Historias de familia (abril 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2019.

«Fuíme derecho al Sagrario de la restaurada Iglesia…»

El pasado 2 de febrero, en el 117º aniversario de la llegada a Palomares de san Manuel González, que se hizo coincidir con el final de la visita pastoral realizada a nuestra parroquia por el obispo auxiliar de Sevilla D. Santiago Gómez Sierra, se inauguró un azulejo que conmemora la canonización del obispo del Sagrario abandonado. Era una idea que rondaba a nuestro párroco, D. Miguel Ángel, ya desde el momento en que supo que tendría lugar, pero por una razón u otra su realización se había ido demorando.


Afortunadamente, ¡ya la tenemos! El diseño es francamente bonito y muy representativo de la figura y la obra de san Manuel, y su ejecución en cerámica es impecable. Viene a integrarse en esta humilde Iglesia, quizás como colofón a un recorrido que podemos hacer a través de las diferentes placas conmemorativas que hoy encontramos en sus paredes.

No es fácil reparar en la que creo es la más interesante de todas y que encontramos junto a la puerta lateral de la Iglesia, pero a una altura considerable. Difícilmente se puede averiguar que dice: «Este templo se renovó por la caridad del Emmo. Sr. Arzobispo D. Marcelo Spínola, el Ilmo. Sr. Arzobispo de Listra D. Antonio Ruíz Cabal, el Párroco D. José Romero Mesa, su iniciador D. Antonio Rivas García y otros bienhechores, el año de 1905».

Es curioso, pero de algún modo todos los nombres que aparecen mencionados en esa pequeña pieza de mármol tienen una relación directa con D. Manuel, y con su paso, feliz paso, por Palomares del Río allá por febrero de 1902 que inspiraría toda su obra.

Un templo de varios siglos
Aunque la Iglesia de Palomares es muy anterior, la estructura con la que hoy la conocemos data de finales del s. XVIII. Las repercusiones del terremoto de Lisboa, en 1755, se dejaron sentir en toda la zona del Aljarafe y en la provincia de Huelva, y esta pequeña Iglesia fue reconstruida entonces. En aquellos tiempos la villa había conocido cierto auge con la instalación en ella de varias haciendas, cuyos propietarios eran forasteros, pero que proporcionaban buenos jornales a trabajadores que se dedicaban al olivar y a la elaboración de aceite.

Sin embargo, a partir de los años 30 del siglo s. XIX, los problemas que se sucedieron a la muerte de Fernando VII, producidos por la inestabilidad de los sucesivos gobiernos y finalmente las tres guerras civiles que devastaron durante aquel siglo el país, acabaron con aquella humilde industria.

Al finalizar el s. XIX, quedaba poco de prosperidad en la villa. Su Iglesia, que siempre había contado con párroco propio con su beneficio asignado y desde el s. XVIII era sede de la reorganizada cofradía de la Virgen de la Estrella y de la Hermandad de la Vera Cruz y de la Virgen de la Soledad, carecía de párroco al comenzar el siglo XX desde la muerte, en 1895, de D. José Cayetano y Vázquez (cf. Pineda Novo, La villa de Palomares, p. 142). No era muy diferente la situación en otros pueblos de la zona en los alrededores de Sevilla donde después de casi 50 años de crisis, se había caído en una decadencia, no solo económica, también social y en consecuencia la vida religiosa en estos lugares se había empobrecido mucho.

El joven sacerdote Manuel González conocería bien pronto esta situación , pues una vez hubo recibido las órdenes menores, ya tuvo que hacerse cargo de algunas tareas apostólicas que se le encomendaron en los pueblos de los alrededores de Sevilla. Aunque de origen humilde, se había educado en la capital hispalense, y para él debió suponer un gran contraste encontrarse con la triste realidad de los pueblos andaluces cuando empezaba el s. XX. Así lo confiesa cuando escribe en Aunque todos… yo no: «si he de decir la verdad, me supieron muy mal las primeras salidas. De ordinario tornaba a mi casa con una desilusión tan grande como mi alegría al tomar el tren, el coche o la caballería que me llevaba al pueblo de mis funciones» (OO.CC. I, n. 11).

