las piernas; lleva sandalias en los pies. Por el espasmo al ver la cruz se le suelta la del pie derecho.

Lectura teológica
La pasión estaba anunciada en las Escrituras. Los salmos y los cánticos del Siervo de Yavé (Is 42,1-9; 49,1-6;​ 50,4-11; 52,13-53,12) la describían proféticamente. Los ángeles de la gloria muestran, ya desde el inicio de la Encarnación, que era necesario que el Mesías padeciera (cf. Lc 24,26). Pero ese anuncio profético es duro también para Jesús: hombre mortal y pasible, se asusta y se estremece. El pequeño busca socorro en los brazos de su Madre, a cuya mano se aferra. La fusión de las tres manos –en el centro del icono– ofrece al orante un mensaje de confianza: hay un sostén (socorro) para el sufrimiento.

Pero la pasión es gloriosa; muerte y resurrección son dos caras de una misma moneda. Los instrumentos que presenta Gabriel, el arcángel de la Anunciación, son el madero de la cruz y los cuatro clavos; Miguel, el arcángel de la victoria pascual contra el Enemigo, presenta la lanza y la esponja. Ambos ocultan sus manos con un velo humeral indicando la sacralidad de unos instrumentos que revelarán la gloria del Mesías. Los abundantes pliegues y sombreados de las vestiduras, profusamente marcados en oro, hablan de la luz pascual. En este icono convergen las miradas entre María y el orante. La razón es sencilla: no estamos, simplemente, observando una faz; al mirar al icono comienza un proceso teológico–contemplativo. Descubrimos que el mismo rostro materno, aunque hierático, es tierno y henchido de simbolismo: «la frente, alta y espaciosa, acentúa el predominio del pensamiento contemplativo. El velo–manto que cubre la cabeza y se desliza por los hombros envolviendo la figura según el estilo de las mujeres orientales, indica la sumisión de María en el orden de la creación. Este velo, símbolo del Espíritu Santo, nos recuerda el velo del Santo de los Santos, en el Templo de Jerusalén, y también la nube que acompañaba al Pueblo de Dios a través del desierto (Ex 13,22). Un icono es el lugar teológico, más aún: «la teología visible» (Pia Compagnoni). Aquí, la Madre no mira a su Hijo sino al que contempla el icono, su otro hijo (cf. Jn 19,26). María habla con la mirada, como si dijera: «¡Mirad y ved si hay dolor como el mío!» (Lam 1,12). Esos ojos grandes y luminosos que miran con una luz penetrante ofrecen un mensaje de esperanza ante el dolor de la Pasión.

Habitualmente, los iconos marianos presentan tres estrellas: una en la frente y otras dos sobre los hombros. Muestran la relación de María con Dios Trino (hija del Padre, madre del Hijo, templo del Espíritu) y su virginidad perpetua (en, antes y después del parto). Sin embargo, después de la cuestionada restauración de Nowotny quedaron dos estrellas: ambas en la frente.

Con un sencillo lenguaje el artista bizantino nos ha legado un mensaje evangélico en un icono, expresión de culto y devoción, henchido de riqueza teológica.

Difusión del mensaje
Difundir un icono es enseñar a «rezar con los ojos». Para este aprendizaje los Padres Redentoristas difundieron reproducciones de esta tabla. A España llegó la primera copia del icono en 1867, al año de ser restaurado su culto en Roma. Se expuso en Huete (Cuenca), primera fundación redentorista en España y en Alhama de Granada. Diez años después el icono llega a tierras americanas (Haití) y en Estados Unidos (Boston, 1870) se dedica la primera iglesia al Perpetuo Socorro. La devoción se extiende por Argentina, Brasil, Chile, Colombia y el resto del mundo: India, Singapur, Filipinas, Polonia, etc.

Mucho han dicho mistagógicamente sobre los iconos Florensky, Bulgakov, Evdokimov, Quenot, Ouspennsky, Skrobucha, Clement, Passarelli, Glinka, Donadeo, Schönborn, Muzj, Spidlik, Rupnik, Marín, Castellano, etc. Ahí están sus obras para profundizar y entender mejor «estas representaciones visibles de realidades misteriosas y sobrenaturales» (Dionisio Areopagita); porque, los iconos hacen posible que «a través de mis ojos carnales que los contemplan, mi vida espiritual se sumerja en el misterio de la Encarnación» (san Juan Damasceno).

Manuel G. López-Corps, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, La liturgia.

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