Catequesis del papa Francisco sobre la santa Misa (XIV)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2019.

Comulgar con fe para ser Eucaristía viviente

En la penúltima catequesis del ciclo que el papa Francisco ha dedicado a la santa Misa se centró en el momento de la Comunión eucarística. Al inicio, aludiendo a que ese día comenzaba la primavera, realizó un simil entre lo que contemplamos en la naturaleza y la vida cristiana. Resaltó particularmente la importancia de la raíz, que para un cristiano es su relación con Jesús a través de la oración y los sacramentos. Luego dirigió a los presentes en la Audiencia general del 21 de marzo de 2018 las siguientes palabras.

Queridos hermanos y hermanas, continuamos con la catequesis sobre la santa Misa. La celebración de la Misa, de la que estamos recorriendo los varios momentos, está encaminada a la Comunión, es decir, a unirnos con Jesús. La Comunión sacramental, no la comunión espiritual, que puedes hacerla en tu casa diciendo: «Jesús, yo quisiera recibirte espiritualmente». No, la Comunión sacramental, con el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Íntima unión con Cristo
Celebramos la Eucaristía para alimentarnos de Cristo, que se nos da a sí mismo, tanto en la Palabra como en el Sacramento del altar, para conformarnos a Él. Lo dice el Señor mismo: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56). De hecho, el gesto de Jesús que entrega a sus discípulos su Cuerpo y Sangre en la última Cena, continúa todavía hoy a través del ministerio del sacerdote y del diácono, ministros ordinarios de la distribución a los hermanos del Pan de la vida y del Cáliz de la salvación.

En la Misa, después de haber partido el Pan consagrado, es decir, el Cuerpo de Jesús, el sacerdote lo muestra a los fieles invitándoles a participar en el banquete eucarístico. Conocemos las palabras que resuenan desde el santo altar: «Dichosos los invitados a la Cena del Señor: he aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

Inspirado en un pasaje del Apocalipsis –«Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero» (Ap 19,9): dice «bodas» porque Jesús es el esposo de la Iglesia– esta invitación nos llama a experimentar la íntima unión con Cristo, fuente de alegría y de santidad. Es una invitación que alegra y a la vez conduce a un examen de conciencia iluminado por la fe. Si por una parte, de hecho, vemos la distancia que nos separa de la santidad de Cristo, por la otra creemos que su Sangre es «derramada para la remisión de los pecados».

Transformación en Jesús
Todos nosotros fuimos perdonados en el Bautismo y todos nosotros somos perdonados o seremos perdonados cada vez que nos acercamos al sacramento de la Penitencia. Y no os olvidéis: Jesús perdona siempre. Jesús no se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Precisamente pensando en el valor salvador de esa Sangre, san Ambrosio exclama: «Yo que peco siempre, debo siempre disponer de la medicina» (De sacramentis, 4,28: PL 16,446a). En esta fe, también nosotros buscamos la mirada al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y lo invocamos: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». Esto lo decimos en cada Misa.

Nosotros nos dirigimos en procesión para comulgar, vamos hacia el altar en procesión para comulgar, pero en realidad es Cristo quien viene a nuestro encuentro para asimilarnos a Él. ¡Hay un encuentro con Jesús! Alimentarse de la Eucaristía significa convertirse en lo que recibimos. Nos ayuda san Agustín a comprenderlo, cuando habla de la luz recibida al escuchar decir de Cristo: «Manjar soy de grandes: crece y me comerás. Y tú no me transformarás en ti como el manjar de tu carne, sino que tú te transformarás en mí» (Confesiones VII, 10,16: PL 32,742). Cada vez que nosotros comulgamos, nos parecemos más a Jesús, nos transformamos más en Jesús.

Gracia y compromiso
Como el pan y el vino se convierten en Cuerpo y Sangre del Señor, así cuantos le reciben con fe son transformados en Eucaristía viviente. Al sacerdote que, distribuyendo la Eucaristía, te dice: «El Cuerpo de Cristo», tú respondes: «Amén», o sea, reconoces la gracia y el compromiso que conlleva convertirse en Cuerpo de Cristo. Porque cuando tú recibes la Eucaristía te conviertes en cuerpo de Cristo. Es bonito esto; es muy bonito. Mientras nos une a Cristo, arrancándonos de nuestros egoísmos, la Comunión nos abre y une a todos aquellos que son una sola cosa en Él. Este es el prodigio de la Comunión: ¡nos convertimos en lo que recibimos!

La Iglesia desea vivamente que también los fieles reciban el Cuerpo del Señor con hostias consagradas en la misma Misa; y el signo del banquete eucarístico se expresa con mayor plenitud si la santa Comunión se hace bajo las dos especies, incluso sabiendo que la doctrina católica enseña que bajo una sola especie se recibe a Cristo todo e íntegro (cf. Instrucción General del Misal Romano, 85; 281-282). Según la praxis eclesial, el fiel se acerca normalmente a la Eucaristía en procesión, como hemos dicho, y comulga de pie con devoción, o de rodillas, como establece la Conferencia Episcopal, recibiendo el sacramento en la boca o, donde está permitido, en la mano, como se prefiera (cf. IGMR, 160-161). Después de la Comunión, para custodiar en el corazón el don recibido, nos ayuda el silencio, la oración silenciosa. Prolongar un poco ese momento de silencio, hablando con Jesús en el corazón, nos ayuda mucho, como también cantar un salmo o un himno de alabanza (cf. IGMR, 88) que nos ayuda a estar con el Señor.

La Liturgia eucarística concluye con la Oración después de la Comunión. En esta, en nombre de todos, el sacerdote se dirige a Dios para darle las gracias por habernos hecho sus comensales y pedir que lo que hemos recibido transforme nuestra vida. La Eucaristía nos hace fuertes para dar frutos de buenas obras, para vivir como cristianos. Es significativa la oración de hoy, en la que pedimos al Señor que «el sacramento que acabamos de recibir sea medicina para nuestra debilidad, sane las enfermedades de nuestro espíritu y nos asegure tu constante protección» (Misal Romano, Miércoles de la V semana de Cuaresma).

Acerquémonos a la Eucaristía: recibir a Jesús, que nos trasforma en Él, nos hace más fuertes. ¡Es muy bueno y muy grande el Señor!

Papa Francisco
Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.

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