Editorial (mayo2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2019.

Casi 100 años llevando a Dios

Era la tarde del martes 3 de mayo de 1921. Tres jóvenes valencianas llegaron, en tren, a la estación de Málaga. Allí las esperaba otra joven; esta última, andaluza. Con gran alegría se abrazaron, dándose la mutua bienvenida. No se conocían personalmente, sino por cartas, muchas, que se habían intercambiado con anterioridad.

De la estación se dirigieron, inmediatamente, al Palacio episcopal. El Sr. obispo se encontraba de Visita pastoral por diversos pueblos. Sí estaba, en cambio, su hermana y otras jóvenes. Llenas de alegría, abrazándose una y otras, pasaron luego a la capilla para saludar a Jesús y ponerse a su total disposición en todo cuanto El quisiera hacer con ellas y por medio de ellas. De esta forma, tan sencilla, tan casera, tan propia de este carisma eucarístico reparador, nacían las Marías Nazarenas, hoy llamadas Misioneras Eucarísticas de Nazaret.

Casi 100 años después, la congregación cuenta con 28 casas distribuidas en 9 países (la última fundación fue Cuba, en 2016). Sin embargo, su carisma y misión han permanecido inamovibles con el transcurso del tiempo: vivir el misterio eucarístico con una dimensión reparadora, dando una respuesta de amor al Amor. Una reparación que reconoce, en primer lugar, la llamada de Cristo a ponerse de su lado; a entrar, con su amor, en los sufrimientos de la historia para crear un plus de amor que sea más fuerte que la abundancia del mal existente, colaborando así con Él en la reconducción del mundo a la plenitud de la Vida y reconociéndole en los más desfavorecidos y abandonados.

En una sociedad que prefiere en muchas ocasiones definirse como laica, cuando no atea, aparece como urgente necesidad la presencia de estas Misioneras Eucarísticas, entregadas y consagradas para acercar a todas las personas a Dios y a Dios a todas las personas, sin importar edad, color, raza o situación social. Su misión primordial, por tanto, sigue siendo la de comunicar a todo el mundo lo que han oído, lo que han visto con sus propios ojos, lo que han contemplado y palpado del Verbo de la vida; pues la Vida se hizo presente (cf. 1Jn 1,1-3) y está junto a nosotros en cada Sagrario, renovando su entrega de amor en el sacrificio eucarístico.

Cuando quedan un par de años para celebrar este primer centenario de aquel 3 de mayo, toda la congregación está inmersa en un anhelo: reavivar el don que ha recibido. En efecto, la entrega de cada hermana es, ante todo, don de Dios, que pone en sus corazones un amor que las desborda y desea llegar a todos. La existencia de toda congregación implica que Dios sigue mirando con infinita ternura a cada una de sus criaturas y, en un anhelo de infinito amor, desea darse a conocer, para colmar a todos de felicidad plena.

Todos los miembros de la Familia Eucarística reparadora, por tanto, están llamados a descubrir, en primer lugar, ese amor infinito que Dios derrama en sus corazones día tras día, segundo a segundo, para poder así ser luz en un mundo en tinieblas, sonrisa en un mundo que llora desconsolado, serenidad en un mundo que contempla con dolor y miedo el mal del mundo.

Que María, cuyo mes celebramos, sea, tal como deseaba san Manuel González, maestra y modelo de todos los miembros de la FER. Que podamos ver en su vida sencilla y entregada un espejo donde mirar nuestras existencias pequeñas y valiosas. ¡Dios nos envía a llevar la Buena Noticia eucarística! Llevemos a nuestro alrededor tanto don como hemos recibido. «

Publicado en Editorial, El Granito de Arena.

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