Con mirada eucarística (mayo 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2019.

El rayo en la ventana

Hace poco acabamos de conmemorar el día del padre. Ahora, en este mes de mayo dedicado a María, cuando la primavera empieza a vestirse con la belleza de todos los colores, celebramos el día de la madre. Los padres, siempre ahí, como un rayo en la ventana.

El amor lo puede todo. Gracias a él es posible que un hombre y una mujer se embarquen en la asombrosa, y nunca fácil, tarea de constitución de una familia. No le fue fácil a José aceptar las extrañas circunstancias de la maternidad de María. María, por otro lado, estaba ya dispuesta al repudio y al abandono de José. El proyecto común siempre es posible por la presencia del amor, que en el fondo consiste en la aceptación mutua de la diferencia del otro merced a una causa mayor: la presencia de la voluntad de Dios. Cuando prescindimos de Dios (Dios es amor), sobreviene el caos. Tal es la razón fundamental de los divorcios en nuestra sociedad actual.

La infancia desvalida
El hijo nace desvalido, necesitado, pobre. Sería imposible nuestra existencia sin el concurso amoroso de nuestros padres. María y José en un establo de Belén, acompañados únicamente de la soledad de su mirada, y el grito de vida del recién nacido. Ya sabían su nombre, Jesús. Y sabían también que tenían que vestirlo, alimentarlo, educarlo, protegerlo. Y como tenían que protegerlo, tuvieron que adoptar, siempre por su hijo, la más penosa de las decisiones: el exilio. Los padres hacen por los hijos lo que no está escrito, hasta dar la vida si fuera necesario.

La pubertad rebelde
Y desde el extraño Egipto regresaron a la tierra originaria de Nazaret. Ambos, María y José, dentro de sus posibilidades y de acuerdo con las costumbres de la época, le daban a Jesús cuanto podían y sabían. Lo preparaban para que un día pudiera ser independiente, del mismo modo que sus padres habían hecho con ellos.

Cuando el niño deja de ser tal y va adquiriendo conciencia de su propia personalidad, de su propio yo, comienzan las primeras fricciones en las relaciones entre padres e hijos. El padre –piensa el hijo– ya no es el padre idealizado, el perfecto; la madre tampoco tiene todas las virtudes que se le suponían. Es la época en la que el hijo no acepta la pedagogía del no, de la prohibición, igual de necesaria que la pedagogía afirmativa para la formación equilibrada de la persona. Es la época de la pubertad, sin duda la más complicada.

Así Jesús sin encomendarse a nadie, sin haberle dicho nada a sus padres, decidió perderse por el Templo, tenía que probarse a sí mismo que era él. El desasosiego de los padres es infinito, habían preguntado a todos los conocidos que formaban parte de la caravana de regreso después de la fiesta de Pascua que cada año se celebraba en Jerusalén. Nadie sabía nada. Ellos se preguntaban: ¿por qué? Cuando al fin lo encontraron, aunque no comprendieran su comportamiento, lo abrazaron porque lo querían. Y Jesús volvió con ellos a Nazaret porque también los quería.

La madurez independiente
Un día, casi sin saber cómo, el chico se hizo mayor, aunque para los padres los hijos siempre siguen siendo niños. Se hizo mayor y decidió independizarse, hacer su propia vida. La separación es costosa, si bien por un lado los padres tienen que admitir que los hijos no son de su propiedad y por otra parte los hijos deben llevar consigo los sentimientos de reconocimiento y gratitud: honrarás a tu madre y a tu madre.

Cuando Jesús les comunicó a José y María el abandono de la casa paterna para cumplir con su misión en esta vida, no es difícil imaginar lágrimas en los ojos, besos y abrazos, tal vez mucho silencio entrecortado por expresiones como estas: ya sabes dónde están tus padres, no dudes en llamarnos… Y de parte de Jesús: os llevo en mi corazón, nunca os olvidaré, os quiero…

Y el buen hijo volvió a visitar a los padres, sobre todo cuando se enteró de la muerte de José, también cuando María lo requirió para el vino que faltaba en una boda. Siempre los padres, aun desde la lejanía, siguen atentos a todos los acontecimientos que suceden en torno de los hijos, incluso aunque éstos los oculten o los nieguen. También la madre, María, acudió cuando le llegaron extrañas noticias sobre el comportamiento de Jesús. Siempre los padres detrás, vigilantes, preocupados. Ni siquiera les afecta el mal recibimiento, ni incluso el posible desprecio de los hijos.

Una soledad de muerte
Lo peor que les puede pasar a unos padres es la pérdida de un hijo. El dolor, la angustia, el sufrimiento, la desesperación es tal, que su ánimo enloquecido y enturbiado únicamente puede ser combatido por el consuelo de la fe, la fe en la inmortalidad. Y más aún si la muerte es como consecuencia de un juicio injusto, por causa de un delito no cometido. Y más aún si la muerte es mostrada en espectáculo público, para que todos tomen nota de las consecuencias del quebrantamiento de la ley, en este caso falso quebrantamiento de la ley. Y más aún si la muerte es ejecutada en el más terrible y doloroso de los suplicios, la muerte en cruz de Jesús rodeado de malhechores, malhechores como él según dictamina la sentencia.

Pero allí están siempre los padres, acompañando, consolando, esperando. Allí sólo podía estar la madre, María, la viuda, junto a unos cuantos familiares y amigos. Aún el buen hijo tuvo tiempo para encomendar a Juan el cuidado de su madre solitaria. Sin duda alguna, el madero cruzado era como una ventana inmensa por la que entraba un rayo de sol.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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