Con mirada eucarística (junio 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2019.

El milagro eucarístico

Nuestro nieto Miguel va a hacer en este mes de junio su primera Comunión. Cómo pasa el tiempo. Cuando iba a nacer, su abuelo Lucrecio, mi marido, le escribió esta carta que con su permiso transcribo íntegramente:

Querido nieto: Bueno, sé que eres nieto, y espero que a la llegada de esta te encuentres bien. Y lo sé porque ahora existen unos aparatos que hacen ecografías, que son una especie de fotografía pero por dentro. Te he visto y eres muy guapo. Quisiera que te parecieras a mí, aunque eso ya se verá.

Ahora que vas a venir me vuelvo a replantear el pensamiento oscuro ese que tanto me atormenta, de que lo mejor es no haber nacido: total, para padecer y morir… Posiblemente lo digo desde la experiencia que dan los años, estando ya con el pie en el estribo del último tren que pasa por mi vida. Pero, cuando te he visto, he sentido una especie de vuelco que me subía desde los pies hasta el estómago y se me paraba con un sabor agridulce en la misma cabeza que me estallaba. Quiero que nazcas, porque quiero enseñarte algunas cosas que a mí tanto tiempo me ha costado aprender.

Sobre todo, te enseñaré las palabras. No te creas, las palabras no sirven para nombrar las cosas, eso es lo que dice todo el mundo, las palabras son para crear la realidad, lo que pasa es que únicamente son valiosas cuando crean la belleza. Crear la fealdad es poco de hombres, y tú eres un hombre ya de cuerpo entero.

Luz, gracias, amor
La primera palabra que te voy a enseñar es la palabra «luz». Fíjate si es importante, que tu venida al mundo está relacionada con ella. Tu nacimiento se llamará «alumbramiento» o «dar a luz». La luz no es lo que permite ver con nuestros ojos cuando el día es soleado y limpio. La luz es más. Es cuando ves detrás de los nublados, cuando la noche enciende las estrellas y tú solo ves unos puntitos blancos, más todavía, es cuando cierras los ojos y ves todo naciendo desde el barranco más diáfano de la paz. Así verás la belleza del mundo.

La segunda palabra que te voy a enseñar es la palabra «gracias». Cuando vengas a este mundo, al que estás a punto de llegar, con la palabra «gracias» reconocerás tu pobreza, tu vacío, tu necesidad. Cuanto recibas será gratis, como es gratis la vida, la salud, la alegría. Todo esto te viene de otra parte que no es tuya, que no te pertenece, te viene de otro sitio. Y así encontrarás la belleza de los otros.

Otra palabra, la tercera, es la palabra «amor». Esta palabra seguramente es la más manipulada y en su seno se admiten variedades que no son el amor. Del amor al odio hay un solo paso, es como las dos caras de una moneda o las dos caras de la luna: Todo lo romántico se puede convertir en terrorífico con dar una ligera vuelta. El amor opera siempre en la cara A, en la que se ve, en la luminosa, en la agradecida. Es como estar dando siempre respuestas, pero sin hacer nunca pregunta alguna. Así descubrirás la belleza de ti mismo.

La palabra Dios
Cuando te hayas aprendido bien las palabras «luz, gracias y amor», te enseñaré una última palabra, es la palabra «Dios». Y no es porque no haya más palabras, ya verás que hay muchísimas, pero todas se derivan de estas cuatro que estoy ansioso por empezar a enseñarte. La palabra «Dios» es sin duda la más difícil, nadie sabe explicarla con certeza, es la palabra que más especies de la realidad ha creado. Pero sin ella no puedes entender por qué te late el corazón ahí en ese recinto de carne en el que habitas, ni por qué vas a nacer, ni por qué vas a morir. Sin la palabra «Dios», querido nieto, no podrás dar razón de tu existencia. Es un proceso de búsqueda incesante. La respuesta, la que tiene, la encontrarás en tu interior después de un camino largo y trabajoso. Pero cuando la tengas, serás el ser humano más alegre porque habrás encontrado, sencillamente, la belleza.

Por hoy ya basta. Te prometo que te seguiré enseñando muchas otras palabras todavía. Ah, y que no se me olvide que también te enseñaré a montar en bicicleta, si es que aún tengo fuerzas para correr un poco, del mismo modo que hace ya unos cuantos años le enseñé a tu madre.
Tu abuelo que te quiere… (Nota: la firma es ilegible, pero mi nieto la reconoce perfectamente)».

Historietas para Miguel
Y soy testigo de que le ha ido enseñando más palabras todavía, quería decir que en la medida de nuestras posibilidades le hemos ido explicando a nuestro nieto la existencia de la realidad de la belleza. Por eso le he pedido una vez más a mi marido que le regalemos en forma de libro, con motivo de su primera Comunión, todo eso que le hemos mostrado en estos sus diez primeros años de existencia.

Son las Historietas para Miguel, en las que aparecen palabras que invitan a realidades como estas: la existencia de Dios, la trascendencia de Jesús de Nazaret, el reconocimiento de los padres, el amor, el perdón, la amistad, la oración, la capacidad para el auxilio, el esfuerzo creativo, la fe, la riqueza de la felicidad, la verdadera fama, la formación del criterio en una sociedad mediática, el Sagrario, las tentaciones de este mundo, la verdadera igualdad, la búsqueda de la verdad, la democracia, la familia y la educación, el lenguaje, la sinceridad, el compromiso de las convicciones, el depósito divino de la conciencia, la vocación y el trabajo, la autenticidad, la esperanza, la paz, la justicia, la perseverancia, la perversión de los fanatismos, la resurrección, la importancia de María de Nazaret, el milagro eucarístico.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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