Historias de familia (febrero 2019: segundo viaje a Roma)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2019.

¡A Roma por todo!

Con ese ánimo y alentado por el arzobispo de Sevilla, el cardenal D. Enrique Almaraz, comenzó D. Manuel González su segundo viaje a Roma. Era noviembre de 1912. Un año antes, en noviembre de 1911, Pío X había creado cardenales a D. Enrique Almaraz y D. José María Cos, arzobispos respectivamente de Sevilla y Valladolid.


El Derecho Canónico establecía que quienes eran creados cardenales y no residían en Roma, debían, en el plazo de un año, viajar a Roma para recibir el capelo rojo de manos del pontífice; de modo que estaba previsto que, antes de que finalizara 1912, el arzobispo de Sevilla se trasladaría a Roma para ser recibido por el papa. Se fijó para el 2 de diciembre el Consistorio público en el que se incorporarían los nuevos cardenales. Era habitual que un pequeño séquito de personas de confianza acompañara a los nuevos cardenales en estos actos. El arzobispo hispalense decidió que con él viajasen, el provisor de la archidiócesis, D. Miguel Castillo, el secretario de cámara, D. Eugenio Almaraz, su hermano y también quien fue designado cronista del viaje: el arcipreste de Huelva.

Un reconocimiento de Roma
Y es que, desde hacía unos meses D. Manuel González había venido escuchando cómo algunas Marías de los Sagrarios, especialmente las del grupo de Madrid, le urgían a solicitar un reconocimiento para la Obra que viniera de Roma, del Vaticano. Curiosamente, años después encontraremos mencionado en El Granito el nombre de la que más le insistió en que se dirigiera al santo padre, Dña. Mª Luisa Mayo Albert (5/3/1920, n. 299 p. 146).

Atendiendo a la finalidad de la Obra, el acompañamiento a los Sagrarios Calvarios, pensaron en la posibilidad de que el Abandonado del Sagrario pudiera acompañar a sus Marías cuando estas se encontraran en su particular calvario, en la enfermedad ¿Por qué no solicitar del papa la posibilidad de que las Marías pudiesen asistir a la santa Misa en su propia casa cuando estuvieran enfermas? D. Manuel lo encontraba un poco atrevido, pero la insistencia era mucha.

Ante la duda decidió exponer todo esto al Sr. arzobispo de Sevilla quien enseguida se manifestó muy favorable a hacer esta solicitud y, aun más, le indicó una excelente ocasión para hacerlo: si le acompañaba formando parte de su séquito en el viaje que debía hacer a Roma, él mismo tendría la oportunidad de acceder a los miembros de la Curia e incluso al papa. Comenzaba así el que D. Manuel calificaría como «uno de los más felices y agradables [viajes] de mi vida por no decir el más feliz de todos» (El Granito de Arena, 5/1/1913, n. 125, p. 3).

Camino a la Ciudad Eterna
Gracias a la crónica oficial del viaje que D. Manuel redactó para el Boletín del Arzobispado (n. 733, pp 751-765)) sabemos que el día 14 de noviembre de 1912 la pequeña comitiva sevillana emprendió el viaje en tren hasta Madrid. Al día siguiente el diario madrileño La Época se hacía eco de la conferencia de D. Manuel Siurot en la sede del periódico El Debate señalando que en ella estuvo presente el cardenal Almaraz y también el arcipreste de Huelva. El 27 de noviembre ya estaban en Roma, tras pasar por Lérida, Barcelona y Marsella, y fue esa tarde cuando el cardenal le anunció que al día siguiente tendría la oportunidad de encontrarse con Pío X, durante la audiencia que tendrían con él. D. Manuel pudo entonces saludar a los dos cardenales españoles que en aquel momento formaban parte de la Curia, el cardenal D. Rafael Merry del Val, Secretario de Estado, y el cardenal Vives Tutó, que estaba entonces al frente de la Congregación de los religiosos. Se deduce que fue al cardenal Vives, que pertenecía a la orden de los frailes menores capuchinos, a quien más insistió con sus pretensiones, pues D. Manuel llegó a escribir que «puso a prueba su paciencia» (El Granito de Arena, 5/1/1913, n. 125, p. 4).

Los nervios debieron apoderarse de D. Manuel aquel 28 de noviembre cuando pudo acercarse por vez primera a Pío X. El cardenal Almaraz, tras su entrevista en privado con el papa, fue presentándole uno a uno a los miembros de su séquito. Cuando le correspondió su turno pudo escuchar al cardenal decir: «El Arcipreste de Huelva, santísimo padre…¡el Apóstol de la Eucaristía!». Su emoción debió ser tan grande que apenas podía recordar, al escribir la crónica para El Granito, qué le había dicho el papa y, avergonzado, reconocía que aunque había ensayado perfectamente todo lo que debía decirle en italiano, no había podido articular ni una palabra ante el pontífice.

