Orar con el obispo del Sagrario abandonado (mayo 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2019.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados (Mt 5,6)

«En la sociedad en que vivimos hay injusticias grandes, horribles, irritantes en grado sumo. Vosotros, como yo, las conocéis y las lamentáis. No tengo necesidad de enumerarlas. ¿Qué hace la Acción Social Católica ante esas injusticias? Trata de reivindicarlas, ¿cómo?» (OO.CC. II, n. 1905).

Buena e inquietante pregunta nos deja san Manuel González a la hora de afrontar las injusticias de nuestra sociedad: la sociedad de su tiempo, en los inicios de su ministerio sacerdotal, como arcipreste, en Huelva, y la sociedad de hoy, en el siglo XXI: ¿cómo reivindicamos la justicia los católicos hoy? ¿Cómo ponemos en práctica la doctrina social de la Iglesia, tan rica y tan llena de propuestas concretas? San Manuel nos responde con el testimonio de su propia vida, con su preocupación sincera por los más desfavorecidos, tanto en Huelva como en Málaga y Palencia; con sus múltiples iniciativas para sacar de su indigencia a los que carecían de estudios, trabajo, vivienda o dignidad social por ser pobres.

Esa reivindicación por la justicia pasa, en sus palabras, por el apostolado de la caridad: «¿cómo? Predicando o apostolando por caridad la necesidad y la obligación de esas reivindicaciones, y, mientras los obligados a ellas no las realizan, no pagan lo que deben, suplir y rellenar por caridad los huecos que esas injusticias dejan abiertos» (OO.CC. II, n. 1905).

Las estructuras de pecado traen como consecuencia no solo hambre de pan, cultura, justicia y paz, sino sed de acogida, ternura, bondad, dignidad humana, comprensión, respeto… por parte de quienes son denostados.

Si esa necesidad de ser valorados la esperan de cualquier otro ser humano o institución pública, ¡cuánto más la esperan de la Iglesia, de cualquier comunidad cristiana!

Dice san Manuel: «Sobre esas penas y esas heridas sociales, siempre abiertas y pidiendo conmiseración siempre, la Acción Social Católica derrama misericordiosamente el bálsamo confortador elaborado con el vino del amor y el aceite de la piedad. Ésa es la Acción Social Católica. Unas veces es la influencia de Jesucristo obligando a los Zaqueos de todos los tiempos a devolver con creces lo mal habido. Otras veces es la compasión del samaritano que repara las faltas y los egoísmos del fariseo. Es siempre el amor del Corazón de Jesús que pasa haciendo bien por la pobre sociedad» (OO.CC. II, n. 1905).

Oración inicial
Oh Dios, Padre de misericordia y compasivo hasta el extremo, que quieres que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, suscita en la Iglesia la verdadera conversión espiritual que promueva la liberación de los oprimidos, el celo por la justicia y la paz, el servicio gratuito a los que están solos o abandonados, el sentido evangélico de los pobres y la pobreza, el anuncio valiente de la Buena Noticia y la celebración de los Sacramentos entre los más necesitados. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Is 58,5-8; Is 1,17

Meditación
El hombre justo es el que busca siempre y en todo la voluntad de Dios, el que practica la ley del amor, el que ora con sinceridad de corazón y trabaja en favor del explotado, del hambriento o del emigrante.

La verdadera relación con Dios ha de llevar a implicarse en la lucha por la justicia. El papa Francisco nos insiste en ello, siguiendo los principios de la doctrina social de la Iglesia: «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (EG 187).

Ser instrumento de la gracia divina en esta lucha por la justicia, en esta defensa del pobre, en este servicio a los más desfavorecidos, supone un sincero deseo de conversión. Es aceptar que el Señor nos modele, nos transforme, como el cantero modela la piedra para que quede bien ensamblada en un edificio. La sed de justicia y de paz exige dejarse ajustar por Dios, dejarse convertir porque las estructuras de pecado cambiarán si nosotros, los cristianos, somos los primeros en rechazar la corrupción, el engaño, los privilegios, las componendas, las medias verdades, los contratos injustos, la explotación descarada, la manipulación de los débiles, …

Escuchemos a san Manuel
San Manuel González nos lo enseña claro: «Y porque se olvida eso del amor y se da principal papel a la ciencia, al dinero y a otros factores humanos, creo yo que se quedan mancas y cojas e inútiles muchas obras de Acción Social Católica» (OO.CC. II, n. 1906).

«¡Ay, señores, que el pueblo no sólo tiene hambre de pan, que la tiene de muchas cosas que valen más que el pan! Tiene hambre de verdad, de cariño, de bienestar, de justicia, de cielo y, quizá, sin que se dé cuenta, de Dios. Y si las lágrimas de sus ojos nos impulsan a movernos a su favor, ¿las lágrimas de su corazón, las desgarradoras de su alma, nos han de dejar en una neutralidad impasible?» (OO.CC. II, n. 1900).

Sí, hay hambre de Dios; y los pobres son los más abiertos y sensibles a buscar esa experiencia del encuentro con Jesucristo, de ser amados por el Padre Dios, creador de cielo y tierra. Por eso el papa Francisco señala que la atención religiosa a los más desfavorecidos ha de ser prioritaria: «quiero expresar con dolor que la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición, su Palabra, la celebración de los Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe» (EG 200).

Acción de gracias a Dios por su justicia
Respondemos: Te damos gracias, Padre, por tu infinito amor

  • Gracias, Padre, por tantos obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, que prolongan la Eucaristía diaria en el servicio generoso y gratuito a los enfermos, ancianos solos, marginados, deficientes psíquicos o físicos. R./
  • Gracias, Padre, por tantos laicos que desde la adoración eucarística, dejándose transformar por ti, son sal de la tierra y luz del mundo en su familia y amigos, en su trabajo y diversión, en su formación permanente y en su tiempo libre. R./
  • Gracias, Padre, por los cristianos que desde la fe y desde la doctrina social de la Iglesia, están implicados en Cáritas, en Manos Unidas y tantas otras organizaciones católicas que promueven la justicia social, el reparto equitativo de los bienes, la promoción y la dignidad de la mujer, la educación integral de niños y adolescentes sin medios para su formación. R./
  • Gracias, Padre, por la fortaleza que infundes en tantos cristianos que son perseguidos por defender la libertad religiosa en países donde está prohibido o restringido el anuncio del Evangelio.
  • Gracias, Padre, porque nos inquietas y nos desinstalas con el Evangelio de tu Hijo, para que lo descubramos en el que más sufre o más solo está, y le prestemos nuestro tiempo, energía, cariño, bondad, dinero y gesto solidario. R./

Oración final
Señor, Dios nuestro, que desde el Bautismo suscitaste en cada uno de tus hijos la llamada a la santidad, ayúdanos, contemplando el hambre y sed de justicia de tu Hijo, a ser instrumentos de tu paz y tu verdad, tu gracia y tu amor, para sembrar con valentía el Evangelio y plantar, con la fuerza del Espíritu, tu Reino de Vida, hoy, entre los hombres. PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.