Orar con el obispo del Sagrario abandonado (abril 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2019.

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5,5)

«¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios!» (2Co 1,3-4).
Sí, hermanos y hermanas, «el oficio de Cristo Resucitado es consolar», dice san Ignacio de Loyola, cuando presenta las consideraciones propias de la cuarta semana de Ejercicios Espirituales. Son muchos los que lloran hoy, con lágrimas en sus ojos o sufrimiento en su corazón. Son cientos los problemas, miedos, angustias, opresiones, tristezas que afligen a buena parte de la humanidad. Esta bienaventuranza de Jesús nos confirma que el oficio del Resucitado es consolar, aunque, en ocasiones, parezca que Él demora su intervención en nuestra vida o en las circunstancias que nos rodean y nos causan aflicción. Dios cumple siempre sus promesas.

¡Cuántas personas son víctimas de la guerra, el hambre, la trata de mujeres, la explotación laboral o sexual, la marginación, la separación familiar, las enfermedades crónicas…! ¡Cuántas! ¡Cuántas lágrimas derramadas! Ante tanto dolor, Dios sigue convocando a sus hijos para que escuchemos el clamor de los oprimidos y trabajemos por una humanidad donde se respetan los derechos humanos, se reparten equitativamente los bienes y se procura que a nadie le falte casa, familia, comida, sanidad, educación y una vida digna.

Así lo insiste, una y otra vez, Francisco, nuestro actual pontífice: «El imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno» (EG 193).

«No hablamos solo de asegurar a todos comida, o un decoroso sustento, sino que tengan prosperidad sin exceptuar bien alguno. Esto significa educación, acceso al cuidado de la salud y especialmente trabajo, porque en el trabajo libre, creativo, participativo y solidario, el ser humano expresar y acrecienta la dignidad de su vida» (EG 192). Hoy, delante del Pan de Vida, del Hombre perfecto, del Redentor de la humanidad, pidamos para que sepamos ser verdaderos consoladores de los que lloran.

Oración inicial
Oh Dios, fuente de todo consuelo, que, gracias a los sufrimientos de Cristo en la Cruz, ninguna pena ni aflicción queda sin luz ni alivio; concédenos llorar con los que lloran, reír con los que ríen, para que seamos, en tu nombre, instrumentos de tu paz y tu consuelo para quien lo necesita. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
«El Señor le dijo: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel”» (Ex 3,7-8).

«Vi un cielo nuevo y una tierra nueva… Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo… Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido» (Ap 21,1-2. 4).

Meditación
¡Qué contraste contemplamos en estos textos de la Sagrada Escritura! Por un lado, el Señor siempre está atento a los que sufren o son víctimas de cualquier opresión. Por otro, nos promete un cielo nuevo y una tierra nueva, donde no habrá muerte ni duelo, ni llanto ni dolor. Lo que Dios promete siempre se cumple.

Igual que liberó a los israelitas de la esclavitud de Egipto y los llevó a la tierra prometida, así también lo que prometió por medio de los profetas tuvo pleno cumplimiento en su Hijo. Lo dijo en Nazaret: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21). Lo confirmó de nuevo, después de la Resurrección, en el diálogo con los dos de Emaús: «Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras» (Lc 24,27).

Del mismo modo, el anuncio del Apocalipsis tendrá pleno cumplimiento al final de la historia: «Al fin de los tiempos, el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado» (CEE 1042). «Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21,2), “la Esposa del Cordero” (Ap 21,9). Ya no será herida por el pecado, las manchas (cf. Ap 21,27), el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión continua» (CCE 1045).

Escuchemos a san Manuel
Muchas lágrimas internas vertió san Manuel González delante del Sagrario en tantas situaciones que padeció: incomprensiones, persecución, calumnias, desprecio, burlas, destierro, traslado de diócesis, miserias de los sacerdotes, injusticias sociales, guerra civil y, sobre todo, el abandono de tantos Sagrarios.

Escuchemos algunas de esas situaciones que le llevaban a llorar interiormente y cómo advertía a los sacerdotes y laicos que ellos también padecerían: «A ti, hermano mío [sacerdote], bástete saber que esa lágrima que derramas en la soledad de tu Sagrario llorando ausencias continuas, y que esa gota de sudor con que riegas tu camino, y que ese desprecio generosamente sufrido a una buena intención mal interpretada, y que ese pedazo de paz y ese plato de tu mesa que diste al hambriento, y que esa ropa interior de que te desnudaste para vestir al desnudo y que ese cúmulo de sacrificios, penas, trabajos, sinsabores, peticiones y favores ni conocidos ni pagados… bástete saber, hermano mío, que todo eso tendrá su fruto cierto para ti y para los demás» (OO.CC. II, n. 1865).

«Un cura va a un pueblo perdido. La iglesia vacía, el Sagrario solo, las telarañas y los animalejos son sus compañeros. Cristo odiado o desconocido. El pueblo, los pobres, los desgraciados, los ancianos, que siempre siguen la misma suerte que Jesucristo, explotados o abandonados. Yo creo que si ese cura tiene sangre cristiana en sus venas, no tiene otro recurso que irse al Sagrario y hartarse de llorar, contando sus desolaciones a su Compañero abandonado: al Jesucristo solo y despreciado» (OO.CC. II, n. 1890).

«Llorando con Cristo que llora, acompañando a Cristo abandonado, poniendo su corazón muy cerca del Corazón de Cristo, muy cerca, hasta que se punce con las espinas que coronan a este, hasta que pasen al suyo algo de las hieles amargas que este rebosan, estableciéndose así un flujo y reflujo de penas y amores, haciéndose él el adorador, el amante, la víctima por toda su pobre parroquia» (OO.CC. II, n. 1891).

«¡El Corazón de Jesús está vivo en el Sagrario! ¿Queréis explicarme cómo, siendo eso tan verdad, todavía en la tierra hay ojos que lloran, corazones que se agitan y almas que se turban?» (OO.CC. II, n. 2675).

Letanías del consuelo divino
A cada invocación respondemos: Alabado y bendito seas, Cristo Jesús.

  • Porque siendo Verbo encarnado te hiciste en todo igual a nosotros menos en el pecado. R/.
  • Porque Tú participaste de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte. R/.
  • Porque Tú, sumo sacerdote, misericordioso y fiel, cargaste con los pecados del pueblo. R/.
  • Porque Tú, por el hecho de haber padecido tentaciones, puedes auxiliar a los que somos tentados. R/.
  • Porque Tú, el Mesías de Dios, en obediencia al Padre, te hiciste el Cordero que quita el pecado del mundo. R/.
  • Porque Tú, el Vencedor de la muerte, nos has abierto las puertas del Reino de los cielos. R/.

Oración final
Oh Dios, fuente de vida y consuelo, que en tu Hijo Amado, nos has traído la paz y la alegría, la fuerza y la luz con su resurrección y el derramamiento del Espíritu Santo, conviértenos en consoladores de todos los que lo necesiten, ayudándonos a vivir el espíritu de las Bienaventuranzas, irradiando el gozo y la esperanza del Evangelio a tantas personas sumergidas en la angustia y el miedo, la desesperanza y la tristeza. PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.