Audiencia con el papa
En la mañana del día 3 de diciembre el cardenal Vives hace llegar a D. Manuel un mensaje urgente. Aquella misma tarde iba a mantener una audiencia con el papa y había pensado que sería buena ocasión para presentarle el documento con las preces que durante aquellos días había preparado (asesorado por el propio Vives), mediante las cuales solicitaba para los miembros de la Obra el privilegio de poder asistir a la santa Misa en su domicilio, cuando estuvieran enfermos. Urgía pues que se le hiciera llegar ese documento junto con las cartas recomendatorias que habían preparado los dos nuevos cardenales españoles en las que elogiaban la Obra de las Marías y se mostraban favorables a la concesión de la gracia que solicitaba su fundador. Una vez se cercioró que todos estos papeles estaban en poder del cardenal Vives, D. Manuel se fue a visitar el Coliseo con el grupo de españoles que en esos días estaban en Roma, pero es fácil comprender que no disfrutó demasiado de aquella visita turística.

Su mente estaba en otro lugar, en la sala del palacio apostólico donde el papa recibía al cardenal Vives y no en las ruinas del foro romano. A las siete de la tarde, otro mensaje. Esta vez es del cardenal Almaraz, que deseaba verle. D. Manuel vuela hasta el despacho del Colegio Español que usaba el cardenal, con la esperanza de recibir la buena noticia, y fue entonces cuando Almaraz le hizo entrega del documento de solicitud firmado ya por el papa, que manifestaba así su asentimiento a todo lo que el fundador de las Marías de los Sagrarios pedía para ellas y para los Discípulos de San Juan. Una reproducción de este documento firmado por Pío X puede verse en el número 125 de El Granito, un número especial, con una bonita foto del pontífice en la portada, donde D. Manuel escribe su crónica de aquellos días en Roma y junto a ella el relato de las manifestaciones de júbilo que tuvieron lugar en Madrid, Sevilla y Huelva cuando regresó tras sus fructíferas gestiones en Roma.

D. Manuel nunca olvidaría como, al despedirse del papa el día 9 de diciembre, este, tras escuchar el agradecimiento del cardenal Almaraz por la concesión del privilegio a la Obra de las Marías, se volvió hacia él y le dijo pausadamente «diles que las bendigo de todo corazón a todas». En aquella ocasión, mucho más calmado que en la primera audiencia con el pontífice, atinó a presentarle su pluma para pedirle que la bendijera. Todo un símbolo pedir la bendición del papa para ese instrumento que él manejaba incansablemente, con la gracia de Dios, para el bien de la Iglesia.

En el Colegio Español
En aquellos hermosos días en Roma, D. Manuel se había alojado en el Pontificio Colegio Español que por entonces tenía su sede en el Palacio Altemps, muy cercano a la popular y céntrica Piazza Navona. Esta residencia acogía a los sacerdotes diocesanos y a los seminaristas españoles que cursaban estudios eclesiásticos superiores en las universidades pontificias. Había sido fundada unos años antes por el beato Manuel Domingo y Sol, con la colaboración del cardenal Merry del Val, que siempre veló por esta institución. Los jóvenes residentes mostraron mucho interés en conocer al ya famoso Arcipreste de Huelva y D. Manuel enseguida conectó con ellos accediendo a participar en sus tertulias. Contamos con los testimonios de dos de aquellos estudiantes: el pacense D. Enrique Delgado Gómez, entonces recién ordenado y que llegaría a ser obispo de Almería y de Pamplona, y D. Miguel Berger Sagastuy, un seminarista que más tarde sería doctor en Teología y Magistral en la catedral de Logroño su ciudad de origen.

El primero recordaba cómo D. Manuel se presentó él mismo ante el grupo de curiosos colegiales españoles que le rodeaban, diciendo: «Mucho habréis oído hablar del arcipreste de Huelva y creeríais que era un hombre todo espíritu, demacrado por los ayunos y penitencias, consumido por los trabajos; y al verlo tan gordo y colorado ¡qué desengaño tan grande! ¿verdad? Así son las cosas de este mundo». Tras esta presentación, los estudiantes le pidieron que les dirigiera unas palabras y con D. Manuel se trasladaron a la biblioteca donde sostuvieron una larga y agradable charla con él. Muchos años después, siendo ya obispo de Pamplona, no olvidaba Mons. Enrique Delgado que les habló sobre el egoísmo y la soberbia que puede asaltar a quienes se preparan estudiando para ser sacerdotes. Bromeando les explicaba que de tanto aprender gramática uno se puede aficionar a ella y estar siempre «declinando el pronombre de primera persona: yo soy… tan… y tan; de mí depende tal cosa y la otra, a mí me deben…». Tampoco olvidaba como al final les rogó que «si alguna vez nos enterábamos de que él estaba declinado el pronombre de primera persona, el primero que le viera le diera un puntapié» (Campos Giles, El Obispo del Sagrario Abandonado, 1ª ed., 1950, p. 267).

D. Miguel Berger le recuerda también en la biblioteca del Colegio Español:«allí nos chifló a todos por la Eucaristía», escribirá muchos años después este sacerdote que sería Director diocesano de las Marías en Logroño, y que contaba cómo, además, quedó impresionado entonces de «la piedad honda y el gracejo de nuestro Venerado Fundador, así como su amable atractivo» (ib., p. 267).