Congregación de Misioneros
Y es que una circunstancia providencial se había cruzado en la vida del joven sacerdote: el celo apostólico de su arzobispo, preocupado por la difícil situación de aquellos pueblos. Desde que en 1896 se hizo cargo de la archidiócesis de Sevilla, el hoy beato D. Marcelo Spínola, este prelado tuvo entre sus prioridades una muy especial : que «no quede pueblo, por pequeño que sea, donde no se haga oír la voz del misionero»(cf. Leonardo Ruíz, «Cien años de propaganda católica. Las misiones parroquiales en la Archidiócesis hispalense 1848-1952», en Hispania Sacra, 1998, p. 307). Con este fin y mediante la publicación del decreto A nuestro clero, estableció a comienzos de 1987, la que vino a llamarse la «Congregación de Misioneros».

Se trataba de un grupo formado por miembros del clero diocesano cuyos encargos pastorales les permitieran compatibilizar sus obligaciones con la tarea de organizar misiones en los pueblos, en la confianza que este tipo de apostolado hiciera cambiar el rumbo de aquellas villas y aldeas alejadas, cada vez más, de la piedad y de las devociones populares que antaño tuvieron. Una Junta formada por varios sacerdotes seleccionaba a quienes se incorporarían a este grupo, «después de una exquisita investigación sobre sus cualidades», organizando también el ir y venir de aquellos voluntarios.

Las misiones populares no eran una novedad, pero, tras esta iniciativa de D. Marcelo, el número de pueblos que pudieron tenerlas creció de una manera importante, hasta el punto que pronto se duplicó el número de las que se venían realizando hasta entonces, como puede apreciarse en las estadísticas del Boletín oficial del Arzobispado que reproduce el Prof. Leonardo Ruíz en su artículo sobre las misiones parroquiales. En 1902 fueron 13 los pueblos en los que hubo misión, entre ellos Palomares del Río.

Un pueblo de fantasía
El seminarista Manuel González había recibido en septiembre de 1900 y en junio de 1901 respectivamente las órdenes del subdiaconado y del diaconado, incorporándose así al clero del arzobispado hispalense y, como él mismo cuenta en Aunque todos yo no (OO.CC. I, n. 11) empezó a partir de entonces, a hacerse cargo de algunas tareas en aquellos pueblos que estaban cercanos a la capital, pero con una vida religiosa muy diferente a la de esta.

El joven Manuel González, como antes decía, era de familia humilde pero su vida había transcurrido en Sevilla, seguramente entonces la ciudad más importante del sur de España; una capital con una vida cultural importante y donde la piedad estaba fuertemente arraigada. No hay que olvidar la importancia de las hermandades y cofradías sevillanas, de penitencia o de gloria. Alejado de la vida rural y aficionado a la lectura, se había forjado una idea de cómo eran los pueblos a partir de las excelentes novelas de autores como el vasco Antonio de Trueba, la andaluza Fernán Caballero y sobre todo del montañés José Mª de Pereda que, en su famosa Peñas arriba, describe a Don Sabas, el cura de Tablanca (que así denomina al pueblo donde sitúa su relato) como un auténtico héroe para los aldeanos; un hombre sencillo y razonable, contrapunto de los personajes laicistas con apariencia de intelectuales que aparecían en la novela. Recordando sus primeros momentos de su vida como clérigo, D. Manuel escribirá años más tarde aquello que entonces anhelaba: «¿Por qué yo no había de ser el don Sabas de mi pueblo?…» (OO.CC. I, n. 10). Así las cosas y una vez ordenado sacerdote, había sido requerido por la Junta que regulaba la actividad de la Congregación de Misioneros, que presidía D. Bartolomé Romero Gago, para que se trasladara a Palomares del Río a participar en una misión. Estando desde 1895 sin párroco propio, la iglesia de Palomares era atendida por el párroco del vecino pueblo de Mairena del Aljarafe, D. José Romero Mesa, que había solicitado a la Junta que hubiera misión en su parroquia y otra «abreviada» en el pueblo que atendía. Hoy en día es difícil imaginar grandes problemas para trasladarse desde Sevilla a lugares como Mairena o Palomares, cientos de personas lo hacemos todos los días en pocos minutos, sin embargo, en 1902 ese traslado era una pequeña aventura.

