Orar con el obispo del Sagrario abandonado (marzo 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2019.

Bienaventurados los mansos porque ellos heredarán la tierra

«¡Vaya si renta interés una cara bien administrada! Y lo que renta en la tierra y en el cielo. En la tierra cuenta con la bienaventuranza ofrecida a los mansos: la posesión de la tierra o de los corazones de los que viven en la tierra que, al fin y a la postre, acaban por rendírsele. Y en el cielo, ¡allí sí que le esperan pingües ganancias!» (OO.CC. III, n. 5114).

San Manuel, en su libro Apostolados menudos, cuando habla de «El apostolado de la buena cara», señala cómo la mansedumbre de corazón es la virtud interior que posibilita ofrecer siempre buena cara aunque uno sea ofendido, calumniado, apedreado, o se rían, o se burlen de él: ¡siempre buena cara!

«Solo: Ponedlo en medio del pueblo o grupo más indiferente u hostil al sacerdote o al apóstol. Decidle que ponga su mejor cara para el pequeñuelo que alborota o le tira piedras, para el altanero transeúnte que no le responde al saludo, para el impío que ha jurado comérselo crudo, para el calumniador que a todas horas lo recuerda… Pero dejad que las gentes, las buenas, las malas y las regulares se den cuenta de su cara siempre, y, a pesar de todo, buena, y ya me diréis de quién es el triunfo» (OO.CC. III, n. 5112).

Siempre buena cara. Es el mejor apostolado. El que triunfa en la dificultad y el sufrimiento. Pero se necesita un sacerdote o un discípulo de Cristo repleto de mansedumbre. Es en la escuela de Jesús donde se aprende esta magistral asignatura (¡virtud!): la mansedumbre: «Aprended de mí, que soy manso» (Mt 11,29).

Son tiempos largos de adoración eucarística, de dejarse mirar por el Siervo del Señor, el Manso Cordero, son momentos maravillosos para entrar en su escuela de mansedumbre, dejándose enseñar por contagio, por irradiación de su mansedumbre. «Maestro de la cara buena de todas las páginas del Evangelio y de todas las horas de Sagrario de la tierra ¡que te imitemos!» (OO.CC. III, n. 5115).

Oración inicial
Señor Jesús, manso y humilde de corazón, Maestro de la buena cara, adéntranos en tu escuela de mansedumbre; haz que en todo te imitemos, que todo lo hagamos de buena gana y con buena cara: al dar limosna, al visitar a un enfermo, al perdonar al que nos ha ofendido, al escuchar al que está solo, al hacer el bien sin que la mano izquierda sepa lo que hace la derecha; porque creemos y sabemos que nuestro Padre, que ve en lo escondido, nos lo pagará. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Escuchamos la Palabra
Mt 11,28-30.

Preciosa expresión del amor
«La mansedumbre es una de las más preciosas expresiones del amor, que por desgracia es muy rara en un mundo tan competitivo y duro como el nuestro. La mansedumbre tiene mucha fuerza para abrir los corazones» (Jacques Philippe).

Dios es la fuente de toda mansedumbre. Él posee una ternura, delicadeza, bondad, cercanía, comprensión,… que supera todo lo que podemos imaginar.

La mansedumbre es uno de los frutos del Espíritu Santo. Jesucristo, el Manso de Dios, es el ejemplo sublime de quien ha ido al martirio «como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca» (Is 53,7).

Jesús hizo suyas todas las expresiones del Siervo de Yahvé que canta el profeta Isaías: «Él Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca» (Is 53,6-7).

En esta sociedad neocapitalista, donde se premia el éxito a cualquier precio, la competitividad más agresiva, el triunfo rápido y fácil, surge, como consecuencia, la comparación, el carrerismo, la desconfianza y la envidia: terribles tentaciones o pecados que provocan enemistades, conflictos, riñas, e incluso odio, de la manera más fácil y común, en las relaciones humanas.

El reino de la soberbia, la autorreferencialidad, el prestigio, la vanidad se aplaude y fomenta en los medios de comunicación y en las empresas. Cada uno se cree en el derecho de alzarse por encima de los otros; de pensar que no necesita de nada ni de nadie.

«Sin embargo, aunque parezca imposible, Jesús propone otro estilo: la mansedumbre. Es lo que Él practicaba con sus propios discípulos y lo que contemplamos en su entrada en Jerusalén: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica” (Mt 21,5)» (GE 71).

Humildad y mansedumbre
Humildad y mansedumbre son inseparables: el mismo Jesús se pone como modelo y maestro: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29).

Humildad y mansedumbre son expresión concreta de quien es pobre de espíritu, de quien ha puesto en Dios toda su confianza. Ahí encuentra su verdadero descanso: en el corazón de Cristo, en el pecho del Maestro Siervo, como encontró su descanso en la última cena el discípulo amado (Cf. Jn 13,23). Así lo expresa el salmista. Así oramos hoy nosotros: «Solo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación; solo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré. Descansa solo en Dios, alma mía, porque él es mi esperanza;solo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré» (Sal 62,2-3. 6-7).