A través de Mons. Delgado conocemos también una pequeña anécdota que puede entenderse, bien como una muestra de la confianza con la que llegó a tratar a aquel grupo de jóvenes estudiantes o simplemente como una broma pesada. Cuando en la tarde del día 3 de diciembre llegó D. Manuel, contentísimo tras haber recibido el documento firmado por el papa concediendo a las Marías el privilegio que se denomina de «altar portátil», un grupo de residentes del Colegio Español le escondieron este documento «haciéndole ver –además– que tal vez por inadvertencia lo habría roto o tirado». Al notar por vez primera una expresión de tristeza en el rostro de D. Manuel, aquellos traviesos estudiantes no tardaron en confesarle que se trataba de una broma, que se habían atrevido a hacer, precisamente por la confianza y cercanía con la que les trataba desde que llegó al Colegio Español.

Imborrable conferencia
De una de esas tertulias que reunían a residentes y visitantes del Colegio en aquellos días, surgió la invitación del cardenal Cos al Arcipreste de Huelva para que participara en el Congreso Catequístico de Valladolid previsto para el verano de 1913 (El Granito de Arena, 20/7/1913, n. 138, p. 2); y seguramente fue también durante aquel viaje a Roma cuando D. Manuel tuvo la ocasión de dirigirse a los sacerdotes residentes en el «Pontificio Colegio Pío Latinoamericano», que en aquel momento tenía su sede en Via Gioacchino Belli. Una institución homóloga al Colegio Español que acogía a clérigos y religiosos de Hispanoamérica estudiantes en las universidades pontificias. Allí impartió una conferencia que dejó entre los colegiales asistentes un imborrable recuerdo, pues «ya sacerdotes y aún Obispos algunos de ellos en sus respectivas diócesis de América lo conservan y desde entonces muchos siguieron con cariño sus obras y escritos difundiéndolos por aquellas tierras» (Campos Giles, El Obispo del Sagrario Abandonado1, 1950, p. 267).

Si emocionante resultó para D. Manuel González aquel viaje, más aún, si cabe, resultó el regreso. Tras pasar unos inolvidables días el Lourdes y visitar Pau, a su llegada a la capital de España las Marías de Madrid celebraron una «fiesta eucarística extraordinaria» en el convento de las religiosas Esclavas del Corazón de Jesús que narró para la prensa y para El Granito, María de Echarri (5/1/1913, n. 125, pp. 8-10), función en la que predicó el cardenal Almaraz. Y qué decir de Sevilla y de Huelva, que se echó a la calle en pleno invierno para celebrar con su arcipreste que el Amo había escuchado el clamor de aquella «Huelva de sus predilecciones», incluido el ofrecimiento postrero de uno de sus queridos primeros Juanitos, José Fernández Peña, que había fallecido en su ausencia, pero que «le mandó hasta Roma su Viático» (ib. p. 11).

A todos los que se le acercaban para felicitarle por el feliz resultado de su viaje a Roma, les hizo D. Manuel un encargo, el mismo «que me hizo el bondadosísimo cardenal Vives cuando fui a darle las gracias por su eficaz participación en nuestro asunto: Yo no quiero gracias, me dijo, Dios es el que las merece. Lo único que quiero es que el arcipreste de Huelva, las Marías y los Juanes españoles se encarguen con sus campañas eucarísticas de demostrar al Sto. Padre que yo no lo he engañado»(idem). Aquel buen Cardenal, cómplice de D. Manuel para obtener un gran privilegio que entonces solo se concedía por indulto de la Sede Apostólica, le solicitó, cuando ambos se despedían, convertirse en discípulo de San Juan. D. Manuel lo contaría pocos meses después, cuando tras conocer su muerte el 7 de septiembre de 1913, escribió en la necrológica del cardenal Vives para El Granito: «él mismo me pidió en Roma que le señalara un Sagrario abandonado para acompañarlo en calidad de Juan Contemplativo; y yo satisfice este deseo enviándole a mi llegada a Huelva una patente de Juan primorosamente dibujada por una María, señalándole el Sagrario de Minas de Río Tinto» (El Granito de Arena, 20/9/1913, p. 1).

Tres veces volvería D. Manuel a Roma, pero fueron tantas las felices circunstancias que concurrieron en esta visita de 1912, que seguramente para san Manuel González y para la Obra de las Marías de los Sagrarios y los Discípulos de San Juan, esta fue la más importante e inolvidable. D. Manuel rememoró este viaje en el último capítulo de Aunque todos… yo no, precisamente el libro que dedicaría a las Marías («vuestro libro de familia»), y es que, era tal su fidelidad a la Iglesia, que solo después de haber escuchado al santo padre bendecir a las Marías, pudo tener la sensación de que esa Obra estaba completa.

Aurora Mª López Medina
Publicado en El Granito de Arena, Historias de familia, San Manuel González, San Manuel González García.

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