Padres jesuitas
Estos sacerdotes voluntarios no recibían ninguna compensación por participar en esas misiones, pero tenían una ayuda para el desplazamiento y era habitual que fuesen acompañados a la misión por religiosos, más entrenados en la predicación. Don Marcelo Spínola confiaba especialmente en la preparación de los miembros de la Compañía de Jesús y, en aquellos años, los padres Curiel y Torrero eran muy conocidos por el fervor que trasmitían en sus pláticas. Pues bien, ellos se encargarían de la misión en Mairena, y con ayuda del joven sacerdote sevillano sería posible tener también la «abreviada» en Palomares.

Llegados a este punto hay que hablar de otros de los mencionados en la placa que se conserva en la Iglesia. Tras el nombre de D. Marcelo aparece el de D. Antonio Ruíz Cabal Rodríguez, entonces arzobispo titular de Listra, pues dada su avanzada edad y deteriorada salud, renunció a ser obispo residencial de Pamplona y se retiró a Sevilla, junto a su familia. De padre cordobés, había nacido en Villamartín, el pueblo de su madre, se formó como sacerdote en Sevilla, llegando a ser rector del seminario antes de ser nombrado obispo. Se da la curiosa circunstancia que uno de sus hermanos, José, vivía en una Hacienda en la vega del Guadalquivir, en el pueblo de Palomares del Río, en una casa situada justo frente a la Iglesia de Nuestra Señora de la Estrella. Pese a sus achaques D. Antonio colaboraba con el arzobispo Spínola y precisamente fue él quien había conferido en junio de 1901 el orden del diaconado al seminarista Manuel González. La vinculación del anciano arzobispo titular de Listra con el pueblo en el que vivía su hermano sería determinante para que pudiera realizarse en este pueblo una misión, pues este puso a disposición de los misioneros su casa en Palomares.

En las haciendas del Aljarafe la vida discurría en torno a una zona que se llamaba el caserío en la que residían los trabajadores, algunos fijos y otros eventuales. Todas tenían además en zonas próximas molino, para la elaboración del aceite, caballerizas, vaquería, almacenes para el grano, etc. Una de ellas, la Hacienda de Córdoba tenía todas estas construcciones alrededor de la Iglesia. Antonio Rivas García, ignoramos si era o no el propietario de ella pero se encargaba de la explotación de la finca, y por alguna razón se empeñó en que no se deteriorara, más de lo que ya estaba, esa Iglesia que tenía tan cercana.

El Señó Antonio
Cuando en 1899 el obispo Ruíz Cabal se establece en Sevilla, aprovechará la oportunidad para pedirle ayuda para la restauración de la maltrecha iglesia, y es por eso que el nombre de «Antonio Rivas García» aparece en la placa que está en la fachada del templo, como «quién comenzó» la restauración, aunque seguramente es más conocido como el señó Antonio, el vaquero, pues así se referirá a él ese sacristán que, mientras guiaba por el camino al misionero, contestaba con cierta desgana a las preguntas que el joven sacerdote le hacía. Así lo recogerá D. Manuel González cuando rememora aquellos momentos (cf. OO.CC. I, n. 13).

Es más que probable que aquel joven sacerdote recién ordenado y todavía sin un encargo apostólico, formase parte del grupo de voluntarios que, a las órdenes de la Junta que presidía D. Bartolomé Romero Gago, asistía a las misiones en los pueblos del arzobispado. Los padres Curiel y Torrero se desplazarían hasta aquí y se hospedarían en la casa de D. José Ruíz Cabal, pero antes uno de los sacerdotes de la Congregación de Misioneros estaría encargado de que todo estuviese a punto para la celebración de aquel evento religioso y que no se alojaría en la casa. Desgraciadamente D. Manuel no describió todas las peripecias de sus días en Palomares, pero sí dejó constancia de alguna como del «trato de favor» que tuvieron con él alojándole en la zona reservada a los animales para que descansara mejor, es decir, «el tener que dormir el Misionero en la cuadra del señó Antonio para que no le molestasen los chiquillos de la casa».

