La liturgia, encuentro con Cristo (enero 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2019.

La Unción del Siervo: el Bautismo como Epifanía

«Después de la celebración anual del Misterio Pascual, la Iglesia tiene como más venerable el hacer memoria de la Natividad del Señor y de sus primeras manifestaciones (epifanías)» (cf. Normas Universales sobre el Año Litúrgico y sobre el Calendario [NUALC] 32). Esto se realiza en el tiempo que va desde la tarde del 24 de diciembre hasta el domingo denominado del Bautismo del Señor.

El acontecimiento del Jordán, como expresión inicial del mesianismo público, fue celebrado por la Iglesia desde muy pronto. A él se añadirán, en algunos lugares, el episodio de la adoración de los Magos guiados por la luz y, en otros, el relato del primer signo de Jesús en Caná mudando el agua en vino.

El Bautismo, en el que el Siervo es ungido por el Espíritu, es un misterio de luz del que se hacen eco los cuatro Evangelios (Mc 1,6 ss. y paralelos) y se celebra como un desarrollo de la manifestación de Dios en la verdad de nuestra carne.

Esta fiesta es, a la vez, broche del tiempo navideño–epifánico e inicio del Tiempo Ordinario. Si bien, es cierto, que el domingo sucesivo tiene un tinte epifánico al proclamarse, siempre, un texto del cuarto evangelista que expresa la manifestación del Mesías (Bodas de Caná en 2019, etc.).

La unción de Cristo…
Nuestro domingo del Bautismo es una expresión festiva que resulta de la fusión de diversas tradiciones litúrgicas. En esta gran teofanía o manifestación de la Trinidad asistimos al misterio luminoso que da inicio a la misión mesiánica en favor de los hombres: Jesús, Verbo encarnado, es ungido en la inmersión en el Jordán con la fuerza del Espíritu Santo para liberar a los oprimidos por el diablo (cf. Hch 10,38). Se visibiliza el Espíritu en forma de paloma y se oye la voz del Padre declarando que Él es su Hijo, el Amado, el predilecto (cf. Lc 3,15-16. 21-22).

Se cumple, así, la profecía de David: «El Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros» (Sal 44,8). Jesús, el artesano de Nazaret, es el Mesías, el Ungido: Jesucristo (cf. Catecismo, 535).

En efecto, Cristo, Verbo eterno del Padre, se manifestó en la realidad de nuestra carne como Siervo (cf. Mc 10,45; Mt 20,27). Así, como Cordero de sacrificio que ha de tomar sobre sí los pecados del pueblo, se presenta en la fila de los pecadores: el Santo se hace pecado para conducirnos a la santidad de Dios (cf. 2 Cor 5,21; Rm 15, 8; 1Jn 3, 5). Y, en el Jordán se pone de manifiesto que el Espíritu de Dios está sobre Él ungiendo su carne inmaculada para dar inicio a su misión como Mesías (cf. Lc 4,18; Hch 10,38; 1Sam 16,13 ss.).

…en favor de los hombres…
Una luz nueva brilla sobre el agua –que cubre los pecados de la humanidad– dando así origen a una nueva creación: el pueblo de los renacidos del agua y del Espíritu. Desde entonces, el agua tiene poder de santificar: el hombre que entra en ella muere al hombre viejo y renace a una nueva vida.

Todo esto acontece en favor de los hombres para que estos sean modelados por la gracia, a imagen de Cristo, «Siervo del Padre y Redentor nuestro» (cf. Prefacio común VIII). Ese mismo Espíritu –que lo levantó de entre los muertos– vivificará en el último día nuestros cuerpos mortales (Rm 8,11) ya que participamos en la Iglesia de su misma Unción por el sacramento del Bautismo.

…celebrada por la Iglesia, su Esposa
En la Antigüedad se celebraba la Santa Noche de la Pascua proclamando a Cristo como el Viviente, esperando su retorno y confesando su presencia con la Iniciación Cristiana (Bautismo, Crismación y Eucaristía). Algunas comunidades, en África y España, celebraban la fiesta de Epifanía administrando, también, estos tres sacramentos que configuran con Cristo (inmersión en agua, iluminación del Espíritu y comunión esponsal con Él); otras lo festejaban solo con la solemne bendición de las aguas. De todos modos, la Iglesia entera, en esta «Fiesta de las Luces», ha expresado la grandeza de este misterio epifánico en la plegaria de la mañana y de la tarde conmemorando, conjuntamente, los episodios de los magos, del Jordán y de Caná.

Las antífonas que en el Oficio romano–monástico se cantan en Epifanía se reiteran en el domingo del Bautismo del Señor. En la oración de la mañana del día de Epifanía, la Iglesia canta:

«Hoy la Iglesia se ha unido
a su celestial Esposo,
porque en el Jordán,
Cristo la purifica de sus pecados;
los magos acuden con regalos
a las bodas del Rey,
y los invitados se alegran
por el agua convertida en vino».

Por la tarde, la antífona que, otra vez, da la clave al cántico evangélico anima a celebrar la Epifanía de esta manera:

«Veneremos este día santo,
honrado con tres prodigios:
hoy, la estrella condujo
a los magos al pesebre;
hoy, el agua se convirtió en vino
en las bodas de Caná;
hoy, Cristo fue bautizado
por Juan en el Jordán,
para salvarnos. Aleluya».

Es decir, los sucesos que históricamente se realizaron en tiempos distintos son celebrados en el «Hoy» que acontece en la liturgia. Igual que aparece reflejado en los iconos orientales, los textos de la fiesta del Bautismo del Siervo/Señor celebran, de manera anticipada, la liberación de las fuerzas del mal que nos granjea la victoria pascual de Cristo. Así se canta en las II Vísperas (antífona 2):

«En el río Jordán
aplastó nuestro Salvador
la cabeza del antiguo Dragón
y nos libró a todos
de su esclavitud».

Las antiguas profecías se han cumplido (Sal 74,13; 89,11; Is 27,1.51 Job 26,12). La Luz ha penetrado en el Abismo de las aguas, venciendo al Leviatán, príncipe de las tinieblas, e iluminando con la gracia a todo hombre que entra en ellas. Así se enseñará en la Iglesia: «Al ser bautizado en el río Jordán, salió de las aguas, después de haberles comunicado la irradiación de su divinidad» (Catequesis de Jerusalén, s. IV). En el agua, santificada por el descenso del Ungido en el Jordán, se renovó nuestra naturaleza pecadora pues con el Bautismo del Cristo se estaba dando origen al baño del nuevo nacimiento. En efecto, el Hijo, «manifestándose en nuestra naturaleza mortal, nos restauró con la nueva luz de su inmortalidad» (Prefacio de la Epifanía).

Manuel G. López-Corps, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, La liturgia.

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