La liturgia, encuentro con Cristo (mayo 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2019.

Lenguaje no verbal: las inclinaciones

El Concilio se propuso acrecentar entre los fieles la vida cristiana, mediante la mejor adaptación a las necesidades de nuestro tiempo. La renovación del Vaticano II empezó con la liturgia «por cuyo medio se ejerce la obra de nuestra Redención, sobre todo en el divino Sacrificio de la Eucaristía» (SC 2). Por la liturgia «Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados» (SC 7); en ella se manifiesta la naturaleza auténtica de la Iglesia y la acción salvadora de Dios.

Ahora bien, para acrecentar la vida cristiana mediante las acciones litúrgicas hay que tener muy en cuenta la plena y activa participación de todo el pueblo, pues, solo así, los fieles encontrarán en ellas la fuente primaria y necesaria donde pueda beber el espíritu verdaderamente cristiano. Desde luego, esto supone una educación adecuada por parte de pastores y fieles, lo cual debe promoverse por todos los medios posibles (cf. SC 14, 18, 19).

Ya enseñaba san Pablo VI que era preciso advertir que una nueva «pedagogía espiritual» ha nacido en el Concilio; es su gran novedad, y nosotros no debemos dudar en hacernos primero discípulos y, luego, mantenedores de la escuela de oración. Es decir, los siete sacramentos, el Oficio Divino y los múltiples sacramentales son, como diría san Benito, «una escuela para servir a Dios». En ellos siempre podemos aprender.

Aprendiendo con humildad palabras y gestos
«La celebración eucarística, como toda la Liturgia, se realiza por signos sensibles, con los que la fe se alimenta, se robustece y se expresa» (OGMR 20). Estos contribuyen a favorecer la activa y plena participación de los fieles cuando se consigue una inteligencia profunda del genuino sentido de los ritos y de los textos litúrgicos.

Hay diferentes niveles en la comunicación verbal y gestual. En el nivel verbal es fundamental que la mente concuerde con la voz. En el variado ámbito gestual hemos de dar la importancia que merece al lenguaje no verbal con la convicción de que rezamos con el cuerpo y no únicamente con la mente. Esto nos cuesta mucho asimilarlo porque llevamos siglos en Occidente identificando la plegaria únicamente con la meditación. El gesto y la postura corporal, tanto del sacerdote, del diácono y de los ministros, como del pueblo –cuando se realizan con verdad, decoro y sencillez, cuando se percibe su verdadero y pleno significado– son un medio para la auténtica participación. De hecho, «la postura corporal que observan todos los que toman parte en la celebración, es un signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana congregados para celebrar la sagrada Liturgia, ya que expresa y fomenta al mismo tiempo la unanimidad de todos los participantes» (OGMR 42).

Nos inclinamos con humildad…
El primer gesto que se realiza en la celebración eucarística es una inclinación cuando la procesión de los ministros, a través de la asamblea, llega al altar. Esta mesa santa, el centro hacia donde toda la congregación de los fieles dirige su atención, es símbolo de Jesucristo, por quien suben al Padre nuestras alabanzas y súplicas. Por eso, durante la celebración eucarística siempre que se pasa ante el altar todos hacen inclinación. Con este gesto humilde se significa la reverencia y el honor que se tributa a las personas mismas o a aquello que las significan.

Hay dos tipos de inclinaciones: profunda o sencilla, con el cuerpo o con la cabeza (cf. OGMR 275; CE 68). La inclinación del cuerpo, o inclinación profunda, se hace: al altar, cuando en él no está presente el Santísimo Sacramento (CE 68); al Obispo, en la celebración litúrgica cuando se pasa ante él (cf. CE 68. 76. 91); y, cada vez que los distintos libros litúrgicos lo especifiquen (cf. CE 64).

…todos los fieles…
Por lo tanto, saludan el altar –con inclinación profunda– todos los que se acercan al presbiterio, o se retiran de él, o pasan delante de él (cf. OGMR 49. 90, CE 72). Sin embargo, no se inclinan aquellas personas que portan objetos litúrgicos, como por ejemplo, la cruz, los cirios, el Evangeliario (cf. CE 70).

También, y con sentido latréutico, todos los fieles hacen inclinación al profesar la fe en la Encarnación cuando se recita el Credo (cf. OGMR 275). Los fieles que no pueden arrodillarse en la consagración hacen una profunda inclinación mientras el sacerdote hace la genuflexión (OGMR 43). Y, al comulgar el Cuerpo y la Sangre del Señor, se recomienda a los fieles que, antes de recibir el Sacramento, hagan una debida reverencia (OGMR 160; cf. ib. 3). Al final de la acción litúrgica los fieles se inclinan, humildemente, para recibir la bendición (cf. OGMR 185). De hecho, cuando la bendición es solemne –o estamos en Cuaresma– el diácono avisa al pueblo para que humildemente acoja la bendición que dará el ministro. Es interesante notar que el gesto imperado es la inclinación del cuerpo sin que sea necesario hacer la señal de la cruz (santiguarse); y mucho menos el gesto ridículo de besarse el dedo pulgar.