La ira, la venganza, el odio, la violencia, la cólera, el rencor, son reacciones humanas contrarias a la mansedumbre. Son acciones y posturas que reflejan la incapacidad de aceptarse a sí mismo o a los otros, la aspereza y la amargura de corazones llenos de malestar, fracaso, descontento, aflicción, mal humor, que la persona no ha sabido encauzar.

Ira, venganza, odio y violencia son, en el fondo, la manifestación de personas con falta de fe y confianza en Dios. De ahí su corazón endurecido, su decepción de sí mismo, de sus estudios o trabajos, de sus metas y aspiraciones. De ahí la desconfianza hacia los otros seres humanos. Son personas amargadas que sufren por su insatisfacción permanente y que hacen sufrir a los demás. Se creen con el derecho de hacer sufrir a los otros.

La bienaventuranza nos dice que los mansos poseerán la tierra; es decir, que verán cumplidas en sus vidas las promesas de Dios. El Señor cumple siempre lo que promete: «El cielo y la tierra pasarán; pero mis palabras no pasarán» (Lc 21,33).

Los mansos, como pobres de espíritu que son, lo esperan todo de Dios, y solo de Dios; se saben menesterosos, mendigos, de la bondad de Dios; y saben que no quedarán defraudados: «En ese pondré mis ojos, en el humilde y el abatido, que se estremece ante mis palabras» (Is 66,2).

Escuchemos nuevamente a san Manuel
«El dominio de la tierra que en las bienaventuranzas se promete a los mansos, me lo explico yo por la influencia de la aplicación de esta regla. El corazón más duro y depravado se siente, sin darse cuenta, tarde o temprano, subyugado por el influjo de esa estima y de esa benevolencia. En suma, fórmula de caridad y de humildad es ésta: tú eres, aunque no te lo diga, mejor que yo» (OO.CC. II, n. 3456).

«¡Cuántas veces y en cuántas formas se ha dicho a sí mismo y ha dicho a su pueblo: Jesús se hizo en el Sagrario Evangelio vivo para alumbrar con su luz de cielo los pasos de los hombres sobre la tierra, y los hombres, amando más las tinieblas que la luz, desconocen y desprecian el Evangelio y el catecismo! Él se hizo en el Sagrario Alimento para saciar todas las hambres y robustecer todas las flaquezas y los hombres, ¡suicidas o locos! siguen pretextando excusas para no comulgar. Él se hizo en el Sagrario Maná escondido, para que los que lo gustaran con el paladar de una piedad rendida y sólida, vieran lo bueno y suave que es el Señor, y los hombres ¡obstinados en saborear desabridas ollas de Egipto! Él hizo de sus Sagrarios tronos de su divinidad y de sus templos alcázares de su realeza, y los hombres ¡no le dan adoración, ni reverencia, ni obediencia, ni compañía! Él se hizo en el Sagrario Ejemplar de hombre perfecto y modelo de toda virtud, y los hombres ¡casi no han empezado aun a copiar, ni a entender un solo rasgo!» (OO.CC. II, n. 2129).

Invocaciones a Jesús manso y humilde de corazón
Respondemos: Haz mi corazón semejante al tuyo

  • Jesús, manso y humilde de corazón.
  • Jesús, revelación suprema de la mansedumbre
  • Jesús, fuente viva de eterna bienaventuranza.
  • Jesús, abajado y humillado en el Misterio de la Encarnación.
  • Jesús, paciente y sencillo ante tus amadores.
  • Jesús, Manso Cordero que confiaste todo al Padre.
  • Cristo, suave fortaleza, ante la ira y el odio.
  • Jesús, Manso Cordero, resucitado, que venciste a la muerte.
  • Cristo, Cordero degollado, a quien damos honor y gloria.
  • Cristo, Pan vivo bajado del cielo, medicina de inmortalidad.
  • Cristo, escuela de mansedumbre, ante las humillaciones.
  • Cristo, Roca firme y Plaza fuerte, ante los perseguidores.
  • Jesús, Manso Cordero llevado al suplicio de la Cruz.
  • Jesús, Manso Cordero que aprendiste sufriendo a obedecer.
  • Jesús, Manso Cordero que cargaste con los pecados de los hombres.
  • Jesús, Manso Cordero que perdonaste a los que te crucificaban.
  • Cristo, Consolador divino, que nos irradias tu mansedumbre.

Oración final
Bendito y alabado seas, Padre, porque, en tu Hijo amado, en quien tienes puestas todas tus complacencias, nos enseñas a ser mansos y humildes de corazón, a vivir en obediencia a tu voluntad, a ser fuertes en la fortaleza del Espíritu Santo, a ser valientes en el testimonio de la fe, a soportar con paciencia los defectos de los demás. Concédenos, Creador y Dueño de todo, origen de todo bien, vivir la virtud de la mansedumbre en la certeza de «poseer la tierra», de ver cumplidas en nosotros tus promesas de amor infinito. PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.