Aunque la Iglesia de Palomares estaba en muy mal estado, era un edificio antiguo, construido con materiales sencillos, y sin párroco que lo cuidara en los últimos años, el empeño de D. Antonio Rivas, debería haberse hecho notar. Cuando en 1902 D. Manuel González llega hasta allí escribirá: «Fuíme derecho al Sagrario de la restaurada iglesia» (OO.CC. I, n. 15). Una «restaurada iglesia» es lo que esperaba encontrar y frente a esto encontró un lugar donde el Sagrario estaba en un lugar oscuro y además pintado en azul añil, con manteles y velas, pero los primeros raídos y las velas en vez de ser de cera de abejas (cómo establece la liturgia de la Iglesia) hechas de grasa de sebo y además oscurecidas, la lámpara votiva derramaba un aceite al suelo que nadie recogía.

El empeño del señó Antonio, no había sido suficiente. Gracias a la ayuda económica, probablemente de D. José Ruíz Cabal (recordado todavía por las personas mayores de Palomares como un caballero generoso con los pobres y con la Iglesia) había conseguido techar la Iglesia, fundir una nueva campana (su nombre aparece inscrito en ella) e incluso pintar la capilla de reserva del Santísimo, pero tampoco eso había sido suficiente. La auténtica restauración solo llegaría cuando alguien acercara a las personas que vivían allí a ese Jesús callado que el joven misionero iba a ver con claridad que les esperaba en el Sagrario.

Crónica de la misión
El Boletín del Arzobispado de Sevilla recogía, en 1902, la crónica abreviada del desarrollo de la misión que había tenido lugar en Mairena del Aljarafe y en Palomares del Río. Decimos abreviada porque en ella se hace referencia a una más extensa que ojalá pudiéramos encontrar. Al hablar de los días que discurrieron en Palomares, además de agradecer a D. José Ruíz Cabal que diera alojamiento a los misioneros, la crónica explica como «los tres trabajaron sin descanso con aquellas desgraciadas personas que no tienen párroco como antaño lo tuvieron». Aunque no se menciona el nombre de aquel tercer misionero que, junto a los jesuitas Curiel y Torrero, se encargó de llevarla a cabo sabemos que era Manuel González.

A continuación, se refiere a los frutos de aquella misión que se fija en 300 comuniones. Sin embargo, lejos estaba de conocer quien esto escribía, de hasta donde habrían de llegar los frutos reales que se sucederían de ella, a través de la gracia que Nuestro Señor derramó en aquellos días en ese joven sacerdote enviado por D. Marcelo Spínola a este pueblo del Aljarafe, que supo ver allí a Jesús en el Sagrario y que escribiría, muchos años después: «De mí sé deciros que aquella tarde en aquel rato de Sagrario, entreví para mi sacerdocio una ocupación en la que antes no había ni soñado y para mis entusiasmos otra poesía que antes me era desconocida. Creo que allí se desvanecieron mis ilusiones de cura de pueblo de costumbres patriarcales y sencillas, con mi vocación de don Sabas…Ser cura de un pueblo que no quisiera a Jesucristo, para quererlo yo por todo el pueblo».

Poco tiempo después, Palomares volvió a contar con un párroco. En 1903 D. José Romero Mesa se trasladó desde Mairena para serlo. En 1905 con la ayuda económica del propio arzobispo D. Marcelo Spínola, se concluyeron las obras de restauración de la Iglesia de Ntra. Sra. de la Estrella de Palomares. Pero aquel mismo año D. Manuel González llegaba a su parroquia en Huelva y desde allí escribía al arzobispado: «El Sagrario de mi parroquia está de lo peor. Las paredes revestidas de papel de color, roto e indecoroso» y es que parece que el Señor estaba empeñado en hacerle entender que «un sacerdote no es ni más ni menos que un hombre elegido y consagrado por Dios para pelear contra el abandono del Sagrario» (OO.CC. I, n. 21).

Aurora Mª López Medina
Publicado en El Granito de Arena, Historias de familia, San Manuel González, San Manuel González García.

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