Catequesis del papa Francisco sobre la santa Misa (XIII)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2019.

El Padrenuestro da forma cristiana a nuestra vida

Después de profundizar en el significado de la Plegaria eucarística, como vimos el mes pasado, el papa Francisco se detuvo en la gran oración que recibimos de Jesús –el Padrenuestro– y en la Fracción del Pan. Evocando el día del Bautismo, el santo padre recordó que ese día se nos entrega el Padrenuestro, la oración que hace resonar en nosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús, pues pasamos a ser hijos en el Hijo. Publicamos a continuación el texto pronunciado en la Audiencia general del 14 de marzo.


Queridos hermanos y hermanas: Continuamos con la catequesis sobre la Santa Misa. En la Última Cena, después de que Jesús tomó el pan y el cáliz del vino, y dio gracias a Dios, sabemos que «partió el pan». A esta acción corresponde, en la Liturgia eucarística de la Misa, la Fracción del Pan, precedida por la oración que el Señor nos ha enseñado, es decir, por el «Padre nuestro».

Orar como hijos
Y así comenzamos los ritos de la Comunión, prolongando la alabanza y la súplica de la Plegaria eucarística con el rezo comunitario del Padrenuestro. Esta no es una de las muchas oraciones cristianas, sino que es la oración de los hijos de Dios: es la gran oración que nos enseñó Jesús.

De hecho, entregado el día de nuestro Bautismo, el Padrenuestro hace resonar en nosotros esos mismos sentimientos que estaban en Cristo Jesús. Cuando nosotros rezamos el Padrenuestro rezamos como rezaba Jesús. Es la oración que hizo Jesús y nos la enseñó a nosotros. Cuando los discípulos le dijeron: «Maestro, enséñanos a rezar como tú rezas». Y Jesús rezaba así. ¡Es muy hermoso rezar como Jesús! Formados en su divina enseñanza, nos atrevemos a dirigirnos a Dios llamándolo «Padre», porque hemos renacido como sus hijos a través del agua y el Espíritu Santo (cf. Ef 1,5).

Ninguno, en realidad, podría llamarlo familiarmente «Abbà» –«Padre»– sin haber sido generado por Dios, sin la inspiración del Espíritu, como enseña san Pablo (cf. Rom 8,15). Debemos pensar: nadie puede llamarlo «Padre» sin la inspiración del Espíritu.

Sentirse hijos
Cuántas veces hay gente que dice «Padre nuestro», pero no sabe qué dice. Porque sí, es el Padre. Pero ¿tú sientes que cuando dices «Padre» Él es el Padre, tu Padre, el Padre de la humanidad, el Padre de Jesucristo? ¿Tú tienes una relación con ese Padre?

Cuando rezamos el Padrenuestro nos conectamos con el Padre que nos ama, pero es el Espíritu quien nos da ese vínculo, ese sentimiento de ser hijos de Dios. ¿Qué oración mejor que la enseñada por Jesús puede disponernos a la Comunión sacramental con Él? Más allá de la Misa, el Padrenuestro debe rezarse por la mañana y por la noche, en los Laudes y en las Vísperas.

De este modo, el comportamiento filial hacia Dios y de fraternidad con el prójimo contribuyen a dar forma cristiana a nuestros días. En la oración del Señor –en el Padrenuestro– pedimos el «pan cotidiano», en el que vemos una referencia particular al Pan eucarístico, que necesitamos para vivir como hijos de Dios.

Vivir como hijos
Imploramos también el «perdón de nuestras ofensas», y para ser dignos de recibir el perdón de Dios nos comprometemos a perdonar a quien nos ha ofendido. Y esto no es fácil. Perdonar a las personas que nos han ofendido no es fácil; es una gracia que debemos pedir: «Señor, enséñame a perdonar como tú me has perdonado». Es una gracia. Con nuestras fuerzas no podemos: es una gracia del Espíritu Santo perdonar. Así, mientras nos abre el corazón a Dios, el Padrenuestro nos dispone también al amor fraternal.

Finalmente, le pedimos nuevamente a Dios que nos «libre del mal» que nos separa de Él y nos separa de nuestros hermanos. Entendemos bien que estas son peticiones muy adecuadas para prepararnos para la Sagrada Comunión (cf. Instrucción General del Misal Romano, 81). De hecho, lo que pedimos en el Padrenuestro se prolonga con la oración del sacerdote que, en nombre de todos, suplica: «Líbranos, Señor, de todos los males, danos la paz en nuestros días». Luego recibe una especie de sello en el rito de la paz: lo primero, se invoca por Cristo que el don de su paz (cf. Jn 14,27) –tan diversa de la paz del mundo– haga crecer a la Iglesia en la unidad y en la paz, según su voluntad. Por lo tanto, con el gesto concreto intercambiado entre nosotros expresamos «la comunión eclesial y la mutua caridad, antes de la Comunión sacramental» (IGMR, 82).

En el rito romano, el intercambio del signo de paz, situado desde la antigüedad antes de la Comunión, está encaminado a la Comunión eucarística. Según la advertencia de san Pablo, no es posible entrar en comunión con el único Pan que nos hace un solo cuerpo en Cristo, sin reconocerse a sí mismos pacificados por el amor fraterno (cf. 1Cor 10,16-17; 11,29). La paz de Cristo no puede arraigarse en un corazón incapaz de vivir la fraternidad y de recomponerla después de haberla herido. La paz la da el Señor: Él nos da la gracia de perdonar a aquellos que nos han ofendido.

El banquete de los hijos
El gesto de la paz va seguido de la Fracción del Pan, que desde el tiempo apostólico dio nombre a la entera celebración de la Eucaristía (cf. IGMR, 83; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.329). Cumplido por Jesús durante la Última Cena, el partir el Pan es el gesto revelador que permitió a los discípulos reconocerlo después de su resurrección. Recordemos a los discípulos de Emaús, los que, hablando del encuentro con el Resucitado, cuentan «cómo le habían reconocido en la fracción del pan» (cf. Lc 24,30-31.35).

La Fracción del Pan eucarístico está acompañada por la invocación del «Cordero de Dios», figura con la que Juan Bautista indicó en Jesús al «que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). La imagen bíblica del cordero habla de la redención (cf.  Esd 12,1-14; Is 53,7; 1P 1,19; Ap 7,14). En el Pan eucarístico, partido por la vida del mundo, la asamblea orante reconoce al verdadero Cordero de Dios, es decir, el Cristo redentor y le suplica: «Ten piedad de nosotros… danos la paz».

«Ten piedad de nosotros», «danos la paz», son invocaciones que, de la oración del Padrenuestro a la Fracción del Pan, nos ayudan a disponer el ánimo a participar en el banquete eucarístico, fuente de comunión con Dios y con los hermanos. No olvidemos la gran oración: lo que Jesús enseñó, y que es la oración con la cual Él rezaba al Padre. Y esta oración nos prepara para la Comunión.

Papa Francisco
Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.

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