La liturgia, encuentro con Cristo (febrero 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2019.

La celebración «hacia el Señor»: De Oriente viene la Luz (I)

Fós y Zoé son dos bellas palabras griegas que significan luz y vida. Se predica de ellas tanto en el Bautismo como en las exequias: los grandes ámbitos de esperanza. El Bautismo es la puerta de la Eucaristía y las exequias su consecuencia: encaminarnos a la Luz de la Vida.


Si el Bautismo es iluminación, la Eucaristía es vitalidad. Para expresar esta convicción, contenida en el misterio de la cruz, los antiguos trazaban el signo de la salvación –el madero santo– entrecruzando las palabras FOS y ZOE, «luz» y «vida», que son nombres del mismo Cristo (Jn 8,12; 9,5; 11,25; 14,6).

Del Bautismo…
El baptisterio fue llamado en griego Fotisterion, es decir, el lugar de la iluminación porque al Bautismo o «lavado se le llama iluminación… en el nombre de Jesucristo» (san Justino). De hecho, en el camino catecumenal hacia el Bautismo, el candidato, vuelto hacia Occidente, renunciaba a Satanás y a sus implicaciones mundanas. A esta renuncia (apotaxis) correspondía, como contrapunto, la adhesión a Cristo (sintaxis) mirando hacia Oriente. Las Catequesis de Jerusalén expresan cómo la profesión de fe cara a Oriente es la contrapartida de la abjuración pronunciada mirando a Occidente: «Cuando hayas renunciado a Satán y roto el antiguo pacto con el infierno, entonces se abrirá ante ti el Paraíso de Dios: el mismo que Él plantó en Oriente y de donde fue arrojado nuestro primer padre a causa de su desobediencia. Y tú, para simbolizar esto, te vuelves de Occidente a Oriente, que es la región de la luz» (I, 9).

Este gesto evoca la expresión latina coloquial «¡Ex oriente lux!» (la luz viene por Oriente). En efecto, la etimología de Oriente y Occidente relaciona estas dos palabras con los verbos latinos orior, ortus sum (levantarse, salir, vivir) y occido, occasum (caer, declinar, morir). Volverse del ocaso (Occidente) al orto (Oriente) es dar la espalda a la tiniebla para dejar que la luz se proyecte sobre el que mira hacia el levante del sol. Ahora bien, la relación entre Oriente y Cristo es tan estrecha que Ambrosio, hablando del movimiento del catecúmeno de Oeste a Este, simplemente dirá: «Quien renuncia al diablo se vuelve a Cristo y le mira a la cara».

Esta gestualidad o conversión hacia la salida del sol es consecuencia de la fe: los cristianos confesamos a Cristo como la luz que ilumina desde Oriente. El mismo Señor, en el texto griego de la Escritura, es denominado bajo esta figura: «su nombre es Oriente, Germen» (Zac 6, 12, LXX). A Cristo, la Escritura le relaciona con la luz del sol que nace de lo alto que viene por Oriente (cf. Mt 24,27. 30 Lc 1,78; Ap 2,28; 7,2; 22,16) y la Iglesia le canta como Sol que alborea desde Oriente en la antífona evangélica del Oficio de Vísperas («O Oriens») del 21 de diciembre.

Para el bautizado, Jesucristo es la Luz y la Vida, en quien «reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Col 2,9). El creyente le mira como fuente de la luz para convertirse en iluminado y, así, participar de la luz de la vida (cf. Jn 8,12). Este gesto continúa, con toda su expresividad, en la noche santa de la Pascua en la celebración según el Misal Hispano–Mozárabe que nos transmite la liturgia de la época visigótica. En el Rito romano el cristiano toma conciencia de participar de la luz de Cristo al recibir el cirio en el Bautismo y al renovar sus promesas en la Vigilia Pascual.

… a la Eucaristía
«La luz del sol naciente, el Este u Oriente, es en la tradición cristiana símbolo tanto de Cristo Resucitado como de esperanza en su venida gloriosa» (J. Ratzinger). El Resucitado antes de salir el sol (cf. Lc 24,1; Jn 20,1) ascendió a la derecha del Padre desde el Monte de los Olivos, que está al oriente de Jerusalén (Zac 14,4; Hch 1,9-12; cf. Sal 67,33 ss. LXX). Los mensajeros angélicos comunicaron a los apóstoles que volvería de la misma manera que había partido (cf. Hch 1,11). Ellos recordaron que el mismo Señor anunció su vuelta comparándola con la luz del relámpago que aparece de Oriente a Occidente (Mt 24, 27). Por esta identificación de Jesucristo con la luz, los cristianos han orado hacia Oriente en su plegaria cotidiana y en la oración central que es la celebración de la Eucaristía.

En este sacramento, prenda de vida futura, se realiza la recuperación de aquella alianza primordial cuando el hombre aún no había roto la comunión perfecta con Dios y tenía acceso al árbol de la vida: Plantó Yahwéh Dios un jardín en Edén, al Oriente, donde colocó al hombre que había creado (cf. Gn 2,8; cf. Gn 3,24). Si volverse hacia el Este es volverse hacia Cristo, auténtico Oriens, la oración hacia la luz expresa, también, una expectación escatológica. Esta es una convicción constante desde los primeros siglos de la Iglesia, en una tradición reputada como apostólica, que determinó durante siglos la construcción de las iglesias hacia la salida del Sol.

También en el siglo XXI tenemos la misma convicción, por eso, los Lineamenta del Sínodo sobre la Eucaristía (octubre 2005) afirmaban: «La concepción cósmica de la salvación que llega como “Luz que nace de lo alto” (Lc 1,78), ha inspirado la tradición apostólica de la orientación de los edificios cristianos hacia el Este y la posición del altar, con la finalidad de celebrar la Eucaristía hacia el Señor, como sucede actualmente entre los orientales. No se trata, en este caso, como frecuentemente se dice, de presidir la celebración dando la espalda al pueblo, sino de guiar al pueblo en el peregrinaje hacia el Reino, invocado en la oración hasta el retorno del Señor» (n. 53).

Esta concepción cósmica de la salvación hace que la Iglesia, al construir edificios donde expresa su encuentro temporal con su Señor, manifieste su deseo del encuentro eterno con el Esposo preparándose para el Banquete de Bodas del Cordero. Así, estos edificios sagrados para la reunión de la Iglesia orante son un signo que nos indica el camino hacia Aquel que viene y, por ello, intenta construirlos orientados.

En las iglesias cristianas el punto focal es el altar donde se actualiza el misterio de la Cruz al celebrar el banquete eucarístico; esta mesa santa se identifica con el árbol cuyo fruto da la vida (cf. Ap 22,1 ss.) y con la fuente de la luz espiritual (cf. Jn 19,30). El que vendrá con su Reino al final de los tiempos viene ahora en el sacramento para comunicarnos su Vida divina con la Luz de la gracia.

Manuel G. López-Corps, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, La liturgia.

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