Orar con el obispo del Sagrario abandonado (junio 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2019.

«Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7)

Nos cuenta san Manuel: «un alma ha venido a decirme:
“En medio de la enorme angustia que me producen mis pecados, peligros y flaquezas, tengo un gran consuelo:
el de poder ofrecer al Corazón de Jesús los dominios más extensos para que ejerza su reinado”» (OO.CC. II, n. 3065).


El mes de junio es propicio, en la Madre Iglesia, para celebrar la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, alegrándonos por su amor hasta el extremo, por su misericordia infinita, por querer reinar por entero en nuestra persona, cuando le abrimos las puertas de nuestro corazón de par en par. Esa experiencia que nos narra san Manuel de ese penitente es también la tuya y la mía: en medio de nuestra aflicción por nuestros pecados, hemos gozado de su consuelo cuando nos ha perdonado y ha extendido su reinado sobre nosotros.

Exclamamos con el salmista: «cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades» (Sal 89,2). San Manuel nos pregunta: «¿No es sobre la miseria en donde se ejercita la misericordia?, y, ¿no es infinita la de nuestro Rey crucificado y sacramentado, Jesús? (OO.CC. II, n. 3065).

Sí, es infinita su misericordia. «Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia» (EG 3), dice el papa Francisco. La misericordia es la forma más bella y honda que tiene Dios de amarnos: «Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia» (santo Tomás de Aquino).

Jesús gritó en la cruz: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Jesús es el rostro visible, histórico, humanado y humanizador de la misericordia del Padre. Jesús de Nazaret, con sus palabras y gestos, con su entrega total en la cruz como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, revela a la Humanidad la misericordia de Dios.

Oración inicial
Dios de gloria y piedad, Padre de misericordia, que del costado abierto de tu Hijo en la cruz nos das a beber el agua viva, concédenos acercarnos a su Corazón abierto de Salvador, para que, bebiendo en esa fuente de redención, quedemos saciados en nuestra sed de amor y en nuestra necesidad de recibir gracia tras gracia. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Sal 13,3-4; 146,7-9;147,3-6

Revelar la misericordia
«Dios es amor» (1Jn 4,8-16). Ese amor se ha hecho visible, histórico, concreto, tangible, en la persona de Jesús. La misión que Él trae de parte del Padre es revelar ese misterio del Dios-Amor; un amor que se manifiesta en la autodonación del Hijo, en comunión y obediencia con el Padre, en deseo de salvar a los hombres de la esclavitud del pecado y de la muerte, en ofrenda total de su vida en la cruz como Cordero de Dios que trae la liberación del pecado.

Todo en Jesús habla de misericordia: perdona a los pecadores, cura a los enfermos, atiende a los que sufren, consuela a los tristes, enseña a los que no saben, está al lado de los pobres, come con los excluidos, se apiada de los cansados y extenuados, guía a los que están sin rumbo, defiende a los huérfanos y viudas, calma el hambre de la muchedumbre, sale al encuentro de los leprosos, resucita a los muertos,… responde a las necesidades reales de los que le buscan, acude ante quien está solo (como el paralítico de la piscina de Betesda, Jn 5,1-16). «La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia […] La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia “vive un deseo inagotable de brindar misericordia” (EG 24)» (MV 10), decía el papa Francisco en el año de la misericordia.

Quien reconoce su miseria y pecado, quien se arrepiente del mal que ha hecho, quien constata cuánto deshumaniza vivir lejos de Dios, quien se duele de estar separado de la fuente de la Vida, desea volver a la casa del Padre, como en la imagen de la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32).

El abrazo de Padre Dios perdona y libera, reconcilia y trae la paz, consuela y reconstruye: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). El perdón de Dios lo cura todo; llena de alegría a quien se experimenta bañado en misericordia, transforma en bienaventurado a quien se ha dejado reconciliar.

Solo Dios puede perdonar, curar, transformar. Solo en Jesucristo, muerto y resucitado, obtenemos el perdón del mal cometido: «Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados» (1Pe 2,24).

El perdón recibido de Dios nos alienta y nos empuja, nos mueve y nos compromete a perdonar al prójimo. Dios se alegra cuando un hijo suyo, perdonado y reconciliado, también perdona a otra persona que le ha ofendido. El perdón es difícil, pero es indispensable. Sin perdón el odio crece, el mal se extiende, las relaciones humanas se vuelven insufribles. Es la gracia divina, la lluvia de misericordia, el abrazo del Padre, lo que transforma el corazón humano para que sea capaz de perdonar, como Jesús en la cruz: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

Así han perdonado los mártires de todas las épocas a sus verdugos cuando eran masacrados. Así murieron ellos: libres de toda atadura, libres para proclamar su fe, libres para entrar definitivamente en el Reino de los Cielos: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29).

Alabanzas al Padre de la misericordia
A cada alabanza al Padre respondemos jubilosos con la exclamación:
Cantaré eternamente las misericordias del Señor

  • Porque su fidelidad permanece por todos los siglos
  • Porque ha sellado una Alianza nueva y eterna con su pueblo
  • Porque, con el Buen Pastor, busca siempre a la oveja perdida
  • Porque, con su Santo Espíritu, obra siempre maravillas en nosotros
  • Porque, con su gracia del Paráclito, nos pide poner en práctica las obras de misericordia
  • Porque, con su Hijo, nos llama bienaventurados cuando somos misericordiosos con los demás como Él
  • Porque, con el perdón de su Espíritu, nos enseña a perdonar setenta veces siete
  • Porque en el Sagrario, con Jesús Eucaristía, nos espera cuando lloramos nuestros pecados para quedar perdonados
  • Porque en el Sagrario, con su Hijo, disipa nuestras tinieblas y nos conduce por caminos de paz
  • Porque en el Sagrario, con Cristo Salvador, encontramos el verdadero descanso del corazón y del alma
  • Porque en el Sagrario, con el Pan de vida, adoramos a quien nos ha creado y salvado

Oración final
Señor, grande y magnífico, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que del costado abierto de tu Hijo nos has traído los sacramentos de vida eterna, concédenos mirarle en el Sagrario como el sol que irradia luz y calor, como la vida que anticipa el Cielo, como el manantial que ofrece el agua medicinal de nuestras heridas, como el jardín más delicioso donde podemos oler los aromas más exquisitos. PNSJ
Miguel Ángel Arribas, Pbro.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.