… y los ministros
El sacerdote hace inclinación sencilla –con la cabeza– ante la invocación de la Santa Trinidad, al nombre de Jesús, de la Virgen María y del Santo en cuyo honor se celebra la Misa o la Liturgia de las Horas (cf. OGMR 275a; CE 68). Además, el sacerdote hace inclinación profunda al rezar las oraciones: «Purifica mi corazón» y «Acepta, Señor, nuestro corazón contrito»; en el Símbolo (tanto en el Credo de los concilios como en el Credo apostólico); y, en el Canon romano, al decir la oración «Te pedimos humildemente». También el sacerdote se inclina además un poco cuando, durante la consagración, pronuncia las palabras del Señor (cf. OGMR 132. 135. 137. 143. 169. 275).

Los presbíteros concelebrantes se inclinan profundamente cuando el celebrante que preside hace genuflexión tras las palabras del Señor (cf. OGMR 222. 227. 230. 233). También, permanecen inclinados –y con las manos juntas– cuando dicen en voz baja «Te pedimos humildemente» hasta llegar a las palabras «al participar aquí de este altar» (ib.). El diácono, también, hace inclinación profunda cuando pide la bendición antes de proclamar el Evangelio (cf. OGMR 175. 275).

Cualquier ministro, antes y después de la incensación, hace una profunda inclinación a la persona o al objeto que se inciensa, a excepción del altar y los dones para el sacrificio de la Misa (cf. OGMR 277).

Liturgia de las Horas
La Eucaristía se prepara con el Oficio de Laudes y se prolonga con las Vísperas. En efecto, la Liturgia de las Horas tiene como finalidad que, en unión con la celebración de la Eucaristía, se santifique todo el día y toda la actividad humana. La celebración del Oficio Divino, recomendada para todo el Pueblo de Dios, representa de un modo peculiar a la Iglesia en oración. Sobresale el elemento verbal, sobre todo el canto de los salmos; pero no podemos obviar en la comunicación eclesial con Dios la gestualidad.

Entre las costumbres legítimas que se han mantenido, en algunos lugares o familias religiosas, aparece el gesto de la inclinación en el Gloria (doxología menor) después del saludo inicial, los salmos y el cántico evangélico. Sin ser obligatorio, este uso está en consonancia con la Ordenación General del Misal Romano (n. 275) y el Ceremonial de los Obispos (n. 68). De hecho, este gesto corporal expresa nuestra fe: para algunos, gesto de adoración al Dios Trino; para otros, adoración de la Encarnación del Verbo. En definitiva, aceptación de nuestra realidad al reconocer la grandeza divina.

Algunos acentos, algunas fechas…
El Símbolo de la fe lo canta o lo recita toda la comunidad estando en pie. Al profesar el misterio de la Encarnación todos se inclinan profundamente (cf. OGMR 275).

Sin embargo, hay dos días al año en que esta inclinación no se hace: 25 de marzo y 25 de diciembre. La inclinación –que en la Profesión de fe tiene un valor latréutico– se transforma en una genuflexión (cf. OGMR 137). Las palabras con las que confesamos el inicio del misterio de Cristo en la realidad de nuestra carne se pronuncian doblando la rodilla hasta el suelo. Esta posibilidad, que ofrece el calendario para estas dos grandes solemnidades, requiere una catequesis previa.

Bastaría una monición antes de recitar el Credo y alguien al micrófono recitando la Profesión de fe lentamente haciendo una pausa para que –los que puedan– se arrodillen y a los que –por edad– no les sea posible se inclinen profundamente. Si se reparten hojas de cantos en estas fiestas conviene que aparezca esta indicación. Una frase es suficiente para hacer una catequesis mistagógica: pasar del signo al significado.

La genuflexión también se realiza –dos días al año– durante la proclamación de la Palabra de Dios. Efectivamente, en el relato de la muerte del Señor, en la lectura de la Pasión en Semana Santa el pueblo que escucha atentamente el Evangelio se arrodilla al escuchar que Cristo entregó su espíritu.
Estamos acostumbrados a la genuflexión en la liturgia sacramental al invocar al Espíritu Santo (epíclesis) y durante el relato institucional eucarístico (memorial). Sin embargo, tanto el domingo de Ramos como el Viernes santo, al proclamar la Pasión, se mantiene este gesto que expresa nuestra comunión con la entrega de Cristo por amor nosotros. Esta genuflexión silenciosa es elocuente en sí misma.

Manuel G. López-Corps, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, La liturgia.

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