Editorial (febrero 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2019.

Manuel, Jesús, Antonio, Félix, etc.

Puede parecer la lista de nombres entre los que elegir para un bebé o un niño próximo a nacer pero no es así. Son algunos de los nombres que se le impusieron a san Manuel González el 28 de enero de 1877, tres días después de nacer, en la iglesia de San Bartolomé, en Sevilla, durante su Bautismo. El nombre completo era Manuel Jesús de la Purísima Concepción, Antonio Félix de la Santísima Trinidad, lo que eleva enormemente la cantidad de personas que pueden decir que llevan el mismo nombre de nuestro estimado fundador.


A finales del siglo XIX, y por muchas décadas más, fue costumbre imponer varios nombres a quienes se bautizaban ya que, de esta forma, se los ponía bajo la protección y cuidado de los santos que habían llevado ese nombre. Actualmente, en la mayoría de países no es tan usual dar más de uno (o dos) nombres a los recién nacidos. El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda, al respecto, que gracias a la invocación del nombre de Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo) recibimos el Bautismo y que, de esta forma el bautizado es santificado y recibe su nombre en la Iglesia. «Puede ser el nombre de un santo, es decir, de un discípulo que vivió una vida de fidelidad ejemplar a su Señor. Al ser puesto bajo el patrocinio de un santo, se ofrece al cristiano un modelo de caridad y se le asegura su intercesión. El “nombre de Bautismo” puede expresar también un misterio cristiano o una virtud cristiana» (n. 2.146).

El nombre, nuestro nombre, es mucho más que una tarjeta identificativa. Mientras que en el ámbito civil además del nombre necesitamos un número (de documento) que permite que seamos más fácilmente reconocibles, en nuestro ser hijos de Dios, nuestro nombre es único e irrepetible. «El nombre que hemos recibido es un nombre de eternidad. En el reino de Dios, el carácter misterioso y único de cada persona marcada con el nombre de Dios brillará a plena luz», afirma el Catecismo (n. 2159), porque toda persona es sagrada y Dios la conoce de forma íntima y personal.

Esto ayuda a comprender la vocación en la Iglesia. Dios llama al escogido, por su nombre. Seguramente se nos vienen a la memoria incontables pasajes bíblicos en el que Dios llama para encomendar una misión: «Moisés, Moisés […] anda, que te envío al faraón» (Ex 3,4. 10); «Samuel, Samuel […] Comunícale…» (1Sam 3,4. 11); «Zaqueo, baja aprisa, pues hoy tengo que hospedarme en tu casa» (Lc 19,5). Pero, más aún, es bueno, necesario e importante, recordar nuestra vocación, es decir, aquellos momentos en los que Dios nos ha llamado por nuestro nombre y nos ha encomendado una misión. No se trata de haber tenido revelaciones o visiones. El Bautismo (recordemos o no el instante debido a la edad en que lo recibimos) es el primer momento en que Dios nos llama por nuestro nombre y, al hacerlo, nos confirió una dignidad nueva, la de hijos de Dios, salvados y resucitados en su Hijo.

Pero en nuestra vida siempre, sin excepciones, ha habido momentos en que Dios nos ha llamado por nuestro nombre, nos ha cuidado, nos ha indicado una misión, ha encaminado nuestros pasos. ¡Qué importante recordar siempre estos momentos! Son esos recuerdos, esas vivencias, las que dan verdadero sentido a nuestra vida, las que explican las alegrías y justifican los sufrimientos. Quizás pensemos que nuestro nombre pueda haber sido producto de la elección unipersonal de nuestros padres. En realidad, es Dios mismo quien ha actuado en ellos, por ellos y con ellos para poder decirnos a cada uno: «Tú eres mi hijo» y llenarnos de su amor. «

Publicado en Editorial, El Granito de Arena.

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